En las noticias, aunque a veces absorbidas por otras cuestiones que los medios han considerado más urgentes, hemos visto la presencia de mandatarios mundiales y delegaciones gubernamentales en la COP30 de Belém do Pará, en Brasil. Más vistosas han sido las manifestaciones de los pueblos indígenas o de científicos y miembros de ONG que han exigido al poder, Gobiernos y empresas, que tomen medidas para frenar el calentamiento global.
Menos vistosos y sin muchos focos, también han participado misioneros y misioneras y multitud de familias espirituales católicas presentes en la gran Amazonia y en tantos lugares del mundo donde la emergencia climática ataca a los más desfavorecidos: Franciscanos, Jesuitas, Combonianos, Diócesis con sus obispos, Cardenales, movimientos laicales… y también la Familia Agustino-Recoleta.
Representada por su Red Solidaria Internacional, ARCORES, la Familia Agustino-Recoleta ha participado de eventos organizados por la COP30 o a su vera: Cumbre de los Pueblos Indígenas, Mesa de debate Laudato Si’, encuentros de oración y celebración, reflexión y diálogo con otras organizaciones e instituciones…
Para la Iglesia Católica, la Madre Tierra es también la Casa Común o la Creación de la que el ser humano es custodio, cuidador y protector por mandato del Creador. Y para la Iglesia Católica los más vulnerables y excluidos son el rostro de Dios, y ellos son las primeras víctimas y los primeros que sufren las consecuencias del maltrato avaricioso al planeta. A ellos les atacan más y antes las inundaciones y sequías, la deforestación y la contaminación de aguas y aire.
La Iglesia sabe sobre repensar la forma de ser y estar en esta Casa Común. El desarrollo sin sostenibilidad es pan para hoy [solo para unos pocos], pero mañana es hambre y enfermedad [y para todos]. La avaricia es la causa de la situación a que la humanidad se ha abocado a sí misma. Y san Agustín ya alertaba sobre ese problema hace casi 1.700 años: “Poseamos las cosas terrenas sin dejarnos poseer por ellas”.
El orden, esa “correcta disposición de las cosas, en virtud de la cual cada una ocupa el lugar que le es propio”, aplicado a la gestión de la Naturaleza, es una de las soluciones a la emergencia climática. No se trata de dominar la naturaleza desde arriba, sino de convivir con ella de forma consciente y preservando la vida.
Y el orden tiene una consecuencia para san Agustín: “La paz de todas las cosas es la tranquilidad del orden”. De la armonía en la Creación, surge la verdadera paz, ese sentido mayor que las ganancias inmediatas y el lucro basado en la destrucción.
San Agustín hace una distinción provocativa: “¿Quiénes son los pacíficos? No los pacifistas, sino los promotores de la paz”. Para quienes siguen su pensamiento, traducido a la situación de hoy, podría decirse que no basta con estar contra la destrucción, sino que es necesario construir activamente un mundo mejor, reivindicar justicia, promover el orden para la subsistencia de los ecosistemas y de los pueblos.
En la COP30 se debatían las grandes cuestiones de la humanidad. La Iglesia Católica añadió a los argumentos técnicos, científicos y sociales para involucrarse en la lucha por el cuidado de la Casa Común un argumento espiritual: cuidar de todos los seres vivos y de los lugares donde habitan en parte integral de la vocación cristiana.
Y en el caso de quienes siguen a san Agustín de Hipona, también es parte de la espiritualidad agustiniana, que pone ese énfasis en el orden correcto de las cosas, en la paz como objetivo irrenunciable y en la comunidad, la cooperación, como la forma de vida más inteligente y feliz.
La Iglesia, en la COP30, también ha dicho que cuidar de la Casa Común es sagrado; que justicia ambiental es justicia divina; que el apoyo a los más desfavorecidos y a quienes más sufren ante las tragedias naturales es promover el Reino de Dios.
La Familia Agustino-Recoleta ha estado allí donde la vida del planeta está en juego, donde los pueblos claman por justicia, donde los Gobiernos y las Empresas, los que usan la Naturaleza con ánimo de lucro, deben dar cuenta de sus acciones y decisiones. Uno de los miembros de ARCORES participantes, señaló:
“Nunca me imaginé que había tanto compromiso en la Vida Consagrada y en la Iglesia en general en este ámbito. Creo que la Iglesia se refuerza en el acompañamiento de los pobres y vulnerables. Ojalá que eso no se nos olvide”.















