El evangelio del segundo domingo de Navidad nos conduce al corazón del misterio cristiano: la Palabra eterna que se hace carne. En este comentario, fray Luciano Audisio invita a contemplar la fragilidad asumida por Dios, la fuerza de la luz que no puede ser vencida por las tinieblas y la vocación del creyente a ser testigo en medio de la historia.
En el principio existía la Palabra
El Evangelio de este segundo domingo de navidad es como la apertura de una gran sinfonía. No comienza con una escena concreta ni con personajes fácilmente reconocibles, sino con una afirmación que nos sitúa en lo más hondo del misterio: «En el principio existía la Palabra». Juan no nos lleva primero a Belén ni al Jordán; nos lleva al origen, allí donde todo comenzó, allí donde se decide el sentido de la vida.
Esta palabra inicial —“en el principio”— no era extraña para los oídos de Israel. Así comienza también la Biblia, el libro del Génesis. Pero los rabinos, ya en tiempos de Jesús, se preguntaban: ¿qué significa realmente ese “principio”? No lo entendían como un simple comienzo cronológico, como el primer día del calendario, sino como un principio fundante: aquello por lo cual todo existe y hacia lo cual todo camina. Para muchos, ese principio era el Mesías, la clave última que da sentido a la historia y a la existencia humana.
Juan da un paso decisivo y audaz: dice que ese principio es la Palabra, y que esa Palabra estaba dirigida a Dios y que esa Palabra era Dios. No estamos ante una idea abstracta ni ante un concepto filosófico frío. Estamos ante una relación viva. La Palabra está vuelta hacia Dios y, al mismo tiempo, nos vuelve a nosotros hacia Él. Leer este Evangelio significa dejarnos orientar, dejarnos conducir hacia Dios.
La Palabra se hizo carne: el escándalo de la fragilidad
Y aquí llega el escándalo, la afirmación que rompe todos nuestros esquemas: «La Palabra se hizo carne». No dice simplemente que asumió un cuerpo, sino que se hizo fragilidad. Se hizo vulnerable. Se hizo historia. El principio de todas las cosas no se manifestó en la fuerza, sino en la debilidad; no en el poder, sino en la cercanía; no en lo extraordinario, sino en lo cotidiano. Nuestra fe se apoya en esta verdad desconcertante: creemos en un Dios frágil.
Ese Dios frágil aparece en la historia como un niño, como un hombre que llora, que se cansa, que come con otros, que sufre el rechazo y la violencia. Y, sin embargo, Juan nos dice que todo fue hecho por medio de Él. Solo desde ahí podemos comprender nuestra propia fragilidad. Solo desde Él nuestra debilidad deja de ser un fracaso y se convierte en lugar de revelación.
Testigos de la luz que no se apaga
En este contexto aparece Juan el Bautista. El Evangelio lo presenta como un testigo, un mártir. No es la luz, pero da testimonio de la luz. Su misión es clara: señalar, confesar, mostrar quién es Jesús, aun cuando eso le cueste la vida. Y aquí el Evangelio nos habla directamente a nosotros. Porque cuando Juan escribe, ya existen cristianos que mueren por su fe. Juan el Bautista se convierte así en modelo para las comunidades, y también para nosotros: testigos que han visto y que, precisamente por haber visto, no pueden callar.
Leer el Evangelio de Juan no es un ejercicio neutral. Según el derecho hebreo, hacen falta dos testigos para que alguien no sea condenado injustamente. A lo largo de todo este Evangelio, Jesús aparece como un acusado: falso profeta, impostor, blasfemo. Y siempre hay alguien que da testimonio de Él: una mujer perdonada, un enfermo sanado, un discípulo transformado. Pero casi siempre hay un solo testigo visible. El segundo eres tú. El lector. Cada uno de nosotros.
Al escuchar esta Palabra, estamos llamados a tomar posición. No basta con entenderla; estamos invitados a testimoniarla. A decir con la vida lo que hemos visto, lo que hemos experimentado, lo que nos ha cambiado.
Y el prólogo termina con una afirmación llena de realismo y esperanza: «Las tinieblas no lo recibieron», o también, «las tinieblas no lo vencieron». Ambas traducciones son verdaderas. La luz puede ser rechazada, ignorada, combatida. Pero no puede ser derrotada. Esta es la esperanza del mártir, del testigo, del creyente de todos los tiempos.
Al comenzar este año, tal vez llevamos cansancio, heridas, incertidumbres. El Evangelio no nos promete un camino sin oscuridad. Nos promete una luz que no se apaga. Una Palabra que se ha hecho frágil para encontrarnos allí donde somos frágiles. Y nos confía una misión sencilla y exigente: ver, creer y dar testimonio. Porque, aun en medio de las tinieblas, la luz sigue brillando.



