En el contexto cultural individualista y egoísta que adquiere enormes proporciones en los ámbitos personal y social, con el socavamiento de los valores democráticos o de la cooperación multilateral, las comunidades consagradas católicas también viven hoy tensiones internas por la diferenciación entre “lo nuestro” y “lo mío”, especialmente observables entre las distintas generaciones de religiosos.
Esta tensión se resuelve en ocasiones en desafecto hacia lo común y apego al proyecto y a la opinión personal. El sujeto, o bien se erige en intérprete exclusivo de la identidad común, o bien se desvincula de ella. Un barniz carismático externo, a veces muy “aparente” en cuanto al uso de signos y símbolos exteriores, es un precio cómodo de pagar para después centrarse en el propio interés o trabajar según criterios individuales.
No se puede asumir una identidad común desde la imposición o la nostalgia, sino desde el sentido de pertenencia. Pero el modo de encarnar un carisma es histórico, cambiante y creativo para responder a la necesidad de cada tiempo. Cuando carisma e identidad se debilitan, la vida religiosa se fragmenta y pierde su noción y objetivo.
El historiador Ángel Martínez Cuesta ha interpelado sobre cómo la forma actual de ser y de vivir de los Agustinos Recoletos es fruto de múltiples factores. Nunca ha sido una Familia cerrada ni autosuficiente, sino abierta y porosa, capaz de absorber ideales, modelos, costumbres y apostolados nuevos según épocas, a veces sin detenerse a discernir su armonía con la propia identidad.
La consecuencia ha sido cierta discontinuidad histórica y debilidad estructural. Las fuerzas renovadoras no se han buscado en lo propio, sino que muchas transformaciones se impulsaron desde fuera. Incluso durante siglos no hubo reflexión sobre la propia identidad ni se valoró la espiritualidad propia frente otras espiritualidades de moda.
Los Capítulos generales y provinciales son una ocasión para reflexionar sobre la propia identidad y fijar raíces profundas que permitan a la Recolección alcanzar otros espacios y ámbitos, enriquecerse sin perder la identidad propia.
Ezequiel: la fuerza incontestable de la coherencia
La gran elocuencia de san Ezequiel Moreno (1848-1906) está en su testimonio vital y en la fuerza incontestable de que nunca sintió como disyuntivas la contemplación y la acción, el apostolado y la vida común, la ascesis y la generosidad solidaria, la vocación personal de evangelizador y el trabajo en equipo, en comunidad.
Ezequiel desenmascara como demagogia cualquier pretensión de enfrentar estos elementos que proceden de un único núcleo: el amor de Dios. De él nacen la vida común fraterna, el apostolado fecundo, la espiritualidad profunda. Alimentado por la oración, es fuente del ser y hacer de todo consagrado, de la coherencia personal y comunitaria.
Allí por donde Ezequiel pasó enriqueció el apostolado con la vida fraterna y una vivencia espiritual comunitaria intensa. Organizó a los religiosos en pequeñas comunidades de misioneros que compartían la oración, el descanso y la administración, incluso cuando algunas circunstancias como las guerras complicaban todo.
Cuando tuvo que reconstruir la Recolección colombiana no lo hizo con documentos y sermones, sino con el ejemplo de su vida coherente, integrada y enraizada en el amor de Dios, en la espiritualidad recoleta y en la vida común fraterna.
San Ezequiel fue maestro de discernimiento. Ante el proceso capitular en este 2026, él indica un camino para volver la mirada hacia la propia identidad sin miedo, para integrar la personalidad de cada uno en la fraternidad comunitaria, para asumir el carisma común como algo propio.
Cuando el amor de Dios ocupa el centro vital de la persona y de las comunidades se convierte en experiencia espiritual comunitaria, identidad carismática y don que se regala al Pueblo de Dios al tiempo que se le sirve.








