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“No somos proyectos acabados, somos peregrinos y necesitamos tiempo para la formación, la vida fraterna, la contemplación”

José María Naranjo (San José, Costa Rica, 1980) ha participado recientemente en una formación permanente destinada a religiosos recoletos de entre 41 y 55 años de edad en Cuernavaca (México). Así describe su experiencia.
José María Naranjo, agustino recoleto.

Mi vida, como la de toda persona, está hecha de experiencias que, desde la fe, están enraizadas, centradas y animadas por la presencia de Dios. La formación permanente que organizan los Agustinos Recoletos para sus religiosos lleva por título: “Haz que me acuerde de ti”.

Sabemos que es una frase tomada del tratado de san Agustín sobre la Trinidad, y creo que ha sido muy acertada; en estos veinte días de formación, esta aserción se ha convertido en una constante súplica al Señor, tanto de petición como de agradecimiento.

Ha sido una verdadera peregrinación interior. Después de casi 22 años de profesión religiosa he entrado en contacto con mi humanidad, mediante temas que estaban, por decirlo de algún modo, en el baúl de las cosas viejas y enmohecidas.

De igual modo, he vuelto a reflexionar sobre mi respuesta vocacional dentro de la Iglesia y de la Familia Agustino-Recoleta, y de mi servicio desde el don de ser religioso agustino recoleto, en este flujo de vida y fecundidad, alimentado por la herencia carismática de la espiritualidad de san Agustín y de la Recolección.

Al final de este encuentro de etapa veo claro la necesidad de la formación permanente: no estoy acabado, soy peregrino con tantos otros hermanos peregrinos, siento que he renovado la certeza de que Jesús, el Peregrino de Emaús, me acompaña.

Una convicción que queda en mí después de lo vivido es que es necesario dar lugar y tiempo a la formación, a la convivencia fraterna y a la contemplación de la obra misericordiosa Dios en mi vida y en la vida de los hermanos.

Agradezco el esfuerzo que realizaron las Provincias y nuestras comunidades locales, donde vivimos, para disfrutar de esta formación, para que pudiésemos pedir: “Señor, concédeme que me acuerde de ti”.

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