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Justicia y paz globales, desafío para una Vida Consagrada verdaderamente profética

Del 16 al 20 de febrero se ha celebrado en Roma el Taller de Justicia, Paz e Integridad de la Creación (JPIC) organizado por la Unión Internacional de Superiores Generales con el lema “Construyendo una familia global para una transformación sistémica hacia una paz justa y duradera”. Esta es una relectura agustiniana de esos días.
JPIC 2026 USG-UISG. Roma.

En un momento marcado por crisis profundas e interconectadas — guerras, degradación ambiental, desigualdades, migraciones y pérdida de solidaridad y valores espirituales — crece la urgencia de una respuesta profética y colectiva de la Vida Consagrada.

Este taller tenía como objetivo construir una visión compartida de paz positiva, basada en la conexión con Dios, con los demás y con toda la creación. Entre los contenidos tratados estaban los fundamentos bíblicos y espirituales, la identificación de desafíos en la economía, la política, el clima o los conflictos, la no violencia evangélica como camino y las herramientas con que cuenta la Vida Consagrada para su profetismo.

El Taller nos ha regalado un tiempo de escucha profunda del mundo, de la creación, de los pobres y, sobre todo, del propio corazón. Desde una relectura agustiniana, se nos invitó a volver al interior, donde Dios habla y nacen los caminos nuevos.

En este taller hemos sentido que el corazón vuelve a latir de otra manera. Llegamos a Roma desde todo el mundo, con historias distintas, pero con un anhelo común: entender la realidad desde ese corazón al que tanto invita san Agustín a regresar.

Tenemos que abrir ojos, mente y corazón para mirar la realidad. En el Taller hemos pasado por el corazón los sufrimientos del mundo, hemos puesto rostro y datos a las injusticias, hemos escuchado los gritos de los excluidos.

No se trataba de aprender un método ni compartir una ideología, sino de vivir una espiritualidad que une misión e identidad. San Agustín decía que el corazón es el “centro unificador” y la transformación del mundo no empieza fuera, sino dentro.

Hablar de justicia es hablar de Dios. Su santidad es justicia viva, cercana, compasiva. No es una justicia fría o transaccional, sino parcial en su mejor sentido: se inclina siempre hacia los pequeños. Hemos saboreado el sentido bíblico de la justicia, ese shalom que no significa solo ausencia de conflicto, sino plenitud, integridad y vida compartida.

Se nos llama a una justicia que nace de la contemplación y se encarna en el apostolado, que escucha a las víctimas y les devuelve dignidad. La justicia más profunda nace cuando se acoge, se escucha y se sostiene a la víctima. Esa justicia no brota de las leyes sino del corazón que devuelve la dignidad desde el amor.

La Creación fue otra gran maestra durante el Taller. La sentimos como don, presencia, sacramento, como un libro abierto donde Dios escribe con belleza y paciencia. Pero también hemos conocido su dolor, ese clamor de la tierra y de los pobres que nos desinstala. No podemos mirar la degradación de la Casa Común sin mirar a quienes más la sufren. No hay ecología integral sin justicia social.

Por ejemplo, detrás de tantos discursos sobre “energía verde” surgen nuevas formas de explotación en el Sur global, donde hay minerales y recursos que no se deberían obtener a costa de los vulnerables. Por eso sabemos que la Creación es sujeto de derechos, no un objeto del capital. La Tierra es madre y no almacén, es el medio donde nos encontramos con Dios, con los demás y con todos los seres vivos.

La paz se construye desde la fraternidad

La paz, más que concepto abstracto, es tarea artesanal. Se construye con la aportación de todos, desde la diversidad y la complementariedad. Ha ampliado sus horizontes: de la ley a los derechos, del desarrollo a la solidaridad, y ahora a la fraternidad universal.

Jesús mostró que el camino más fecundo es la no violencia, poner el cuerpo sin recurrir a la fuerza, resistir sin odiar, amar incluso cuando cuesta. Es una forma concreta de discipulado, es dejar que Cristo desarme a través nosotros cuanto genera violencia.

Durante el taller, los pueblos originarios nos regalaron su sabiduría de siglos de armonía y reciprocidad con la Casa Común. Lo que se le quita a la Naturaleza se nos quita a todos. No necesitan compasión, sino respeto, escucha y apoyo. Son guardianes de una verdad que el mundo ha olvidado: ¡todo está conectado! Son especialistas en respetar sus tradiciones y cuidar el territorio que se les ha asignado.

Al terminar este Taller, en cuantos participamos se iluminó una convicción: la transformación sistémica que el mundo necesita empieza en el corazón de cada uno. Allí donde Dios nos habla, allí donde descubrimos que somos familia, allí donde brota la esperanza.

San Agustín lo sabía bien: solo quien vuelve al corazón puede transformar el mundo desde dentro. Y quizás ese sea hoy el mayor servicio de JPIC: ayudarnos a que el corazón despierte para que toda la creación pueda vivir en justicia, paz y fraternidad.

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