Miembro de la comunidad parroquial de Santa Rita de los Agustinos Recoletos en Madrid (España), Isabel Fraga es especialista en medicina interna y ha ejercido su profesión en Madrid (Clínico San Carlos y Cruz Roja), Soria (donde colaboró en la puesta en marcha del centro hospitalario) y Santiago de Compostela (A Coruña).
Tras jubilarse encauzó su saber y energías al voluntariado en Sudán del Sur, Malawi o Madagascar, para lo que antes se formó en Medicina tropical. Destaca con énfasis la necesidad de la humildad y la paciencia para entregarse al voluntariado y se siente ante todo “misionera”, recuperando una ilusión de niña que por fin ha hecho realidad.
¿Cómo comenzó tu vocación de voluntariado?
Después de jubilarme como internista del Hospital Clínico San Carlos de Madrid y de que el proyecto vital que tenía previsto para mi jubilación fracasara —cosas que pasan—, recordé cuál había sido mi ilusión de muy niña: ser médica y misionera.
Sin pensarlo demasiado, o quizá pensándolo demasiado tarde, me puse a buscar dónde formarme en medicina tropical, convencida de que iba a trabajar en condiciones muy distintas a las que había conocido. En la Fundación Jiménez Díaz de Madrid encontré un curso casi de milagro: finalizado el plazo de inscripción, quedaban plazas y logré entrar.
Era fundamental tener una mínima base previa: saber de la cultura local, del nivel socioeconómico, las patologías prevalentes y la situación sanitaria, personal y medios, cómo y dónde voy a vivir… Buscaba dónde ser más útil y, siendo sincera, algo de seguridad, más por la tranquilidad de mi familia que por la mía propia.
¿Dónde abriste esta experiencia de voluntaria médica y misionera?
Mi primera experiencia amplia fue entre 2013 y 2014, nueve meses en Wau (Sudán del Sur). Aprendí muchísimo, no sin contratiempos, como el del idioma: había más de 200 lenguas. Resultado: traductor obligatorio y, a veces, doble traductor. Completar una historia clínica era una auténtica aventura. Algunos intérpretes, tras escuchar un rato al paciente, dejaban de traducir y directamente daban su diagnóstico: siempre malaria. Entre el machismo y la convicción de que sabían más que nadie, tuve que cambiar varias veces de traductor hasta dar con alguno mínimamente respetuoso.
Este problema de la lengua se ha repetido en casi todas partes. Con excepciones, en África occidental se puede hablar francés y, en África oriental, inglés, pero solo los hablan las minorías con estudios. La relación médico‑paciente se complica mucho.
El segundo gran problema fue la seguridad. Es uno de los motivos por los que no regresé a Sudán del Sur una segunda vez. A los tres meses estalló una muy sangrienta guerra civil. Por suerte, Wau era de difícil acceso, así que conocimos la guerra sobre todo por los refugiados que nos llegaban en condiciones terribles.
Con más de 100.000 habitantes, calles de tierra, sin electricidad ni agua corriente, a orillas del río Jur, que se desbordaba alegremente en época de lluvias, solucionábamos la electricidad con placas solares, y el agua… como se podía. En mi casa había un depósito que llenaba un camión cisterna, pero otros sistemas me recordaron a la casa de mis abuelos, como la venta de agua por cubos.
En las farmacias se podía comprar cualquier cosa sin receta, y había clínicas privadas y hasta un hospital chino donde todos los informes estaban en chino (detalle para ellos sin importancia, al parecer). No aceptaban euros ni los cambiaban en los bancos: había que ir al mercado negro, camuflado como pequeño supermercado.
La comida era cara, el desempleo enorme y abundaban los niños de la calle: algunos drogados, otros sobrevivían reciclando plásticos. El alcoholismo estaba muy extendido, con bebidas de alta graduación a partir de lo que hubiese a mano: arroz, maíz…
Había más de 200 etnias. Los dinkas y los nuer, muy altos y dueños del ganado, eran los más ricos; pero los árabes controlaban los negocios. Me impresionó el respeto que civiles y militares mostraban por los misioneros, y la solidaridad de los niños entre ellos.
Recuerdo especialmente a tres hermanos pequeños; uno, con una malaria casi segura. Me cogían la mano y me la acercaban a su frente para que notara la fiebre. Descubrí que la madre había muerto y el padre, alcohólico, me dio autorización para tomarlos bajo mi protección.
El desorden sanitario era absoluto. El hospital lo llevaban dos hermanas médicas que eran reacias a admitir colaboración de otros, como la mía. La malaria era endémica y mataba a muchos, sobre todo a infantes y embarazadas. No había control de tratamientos ni de profilaxis, así que las resistencias campaban a sus anchas.
También vi tuberculosis muy avanzadas, sida, hipertensiones severas, cardiopatías, asma, parasitosis, oncocercosis, esquistosomiasis y otras filariasis. Es donde he visto más enfermedades parasitarias, muchas evitables. Tuve que atender a muchos por libre, por las calles, sin condiciones mínimas, debido a la guerra.
Dos años después fuiste a Malawi.
Malawi es pequeño, sin salida al mar, con un gran lago que proporciona la principal fuente de proteínas con su pescado. La agricultura es muy primitiva y depende totalmente de las lluvias: si llueve poco o demasiado, la hambruna está garantizada.
Trabajé en Kapiri, un pueblo con un pequeño hospital con medicina general, pediatría y obstetricia, un laboratorio básico, radiología, ecografía y, con suerte, sangre para transfundir. Todo está muy controlado por los organismos internacionales y malaria, tuberculosis o sida tienen protocolos estrictos.
A los voluntarios también nos controlan: tuve que sacarme el título de medicina de Malawi tras seis semanas en el hospital de referencia de Lilongwe y ahora voy cada año durante un mes. Las Carmelitas Misioneras son mi apoyo. La hermana Jovita, que obtuvo el título de enfermera en Londres, está muy bien preparada y es el alma mater del hospital. Las Congregaciones procuran preparar muy bien a las jóvenes religiosas.
En Malawi las mujeres trabajan mucho, demasiado; a los hombres se les ve menos; falta organización social y centros escolares para acoger a tantos niños que solo callejean continuamente, y sobran desnutrición, alcoholismo, dependencias químicas, abuso de poder, corrupción, prostitución…
Traen muchos niños al mundo, pero su educación y formación es un desafío sin cambios culturales profundos. Esta falta de cultura es de ordinario raíz de males endémicos para la sanidad, la alimentación, la religiosidad… Trabajo en el hospital, pero gran parte de mis recursos los destino a la educación, porque sin ella no hay futuro.
Incluso hay factores religiosos que dificultan todo. En Androy (Madagascar) está muy extendida la creencia de que la muerte vale más que la vida y muchas familias priorizan el ahorro para sus celebraciones funerarias y no para atender o cuidar de sus vivos.
¿Cómo ha sido tu experiencia en Madagascar?
A Madagascar he ido durante seis años, dos meses al año, aunque este 2026 pasaré tres. Voy a un dispensario pequeño pero muy activo en Tsihombe, en la región del Androy, una de las zonas más pobres y secas. Aquí me dieron plena confianza y mantengo estrecha relación con la hermana Inmaculada Fernández, palentina, el factótum del centro. Tienen doce camas de ingreso y veinte casas aisladas para la tuberculosis. Los pacientes pagan según sus posibilidades, excepto los de tuberculosis, que reciben atención y comidas gratuitas.
La sanidad está muy mal organizada: no hay programas de prevención, las vacunaciones son incompletas y la malnutrición es grave. Tenemos medios mínimos: hemoglobina, glucómetro, pulsioxímetro, estudios básicos de esputo y heces y, cuando yo voy, un pequeño ecógrafo. Es una medicina muy clínica, de explorar, pensar y decidir, muy parecida a la de mis primeros años profesionales. Sigue habiendo lepra, aunque cada vez se diagnostica antes y se cura bien.
¿Qué dirías a quienes están pensándose ser voluntarios?
Cualquier voluntario, sobre todo si es persona de fe, tiene por delante un desafiante mundo necesitado de humanización y evangelización.
En todas las misiones en las que he estado los alojamientos para voluntarios están bien, aunque los cortes de luz, el calor o los mosquitos pongan a veces a prueba el descanso. Aun así, siempre me he sentido muy cuidada por las religiosas que me han acogido.
He aprendido que el voluntariado hay que hacerlo desde la buena preparación y la humildad, respetando las costumbres locales, y con mucha paciencia. Pero también que merece muchísimo la pena.















