Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

La vida consagrada no nació solo para «misa y olla»

Reflexión de fray Willmer Moyetones sobre la vida consagrada como vocación dinámica, profética y misionera, llamada a salir de la rutina.
Comedor

En este artículo, fray Willmer Moyetones reflexiona con tono directo y provocador sobre el sentido original de la vida consagrada. Lejos de reducirse a la rutina o a la mera conservación de estructuras, la vida religiosa —nos recuerda— nació como respuesta profética, dinámica y misionera, llamada a salir, arriesgar y convertirse continuamente para seguir siendo signo vivo del Reino de Dios en nuestro tiempo.

Cuando la vida consagrada nace de la insatisfacción

Cuando surge la vida religiosa, lo hace como fruto de una insatisfacción profunda; nace para romper la rutina, cuestionar las estructuras establecidas y salir de las cuatro paredes. Si la vida consagrada se reduce únicamente a la “misa y la olla”, está condenada a desaparecer, porque un estilo de vida instalado no encanta, no contagia y, sobre todo, no enamora a nadie.

Nuestra existencia como religiosos es movimiento y dinamismo, porque estamos guiados por el Pneuma, el Espíritu Santo. Y ese Espíritu no nos conduce al ensimismamiento ni a la autorreferencialidad, sino que nos impulsa hacia las periferias, hacia el encuentro con lo desconocido y hacia los espacios donde la vida clama.

El riesgo del Evangelio y la radicalidad del seguimiento

Es cierto que lo más cómodo es sumergirse en la rutina de lo cotidiano. Sin embargo, el Evangelio nos exige compromiso y desinstalación. Seguir a Jesús implica arriesgar la vida, algo que para muchos representa una complicación que no están dispuestos a asumir.

La vida religiosa es radical por naturaleza. Quien intenta salvar su vida para sí mismo, la perderá; pero quien la arriesga por el Reino, la ganará para siempre. Esta lógica evangélica no es fácil, pero es la única capaz de dar sentido y fecundidad a nuestra vocación.

Conversión, fragilidad y nuevos caminos

Para que la vida consagrada recupere su encanto, no necesitamos más estructuras ni más normativas. Lo que urge es abrirse a experiencias más arriesgadas y frágiles, sostenidas por personas dispuestas a abrazar esa vulnerabilidad.

La tarea no es sencilla. Exige aligerar el peso de muchas estructuras heredadas y asumir un proceso de despojo y libertad interior, con la convicción de que la situación actual nos reclama una respuesta nueva. El camino no es fácil, pero es imprescindible entrar en la dinámica de la conversión.

Signos vivos del Reino, no piezas de museo

En definitiva, si queremos tener futuro, es urgente romper esquemas e ir a las periferias existenciales. Es necesario comenzar de nuevo con un estilo que responda a los tiempos de hoy. Si nos quedamos en lo rutinario y en lo conocido, viviremos —como dijo el poeta— la crónica de una muerte anunciada.

No podemos dejar morir la vida consagrada. Somos conscientes de que en muchas partes del mundo hay signos de esperanza. Sigamos siendo eso: signos vivos del Reino, capaces de provocar preguntas, abrir caminos y anunciar con la vida que el Evangelio sigue siendo buena noticia.

Compartir:

Únete a nuestra newsletter