Soy Juan José Alfaro, agustino recoleto, nací en Arandas (Jalisco, México), y tengo 54 años. En mi familia quedamos hoy seis hermanas y tres hermanos, pero nuestros padres tuvieron trece hijos en total.
Como la mayoría de los jóvenes de la región de Los Altos en Jalisco, yo también tenía ganas de lograr el sueño americano: cruzar la frontera por Tijuana, conseguir un trabajo, compar un buen automóvil y una bonita casa, casarme con una rubia de ojos azules y tener muchos hijos… ¡Una vida ideal sin privaciones!
Al terminar la Secundaria, con 16 o 17 años, veía que en mi país la Preparatoria y los estudios superiores no sacaban a los jóvenes de la pobreza por los sueldos bajos y las pocas oportunidades de trabajo. Sumada la crisis de la juventud con sus propios líos a ese futuro incierto y sin rumbo, acabé en fiestas y excesos, con pleitos en la calle e incluso pasé por los calabozos varias veces.
Las constantes llamadas de atención de mis padres no impidieron que me iniciase en el alcohol y algunas drogas. Estaba sin dinero en los bolsillos y mi novia sabiamente cortó conmigo. Entonces me decidí a probar otra suerte e irme al Norte (como decimos en México). Quería otra vida.
Llegué a cruzar ilegalmente la frontera hasta siete veces. Las tres primeras me detuvieron y me devolvieron a Tijuana. La cuarta vez tuve que sortear todo tipo de cosas por los cerros y caminos. Iba rezando y rezando muchos padrenuestros y avemarías, escondiéndome de los helicópteros y de sus potentes focos. También me escondí entre matorrales de un faro gigante que, desde la montaña del lado norteamericano, nos buscaba.
Era importante no hacer ruido, casi ni respirar, para no ser descubiertos por los policías con sus Ford Bronco todoterreno y los perros. Había que evitar a como diera lugar a las camionetas de la Policía de Migración y Naturalización, que vigilaba la gigante barda metálica que divide Tijuana de San Diego. Después de tres intentos conseguí cruzar de nuevo.
Después de tantos gritos, amenazas, malos tratos y golpes estando detenido, y de ser devuelto una y otra vez a México, mis padres me dieron su bendición a regañadientes para intentarlo de nuevo. Mi madre me dio 50 dólares que guardé haciendo un hueco en mi cinturón.
Me fui en autobús a Guadalajara y de ahí a Tijuana, unas 35 horas de viaje cruzando el norte de México: Guadalajara, Nayarit, Ciudad Obregón, Mazatlán, Culiacán, Sinaloa, Mocorito, Sonorita, Nogales, Mexicali y Tijuana.
No imaginaba que la Policía Federal mexicana era la que nos iba a robar de esa vez en sus retenes en pueblos y ciudades, para quedarse poco a poco en cada control el dinero de los migrantes. A los centroamericanos les iba mucho peor que a los mexicanos. Lo que me salvó la vida fue aquel dinero de mi santa madre que escondí en el cinturón, con él pude comer algo durante aquel eterno viaje.
Cuando por fin conseguí cruzar la frontera con los coyotes, mi hermano Salvador me esperaba en Los Ángeles, California. Me llevó a su casa, me apoyó para que pudiese estudiar, me ayudó a encontrar trabajo y a empezar otra vida en Anaheim, California.
Durante ese tiempo llegué a vivir en Chino Hills, South Gate, Monterrey Park, Santa Ana, East Los Ángeles y Los Ángeles, ciudades todas ellas de California. Pero en 1994 hubo un nuevo cambio de rumbo de 180 grados cuando conocí a algunos religiosos agustinos recoletos, fray José Luis Martínez, fray Ramón Gaitán y fray Paco Legarra.
Yo tenía una camioneta y ellos me pedían que trasladase a jóvenes de diferentes ciudades de California para que pudieren asistir a los retiros vocacionales en Oxnard, el convento recoleto para la promoción vocacional. Otras veces organizaban los encuentros en el barrio angelino de Watts, donde el obispo agustino recoleto Alfonso Gallegos, que está camino a los altares, sirvió en su ministerio con los jóvenes migrantes.
Aún no existía Uber, pero yo me convertí en el Uber vocacional, ayudando a aquellos jóvenes a participar de los encuentros y retiros vocacionales. Veía cómo algunos comenzaban aquel camino de ser agustinos recoletos. Después de un par de años yendo y viniendo con los vocacionados, los frailes me invitaron directamente a hacer la experiencia. Tras confesarme a fondo, fui yo quien entré en la Orden.
Inicié ese camino en Oxnard superando las etapas necesarias: el aprendizaje del inglés, el aspirantado, el estudio de la filosofía, algunas clases de teología… Al cabo de tres años y medio me permitieron ingresar en el noviciado en España (2004-2005).
En la Ciudad de México hice mis votos simples y me incorporé a la Orden ya como religioso, y en el 2009 hice los votos solemnes y el diaconado. Finalmente, en 2011, con la gracia de Dios, la ayuda de san Agustín, santa Mónica y todos los santos recibí la ordenación sacerdotal en la Parroquia de Nuestra Señora de Lourdes de la Ciudad de México. Era el 31 de julio de 2011 y el obispo que me confirió el orden sacerdotal fue el agustino recoleto Carlos Briseño.
Aquella persecución del sueño americano me llevó hasta el gran sueño de Dios para mí, este regalo de ser agustino recoleto. Hasta la fecha estoy feliz y agradecido por este sagrado y bello llamado. Que Dios les bendiga y la Virgen de la Consolación nos acompañe e interceda por todos.















