¿Para quién eres? Esta pregunta que atraviesa y revela el centro más profundo de la vida consagrada. Hace descubrir el significado de la consagración: no pertenecerse a sí mismo, no establecer un proyecto propio, sino referir toda la existencia a Otro. No es una huida del mundo, sino un modo de habitarlo desde Dios.
La consagración religiosa es un acontecimiento dialogal. Nace del encuentro entre la llamada de Dios y la respuesta libre y consciente de quien se siente convocado. No hay competencia, rivalidad o discusión, sino comunión. No anula ni uniforma al individuo, sino que lo orienta, unifica y propone un eje de sentido. Lejos de desdibujar la personalidad, la purifica y la conduce a su verdad más honda.
La profesión religiosa es una expresión pública, el signo visible de un compromiso interior, pero no es el punto de llegada de la consagración, que es progresiva: incluye opciones concretas, renuncias, metas a lo largo de un programa de vida.
Como la vida no gira en torno al yo, sino en torno a Dios, se convierte en encarnación concreta de su amor. El consagrado está llamado a ser la presencia de Cristo ante todo dolor, sufrimiento e injusticia. Los contrapuntos de la consagración son la autosuficiencia, el instinto de conservación, el repliegue o las relaciones de interés.
Edith Stein (1891-1942), filósofa, mística, mártir y santa carmelita descalza, al ser sacada de su monasterio camino de un destino desconocido -un campo de concentración-, dijo: “No sé adónde vamos, pero sí sé con quién vamos”. Por su consagración, sabía que iba con Aquel que siempre le acompañaba y guiaba.
Esta conciencia ensancha el horizonte. Al reconocer que tu proyecto de vida no es absoluto, lo puedes engarzar con los proyectos comunitarios, de la familia religiosa, de la iglesia, del Reino de Dios. Todo proyecto cerrado y mentalidad estrecha empobrece, pero la consagración lleva a la disponibilidad total e incondicional.
No es lo mismo misión que tarea. La misión no se reduce a una única forma ni a un proyecto concreto, las tareas cambian con el tiempo. La misión es continuada, cada día se discierne sobre su cumplimiento. Se pueden hacer tareas sin parar, pero no estar cumpliendo la misión.
La misión nace de la consagración y se centra en testimoniar a Jesús con la vida. Se basa en una doble pertenencia: somos para el Señor, y somos para los demás. El consagrado es un punto, un nodo, en esa red viva de la Iglesia que lleva el Evangelio a todos. Sin esta conciencia de interconexión, de formar parte de una comunidad de fraternidad y servicio, no es posible ser consagrado ni discernir la voluntad de Dios.
Dentro de su misión, el consagrado tiene un compromiso ineludible: no mirar hacia otro lado ni pasar de largo ante el sufrimiento. El Evangelio es la brújula y nos invita a cambiar de lugar, adoptar nuevas perspectivas, descubrir necesidades nuevas, dar luz a lo que permanecía oculto.
Las estructuras y esquemas también pueden impedir, sofocar y traicionar el desarrollo de la consagración. A lo largo de la historia la consagración ha cambiado de rostro y formas, hoy no se puede vivir como se hacía en el siglo XII, XVI o XIX. Cada época tiene su modo de ser consagrado.
La vida consagrada no vive al margen de la sociedad. Ocupa posiciones proféticas, está en el mundo para iluminarlo. En la tradición agustiniana hay una fórmula que permite actualizar el carisma al presente: bene vivere, bene orare, bene studere. El bien vivir es mantener una vida coherente, auténtica y plenamente humana. El bien orar es cultivar una relación sana y profunda con Dios. El bien estudiar es la escucha del Maestro Interior y la compresión de su Palabra y del mundo.
En la Galleria Borghese de Roma se conserva la escultura “La Verdad revelada por el Tiempo”, de Gian Lorenzo Bernini. La Verdad es una joven descubierta -desvelada- por la mano del Tiempo. Es como la consagración: una verdad que se desvela en la historia a través de las pequeñas historias de cada día.
El tiempo termina confirmando la verdad; y si permanecemos fieles en lo cotidiano a la consagración en la oración, el servicio o el amor, ese sentido profundo de la entrega se hará visible: no es la fuerza propia, sino la comunión con la Verdad que llama, sostiene y se revela al mundo en la vida del consagrado.
El lema de la Jornada de la Vida Consagrada 2026 permanece y se renueva cada día: ¿Para quién eres? Si la respuesta, “para el Señor y, en Él, para los demás”, es clara, la vida consagrada será signo luminoso de esperanza para todos.






