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Volver al corazón del Padre

Comentario al evangelio del miércoles de ceniza (Mt 6,1-6.16-18): volver al corazón del Padre y vivir la fe lejos del espectáculo, en lo secreto.
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En el inicio de la Cuaresma, la liturgia nos coloca ante una tensión fecunda: un signo visible —la ceniza en la frente— y una llamada profundamente interior. En este comentario al evangelio (Mt 6,1-6.16-18), fray Luciano Audisio nos invita a salir del “teatro” de la religiosidad externa para regresar al corazón, allí donde el Padre ve en lo secreto y nos espera.

Salir del teatro y entrar en lo secreto

Hoy comenzamos la Cuaresma con un gesto sobrio y fuerte: la ceniza en la frente. Es un signo visible, público. Y, sin embargo, el Evangelio que escuchamos, Mt 6,1-6.16-18, nos habla insistentemente de lo secreto, de lo escondido, de lo que solo el Padre ve. Hay una tensión hermosa en esta liturgia: recibimos un signo delante de todos, pero el camino que se abre es profundamente interior.

Jesús nos advierte: «Cuídense de practicar su justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos». La palabra que utiliza el texto griego para “ser vistos” es theathēnai (θεαθῆναι), de allí viene la palabra teatro. Es como si dijera: no conviertan la vida espiritual en espectáculo. No hagan de la fe una escena donde ustedes actúan para recibir aplausos. No se trata de dejar de hacer el bien, de dejar de rezar o de ayunar. Se trata de purificar la intención.

En el Antiguo Testamento, la justicia —ṣĕdāqâ (צדקה)— es fidelidad a la alianza, relación recta con Dios y con el hermano. Dar limosna, orar, ayunar eran prácticas centrales del pueblo de Israel. Jesús no las elimina; las lleva al corazón. Las arranca del aplauso humano y las coloca bajo la mirada del Padre. «Tu Padre, que ve en lo secreto, te recompensará». Tres veces repite esta promesa. El centro no es la obra, sino el Padre.

La ceniza: verdad, fragilidad y regreso

La ceniza que hoy recibimos nos recuerda: «Eres polvo y al polvo volverás» (cf. Gn 3,19). Es la verdad de nuestra fragilidad. En la Escritura, sentarse en la ceniza era gesto de arrepentimiento, de humildad, de volver a Dios con el corazón quebrantado. El profeta Joel lo dice con fuerza: «Vuelvan a mí de todo corazón» (Jl 2,12). No rasguen solo sus vestiduras; rasguen el corazón.

La Cuaresma no es una campaña de buenas obras para mejorar la imagen. Es un tiempo de regreso. Regreso al corazón, regreso a la verdad, regreso al Padre. Jesús nos invita a entrar en la habitación, cerrar la puerta y orar en lo secreto. Esa habitación es el corazón, ese lugar donde nadie entra, donde no hay público, donde caen las máscaras. Allí el Padre nos espera.

También el ayuno, que tantas veces podemos reducir a una práctica externa, es presentado por Jesús como algo que no busca mostrar tristeza. «Perfuma tu cabeza y lava tu rostro». El ayuno verdadero, como decía Isaías, es romper cadenas injustas, compartir el pan con el hambriento, abrir la casa al pobre. No es teatro de sacrificio; es conversión concreta del corazón.

Vivir bajo la única mirada que salva

Hoy, en un mundo donde todo se expone, donde todo se publica, donde incluso lo más íntimo se convierte en contenido, este Evangelio es profundamente contracultural. Nos invita al secreto fecundo. A hacer el bien sin necesidad de reconocimiento. A rezar sin necesidad de aprobación. A ayunar sin necesidad de ser admirados.

La pregunta que atraviesa este día es sencilla y exigente: ¿para quién vivo mi fe? ¿Para la mirada de los demás o para la mirada del Padre? Porque si vivimos para el aplauso, «ya hemos recibido nuestra recompensa». Pero si vivimos para el Padre, entonces incluso lo pequeño, lo escondido, lo silencioso, tiene un valor eterno.

La ceniza se borrará en pocas horas. Pero la llamada permanece: volver al corazón. Salir del teatro y entrar en la verdad. Dejar la máscara y abrazar la identidad de hijos. Esta Cuaresma puede ser solo un tiempo más en el calendario… o puede ser un regreso real al Padre que ve en lo secreto y que nos ama allí, donde nadie más ve.

Que la ceniza no quede solo en la frente. Que descienda al corazón. Y que, en estos cuarenta días, aprendamos de nuevo a vivir bajo la única mirada que salva: la del Padre.

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