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Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz: “el lugar donde Dios nos ha amado total y definitivamente”

Lecturas: Números 21, 4b-9; Salmo 77: “No olvidéis las acciones del Señor”; Filipenses 2, 6-11; Juan 3, 13-17: “Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en él tenga vida eterna”.
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Hoy nos reunimos para celebrar la fiesta de la Santa Cruz, ese signo extraño que los cristianos levantamos con orgullo. Pero antes de contemplarla, que una pregunta nos sacuda: ¿quién de nosotros colgaría de su cuello una guillotina, como si fuera un adorno? ¿Quién se pondría unos pendientes con forma de silla eléctrica? ¿Quién llevaría en su camisa la imagen de una cámara de gas?

Nadie lo haría, pues son símbolos de tortura, de dolor y de muerte. Y eso mismo era la cruz durante el Imperio romano: un patíbulo infame reservado para los esclavos y los delincuentes, un espectáculo de humillación pública, el lugar de la derrota total.

Nosotros, los cristianos, la hemos convertido en signo de vida, la levantamos en lo alto de nuestros templos, la besamos cada Viernes Santo, la trazamos sobre nuestra frente y sobre nuestro pecho como señal de identidad. San Pablo lo decía con crudeza: “Nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para los gentiles” (1 Cor 1,23).

He aquí el misterio de la Cruz: es signo de contradicción. Allí donde el mundo ve fracaso, nosotros descubrimos victoria. Allí donde el mundo contempla maldición, nosotros proclamamos bendición.

En el libro del Deuteronomio, en la Biblia, se dice: “Maldito todo el que cuelga de un madero” (21,23). Sin embargo, para los cristianos, la cruz es el árbol de la vida. ¿Cómo un mismo signo significa cosas tan opuestas?

La respuesta está en Aquel que colgó de ese madero. No fue un malhechor más, sino el Hijo amado, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Él transformó el patíbulo en altar, el suplicio en trono, la vergüenza en gloria. La cruz, símbolo de esclavitud, se volvió estandarte de libertad.

Contemplando la cruz, comprendemos que allí se desvela el corazón de Dios. Como la serpiente de bronce levantada en el desierto, que daba vida a los que la miraban, así también el Hijo del Hombre fue levantado para que todo el que lo contemple con fe tenga vida eterna (cf. Jn 3,14-15).

En ese madero Jesús nos mostró quién es el Padre: el Dios que ama hasta el extremo, el Dios que perdona incluso a quienes lo crucifican cuando pronuncia aquellas palabras que resuenan como eternas: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34). El mismo Dios que abre de par en par las puertas del paraíso al ladrón arrepentido con una promesa cargada de ternura: “Hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23,43).

La cruz no es un simple recuerdo de dolor. Es el lugar donde se manifiesta la verdad más honda de nuestra fe: que Dios nos ha amado hasta el extremo. Como proclama san Juan: “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna” (Jn 3,16).

La cruz es el signo visible del amor invisible de Dios, la llave que abre el cielo, el abrazo eterno que vence al pecado y a la muerte. No la exaltamos como un trofeo humano, sino como quien levanta un misterio divino. En la cruz no vemos ya un patíbulo romano, sino el árbol fecundo de la salvación. No vemos derrota, sino victoria; no vemos oscuridad, sino luz; no vemos una tumba cerrada, sino una puerta abierta al paraíso.

La cruz es el lugar donde Dios nos ha amado de manera total y definitiva. Y por eso, con humildad y gratitud, la elevamos hoy como signo glorioso de nuestra esperanza.

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