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San Agustín, el santo que anima la conversación intergeneracional

Jóvenes y adultos no siempre se entienden. Mientras el valor del adulto mayor como patrimonio cultural y espiritual se desdibuja, san Agustín ofrece pautas para recuperar con éxito la relación intergeneracional.
San Agustín, maestro. Iván López. Agustinos Recoletos. Las Rozas, Madrid, España.

La dificultad de entendimiento entre jóvenes y adultos no solo radica en su vocabulario o los giros lingüísticos, sino que se magnifica desde la visión de la vida que poseen, los valores predominantes, los gustos o los proyectos vitales diferenciados.

Los jóvenes tienden a lo inmediato, a la satisfacción rápida y a la novedad continua. Los adultos se apoyan mucho más en lo reflexivo, el aprendizaje experiencial y la tolerancia a la frustración.

Decía san Agustín en su obra El Maestro que “quien ha nacido para la verdad, desea aprender de los que saben; y quien ya sabe, debe enseñar con paciencia al que se esfuerza por aprender” (2). El diálogo intergeneracional depende de esa disposición de enseñar y aprender. Pero la figura del adulto y del mayor se desdibujan y hasta se ha inventado un término para describirlo: “edadismo”.

En realidad, cada vida es un libro abierto, y cada experiencia una lección que merece ser leída con atención, como recuerda san Agustín en sus Confesiones (X, 36). Ignorar esta riqueza es perderse tontamente un tesoro de sabiduría por un prejuicio poco inteligente.

En la mayor parte de las culturas, los mayores han sido o son el centro de la familia, consejeros y guías de los demás. Se trata de una visión mucho más humana y comunitaria, y esa sabiduría no se pierde, sino que se valora y comparte.

Alcanzar un trabajo fácil y que rinda un buen salario con poco esfuerzo, o vivir constantemente de y entre novedades, son auténticas quimeras. La persona siempre pierde cuando se despega de valores como la perseverancia, el esfuerzo, el compromiso, la paciencia o la escucha de quien antes pasó por tus mismos problemas.

San Agustín, en su libro La verdadera religión, enseñaba que la paciencia es la compañera de la sabiduría, y que quien escucha aprende más que quien habla (13). En el encuentro con los adultos, los jóvenes descubren que lo que verdaderamente importa no viene de lo inmediato, sino de lo duradero y profundo.

Jóvenes y adultos están llamados a complementarse. La energía y la creatividad de la juventud encuentran su mejor cauce cuando se apoyan en la experiencia, la memoria y la sabiduría de los adultos.

San Agustín decía: “Ama con la intención de edificar, y así todo lo que hagas será provechoso” (Enchiridion 3). La persona adulta tiene esa capacidad de amar y enseñar de modo constructivo, al mismo tiempo que el diálogo, recibir atención, le sana y alegra.

Toda falta de diálogo y de reconocimiento mutuo entre personas, entre generaciones, no ayuda, sino que complica. Nos necesitamos unos a otros para entender el valor de lo que permanece, para mantener viva la esperanza y el dinamismo.

Concluye san Agustín: “No hay verdadera amistad ni unión sin amor y sin reconocimiento mutuo de nuestras capacidades y limitaciones” (Sobre la amistad, 1). Así construiremos sociedades donde no vales por lo que produces, sino por lo que eres y por lo que transmites.

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