El adanismo es una actitud en boga en un mundo individualista y egoísta. Consiste en creer que uno es el primero en descubrir, pensar o decir algo que los demás ignoran, en despreciar todo lo que se ha hecho antes o que no es fruto del propio pensamiento.
No es infrecuente encontrarse con estas personas que actúan como si la historia, la tradición o el trabajo previo o de los otros no existieran, que rechacen lo que ellos no han creado o pensado como “viejo”, “inútil”, “equivocado”.
Hay adanistas en política (todo lo anterior fue corrupto, ahora conmigo todo cambiará), en la cultura y el pensamiento (solo mi idea es revolucionaria, única, original), en la tecnología (lo mío es innovador, nunca antes existió).
El adanismo suele venir junto con algunos complementos, como son el desconocimiento y el desprecio del pasado (hasta que no vine yo, esto no funcionaba), el mesianismo (ahora, conmigo, todo estará bien), y el hipercontrol de los otros (porque no hacen las cosas como yo, se equivocan o no saben).
En las comunidades religiosas el adanismo es un enorme desafío por sus consecuencias: empobrecimiento del discernimiento, debilitación del carisma, pérdida la memoria agradecida de quienes antes vivieron esa espiritualidad y ese carisma…
Lo contrario al adanismo sería el reconocimiento explícito y consciente de la riqueza carismática recibida. Se trata de un ejercicio de humildad y fidelidad creativa. Cuando se ignora el pasado, no se aprende de él; y cuando no se aprende, se corre el riesgo de repetir los mismos errores aunque se manifiesten con un lenguaje actual.
En el ámbito de la espiritualidad y del carisma, el adanismo se manifiesta cuando una persona o grupo se percibe como el primero en vivir auténticamente, como si antes todo hubiera sido insuficiente, superficial o equivocado. Suele presentarse con apariencia de renovación, pero es más bien una forma sutil de soberbia espiritual.
El Espíritu Santo actúa en la Iglesia y ninguna generación posee el monopolio de la fidelidad. San Agustín lo expresó en uno de sus sermones (10,1): “La soberbia convirtió a los ángeles en demonios; la humildad hace a los hombres como ángeles”.
No hay reforma espiritual sin humildad y sin memoria, como recuerda la Sagrada Escritura. El pueblo de Israel cae reiteradamente en la infidelidad cuando olvida lo que Dios ha hecho: “Recuerda todo el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer” (Dt 8,2).
El olvido trae pérdida de identidad mientras que la memoria fortalece la fidelidad. El patrimonio espiritual de la Familia Agustino-Recoleta incluye la vida concreta de cuantos, a lo largo de la historia, han vivido ese carisma como consagrados, como laicos (Fraternidad Seglar), como jóvenes (JAR) o como madres (Madres de Santa Mónica).
Cada época tiene sus propios desafíos culturales, pastorales y comunitarios. El carisma se adapta sin perder su esencia, con creatividad, con fidelidad y comunión. Caminar no significa olvidar el camino recorrido. San Agustín invitaba: “Camina, hombre; no te detengas” (Sermón 169,18). Desconectarse de la tradición vivida empobrece y debilita el carisma. La renovación auténtica no rompe con el pasado, sino que lo asimila y lo actualiza.
“No hay nada nuevo bajo el sol”, dice el libro del Eclesiastés (1,9). En perspectiva de realismo espiritual, lo nuevo no suele residir en el carisma, o en el valor, o en la idea, sino en su encarnación concreta en un tiempo y una cultura determinados.
La historia no resta valor al presente; al contrario, lo fortalece. Permite comprender que la herencia es una tradición viva y la responsabilidad es continuar esa transmisión con fidelidad creativa en nuestro hoy, como señalaba san Agustín: “Somos los tiempos: tales como somos nosotros, así son los tiempos” (Sermón 80,8).
El mejor antídoto contra el adanismo espiritual es una memoria agradecida y la humildad. Conocer y valorar el pasado no es nostalgia, sino condición para no repetir errores. La Familia Agustino-Recoleta no necesita comenzar de nuevo, sino caminar apoyada en la experiencia y abierta a los signos de los tiempos. Solo sí vivirá su carisma con profundidad, realismo y esperanza.







