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La solidaridad cristiana no es altruismo ni ideología: es exigencia evangélica y parte ineludible de la fe

En este Año Misionero Agustino Recoleto 2026 buscamos comprender cuál es la raíz y el motivo último para ser misioneros. Desde la perspectiva de León XIV, el papa agustino y misionero, la misión es consecuencia lógica del seguimiento de Jesús.
Misionera agustina recoleta en la Misión de Lábrea (Amazonas, Brasil) en los años 80 del siglo XX.

El Papa León XIV es agustino y es misionero. Para él, la misión no es una tarea institucional programada, sino la respuesta personal a una llamada de Dios, la donación constante de la propia vida. No hay misión auténtica sin vida interior profunda, manifestada en la escucha de Dios, la conversión continua y la disponibilidad humilde.

El proceso misionero tiene sus pasos: primero, la persona se deja transformar; después, es enviada, no a una misión que se ejerce “desde arriba”, sino compartiendo el día a día concreto de la gente, con paciencia, acompañamiento y fidelidad cotidiana.

Según el Papa León XIV, “en una época marcada por el aumento de los conflictos y las divisiones, necesitamos testigos auténticos de la amabilidad y la caridad humanas que nos recuerden que todos somos hermanos y hermanas. Las palabras no bastan. De hecho, ‘el amor y las convicciones más profundas deben alimentarse, y esto se hace con gestos. Permanecer en el mundo de las ideas y los debates, sin gestos personales, frecuentes y sinceros, será la ruina de nuestros sueños más preciados’ (Dilexi te, n. 119)”.

La misión no es un conjunto de proyectos dirigidos por el clero o por unos especialistas en pastoral. Es una entrega personal que implica permanecer, acompañar, compartir, establecerse en lo cotidiano con aquellos a quienes se acompaña en todos sus contextos: familia, trabajo, comunidad, compromiso social.

Desde tal punto de vista, la solidaridad cristiana no es una idea política, o un sentimiento genérico de altruismo, o una ética humanista, sino una exigencia evangélica. No todo ser humano tiene por qué sentirse altruista; pero todo cristiano sí ha de sentirse misionero, forma parte ineludible de la esencia de su fe.

Y la solidaridad cristiana jamás puede ser “ayudar desde fuera”. Busca reconocer al otro como hermano, aceptar que el sufrimiento ajeno me concierne. La Iglesia Católica no es una ONG, cierto, pero sus miembros no pueden ser indiferentes ante la injusticia.

El mensaje evangélico proclama de forma inequívoca esa “opción preferencial por los pobres”. En la Palabra de Dios se da espacio y protagonismo a los sin voz, se atiende a los más vulnerables, se destierra cualquier mínima connivencia con el racismo o la aporofobia. Dios se siente cómodo con el empobrecido, el migrante, el anciano, los excluidos, los olvidados, los señalados.

La solidaridad es, incluso, un criterio de discernimiento: es creíble el creyente que se sitúa junto a los más vulnerables. No se trata solo de asistirlos materialmente, sino de crear vínculos, sanar divisiones, promover la cultura del encuentro. Tal como recordó en sus escritos y como actuó san Agustín en su Iglesia de Hipona, la solidaridad construye la unidad del cuerpo eclesial y humano.

A la luz del primer centenario de la Misión de Lábrea, en el Amazonas brasileño, la Familia Agustino-Recoleta ha caminado o, mejor, navegado los ríos y los lagos de la selva para encontrarse con algunos de los pueblos más aislados y olvidados del mundo. Los misioneros de hoy recuerdan la historia de cuantos sintieron tan profunda esa llamada a la misión que incluso dejaron en ella sus cuerpos para siempre.

 

 

 

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