Creo importante que el misionero tenga una vocación personal volcada hacia el esfuerzo y la superación. La misión de cada religioso siempre ha sido y será un desafío, que requiere entrega, renovación y encontrar la fuerza en la vida comunitaria.
Por mi experiencia, tras ocho años de servicio en esta misión de Lábrea (Amazonas, Brasil), puedo decir que los retos para vivir la vida consagrada y comunitaria en la Prelatura de Lábrea son variados y proceden de distintos ámbitos.
Por ejemplo, en algunas cosas la misión sigue siendo la misma de antes, siempre desafiante: la pobreza generalizada complica todo y es difícil de modo especial la atención a las comunidades ribereñas y los pueblos indígenas, dadas las distancias y el aislamiento.
Ese mismo aislamiento promueve una cierta indiferencia de nuestra gente hacia lo social y lo religioso. En cuanto a la vivencia religiosa, se añade esa atracción por la teología de la prosperidad neopentecostal; no son pocos los que acaban “creyendo” en ese sistema que mezcla materialismo y religión y tantos otros prejuicios sociales.
En algunas cuestiones sí se ha evolucionado: frente a los remos y a los típicos motores “de rabeta” de dos tiempos, lentos y poco eficientes, ya se ven muchos motores fuera borda de muchos caballos. La infraestructura, las instituciones y la comunicación han evolucionado. Recuerdo que cuando llegué aquí el internet era muy lento, ahora es como en cualquier gran ciudad de Brasil.
El misionero, en este contexto, no es ni un jefe, ni un sanador, ni un constructor, ni la mente que resolverá todo. Es una persona que necesita un tiempo de adaptación, despojarse de la presunción de querer hacer muchas o grandes cosas o de sentirse “el salvador de las personas”.
Es necesario caminar y acompañar al pueblo con humildad, y formar parte de sus luchas y sufrimientos. Para ello se necesita fe y confianza, amor y dedicación por el pueblo, inculturación y adaptación a esta realidad concreta, un fuerte y profundo espíritu misionero, pobreza y desapego y una pizca de aventura.
Siempre me ha impresionado el ejemplo de aquellos misioneros que, dondequiera que fueran, sabían cómo disponer de sí mismos y, tranquilamente y sin hacer ruido, se agotaban y daban todo por amor a este pueblo, a esta misión.





















