Estamos todavía respirando los aires de la Navidad cuando se nos anuncia la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Aún no se ha disipado esa atmósfera navideña, con lo que tiene de recuerdos del pasado, detección de vacíos, nostalgia por las ausencias, y se nos invita a orar para recuperar la unidad eclesial perdida. La añoranza continúa.
Personalmente, la Semana de Oración, y todo lo relativo al ecumenismo en general, me produce cierta melancolía. Me devuelve a tiempos idos, de estudiante en Roma, a finales de los 70 y comienzos de los 80. Allí me asomé curioso al escenario del ecumenismo, sobre todo al mundo de la espiritualidad oriental.
El interés y la preocupación por él, de la mano sobre todo del que más adelante sería Cardenal Spidlik, orientó en buena parte mis lecturas y actividades y, como consecuencia, toda la labor docente posterior que, a lo largo de más de dos décadas, me correspondió ejercer en el Teologado de los Agustinos Recoletos en Marcilla (Navarra, España).
Las explicaciones teóricas sobre el ecumenismo procuré siempre presentarlas encarnadas en personas de carne y hueso, que buscaba lo mismo en la Historia que en la actualidad de las Iglesias. Fruto de esa tensión fue mi constante recurso a los Padres del Desierto, los mártires, los iconos orientales y la iconografía en general… Y en esa dirección van ahora mis recuerdos y nostalgias personales.
Un estado de ánimo que no desentona al entrar en la Semana de Oración. Porque, si algo es el ecumenismo, es añoranza de la unidad perdida y querida por Jesús. Añoranza que no se desvanece en un mero sentimiento; mucho menos, en un sentimiento negativo de quien echa en falta algo, de quien se lamenta sobre los fragmentos del jarrón hecho pedazos.
Gracias a la oración eficaz de Jesús, que todos sean uno, la añoranza es un deseo ardiente y creativo, que se esfuerza por recomponer esa unidad. Es un sentimiento consistente y fértil en el que arraigan numerosas iniciativas y organismos que promueven actividades de estudio, conocimiento, intercambio y ayuda a todos los niveles.
Es una experiencia espiritual sumamente rica, que lleva a ahondar en la conversión personal y eclesial. Y, al mismo tiempo, proyecta hacia afuera, al encuentro con el hermano, al que se acoge y conoce, con el que se comparte lo propio y se busca un entendimiento común.
Ante la magnitud de la empresa, ese muelle espiritual que es la añoranza dispara el mecanismo de la oración, especialmente valiosa cuando se hace en comunidad, cuando es interconfesional, como es el caso de esta Semana de Oración.
Hemos clausurado el Jubileo de la Esperanza, virtud que es tan solo la otra cara de la añoranza. La añoranza mira hacia atrás y la esperanza impulsa hacia adelante; pero, a la luz de la fe y con la fuerza del amor, la primera alimenta y refuerza la segunda. Un caso concreto más, en fin, del movimiento binario que caracteriza la historia de la salvación: el pasado anuncia el futuro y la escatología se vislumbra desde el primer momento.





