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“Cada vez más mujeres están activas en la Iglesia, somos buenas para realizar tareas múltiples y para gestionar responsabilidades”

María Devina C. Lagan describe su ser mujer como una ruta de fe y atención a la comunidad. Es catequista y componente del equipo de liturgia y de canto. Desde Filipinas, describe lo mucho que la Iglesia y las comunidades cristianas deben a las mujeres en su día a día de evangelización y servicio a los más vulnerables.
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Comencé a colaborar en la Iglesia cuando todavía era alumna de Primaria. Ayudaba en la limpieza del templo, regaba las plantas o animaba y coordinaba el rosario del vecindario. Dedicaba tanto tiempo que mi padre, preocupado por mí, me regañaba porque volvía demasiado tarde a casa cuando había actividades de la Iglesia.

Creo que desde pequeña sentí esa llamada de Dios a participar en la comunidad, y así continuó incluso después de formar mi propia familia. Y para ello tuve que superar muchos desafíos y pruebas, que fueron llegando junto con la vida misma. Me casé y tuve tres hijos, y tenía que convencer a mi esposo de que, aunque aún eran pequeños, yo podía seguir sirviendo a la comunidad. Teníamos pocos ingresos, con solo un salario en casa, no era nada fácil.

Intento equilibrar mi servicio en la Iglesia y mis responsabilidades en el hogar. Mediante la oración y la continua petición de ayuda a Dios voy superando cada dificultad. Además, mi propia familia se convirtió en mi inspiración para continuar, porque amo a Dios y sé que Dios también me ama. Mi familia es mi pequeña Iglesia. Cada obstáculo ha sido una caricia de Dios para aprender y crecer.

Antes, en Filipinas, las mujeres y, especialmente, las madres, solían quedarse en casa y asumían roles muy limitados en la Iglesia. Ahora veo cada vez más mujeres activas en la Iglesia. Somos buenas para realizar tareas múltiples y para gestionar responsabilidades. Como madres, con tanta dedicación a nuestro trabajo, hemos tenido toda una escuela de superación.

Creo que la igualdad en la Iglesia es estar dispuesta a colaborar y, con humildad y un corazón abierto, estar atenta a la comunidad al completo, sin elegir a quién ayudar y animar, sin acepción de personas. También apoyar y ofrecer nuevos y más puntos de vista a quienes tengan que tomar finalmente las decisiones.

Me gustaría mucho lograr ser una inspiración para la comunidad. Por ello intento siempre dar buen ejemplo. En casa, con la crianza y guía de mis hijos; como catequista, enseñando a las nuevas generaciones nuestra fe; en la liturgia, compartiendo mi talento con la música, un servicio en el que la mayoría de mis compañeras son mujeres.

También me gusta mucho cuidar y tener siempre en las mejores condiciones nuestro templo e instalaciones. Cuido de que las flores estén bonitas, de que todos los utensilios litúrgicos estén limpios y bien dispuestos.

Como catequista, he participado de cursos y seminarios para estar preparada. Creo haber descubierto toda una vocación, porque de joven siempre soñé con ser maestra, pero no lo logré por las circunstancias de la vida. De algún modo, respondo ahora a esa llamada de Dios.

Siento que Dios me ayuda cada día a administrar bien mi tiempo, a comprometerme, a dedicarme a mi ministerio y a discernir qué es los más importante y dónde se me necesita más en cada momento.

Animo a todas las mujeres a orar siempre y pedirle ayuda a Dios para fortalecer su confianza en sí mismas. Me encanta sembrar la idea de que tenemos que ser especialmente respetuosas con los mayores y de que la oración es nuestra fortaleza más importante.

En este mes de la mujer, vivo orando y agradeciendo a Dios esta bendición de ser mujer. Las mujeres somos especiales a la hora de saber dar tiempo, saber escuchar y compartir nuestros muchos talentos. Ojalá las mujeres se conviertan en luz en nuestra Iglesia y en nuestras comunidades, se mantengan firmes en lo correcto, dediquen de forma verdadera y amorosa su tiempo a la comunidad, sepan llevar a sus familias el mensaje de Dios.

La verdadera igualdad comienza con una base familiar sólida, con una fe profunda en Cristo y un corazón sincero para prestar atención al llamado de Dios. Y esto, a su vez, conduce a una Iglesia fuerte, unida y viva que sabe continuar con responsabilidad la propia misión de Cristo.

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