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Fray Patricio Adell (1842-1908), un puntal de la Recolección Agustiniana cantado en verso por el beato Julián Moreno

Figura emblemática del cambio del siglo XIX al XX, con su temple y empuje colaboró para que los Agustinos Recoletos se abrieran a un mundo nuevo y tuvieran un renacer en Latinoamérica, tras ser testigo de su casi colapso total con la Revolución Filipina.
Patricio Adell, agustino recoleto.

Fray Patricio nació en Andorra (Teruel, España) y quedó huérfano de madre con solo tres años. Su padre se trasladó entonces a Forcall (Castellón). Con 17 años de edad Patricio ingresó en el noviciado de los Agustinos Recoletos en Monteagudo (Navarra) y profesó como religioso en 1860.

Tras cursar los estudios eclesiásticos, Patricio dejó España y llegó a Manila (Filipinas) el 12 de abril de 1865. En septiembre fue ordenado sacerdote y al año siguiente es destinado a la isla de Siquijor para aprender bisaya y así poder ejercer el ministerio en Negros Oriental. En 1868 es nombrado párroco de Lacy (Siquijor), donde construye el cementerio y un canal de riego para hacer más eficiente la agricultura local.

En 1874 es nombrado subprior del convento de Manila y maestro de novicios. En 1876 pasa a desempeñar el cargo de prior de Cavite y tres años más tarde es enviado de vuelta a España para ser prior del noviciado de Monteagudo (Navarra), donde se forman los nuevos misioneros. Trabajó para afianzar el tiempo de estudio, postura en su tiempo novedosa frente a quienes daban poca importancia a la formación intelectual y teológica.

Regresó a Filipinas como párroco en Romblón y vicario provincial del distrito entre 1882 y 1889, año en que se traslada a Silay, Negros Occidental, donde permanece hasta 1895. En esta parroquia trabajó incansablemente por todos los barrios y denunció los abusos de los ricos y las apropiaciones indebidas de los hacenderos.

En el Capítulo Provincial de 1894 sale elegido definidor provincial y en el 1897 es nombrado prior del convento de San Sebastián de Manila. Tras la ocupación americana, el 3 de agosto de 1898, Adell deja Filipinas con otros siete religiosos en parte reclutados por él mismo. Su misión es encontrar lugares donde los agustinos recoletos puedan encontrar campos válidos de acción.

El convulso siglo XIX en España (Guerra de la Independencia, Desamortización, revoluciones y guerras liberales) había dejado la vida religiosa bajo mínimos. Por eso el centro de acción de la Recolección Agustiniana se traslada desde 1835 a Filipinas, donde todavía podían los frailes seguir su proyecto vocacional comunitario y trabajar en el ámbito pastoral.

Pero la revolución filipina de finales de siglo vuelve a poner en entredicho a la vida consagrada. Los misioneros sufrieron violencia y persecución, cierre de sus comunidades. Con unos pocos conventos atestados que sirven de refugio, se hace necesario encontrar nuevos campos de acción con libertad para llevar a cabo la vida religiosa y comunitaria.

Adell ya había abrigado la idea de que la Provincia de San Nicolás de Tolentino no debía limitar su presencia apostólica a Filipinas. Llegado el momento, él mismo se ofreció como voluntario de forma decidida y fue el principal artífice de esa nueva presencia de la Provincia en suelo americano.

El 25 de agosto de 1898 tras un viaje azaroso el grupo de Adell llega a Panamá. El obispo, José Alejandro Peralta los recibe y les ofrece las misiones del Darién y la iglesia de San José, de donde los recoletos colombianos habían salido en 1833 también obligados por las leyes desamortizadoras del General Santander.

En Panamá quedan seis religiosos del grupo ocupándose de los nuevos ministerios y Adell, siguiendo las instrucciones, continúa su viaje hasta La Guaira, Venezuela, adonde llega el 7 de diciembre de 1898. Estableció la residencia en Ciudad Bolívar y desde allí se ocupó de implantar y organizar la vida agustino-recoleta en ambientes desconocidos y con escasez de recursos.

Durante la corta estancia de Adell en Latinoamérica se fundaron las comunidades de Ciudad de Panamá, Ciudad Bolívar, La Victoria, Coro y Maracaibo, además de numerosos ministerios en el Darién, Tumaco y La Guaira.

En 1901 fue nombrado definidor general con residencia en Madrid, cargo que desempeñó durante siete años. Su Aragón natal le vio volver los últimos días de su vida, pues falleció el 2 de agosto de 1908 en el Hospital Provincial de Zaragoza.

Tras tantos cargos y encomiendas recibidas se esconde su especial valía y el predicamento que tuvo en su tiempo. Fue todo un enamorado de su vocación, de recio temple espiritual, de inteligencia práctica fuera de lo común, con visión de futuro, intrépido, providencialista, y bien dispuesto a superar contrariedades y asumir sacrificios por el bien de la comunidad.

Adell, de “cuerpo ruin y alma gigante, corazón grande y fecundo” fue retratado en versos por el poeta agustino recoleto Julián Moreno. Con trazos delicados se adentra en el alma del misionero pionero y fundador para cantar su testimonio y ejemplo:

“Te amó con profunda fe,
Descalcez, madre querida,
te amó con toda su vida
vida y alma dándote;
pues si hay otra no lo sé
que te quisiera mejor;
él fue tu bello esplendor,
esplendor de tu ventura;
y en tus horas de amargura
un ángel consolador.”

En la siguiente estrofa, una décima, perteneciente al mismo poema, el poeta canta la valentía de Adell, que arriesga su vida por dar vida y futuro a la Recolección.

“Por ti los mares surcó
peregrino de los mares;
por ti cien templos y altares
en dos mundos levantó;
por ti banderas alzó
donde quiera peregrino
y ángel del cielo divino
más que mortal de la historia
llevó a los mundos la gloria
de los hijos de Agustino.”

El poema completo, escrito en La Victoria (Venezuela) en 1908, año de fallecimiento de Adell, está formado por ocho décimas, con las que el poeta repasa las que considera cualidades extraordinarias de Patricio, como el hecho de haber sido pionero en el campo de la pastoral educativa o su capacidad de resumir en informes y cartas valiosa información que ha ayudado a conocer mejor la historia de la Recolección.

El P. Patricio Adell

Flor de claustro virginal
donde yo también nací,
donde yo la lumbre vi
de la patria celestial;
ángel de carne mortal
cuya existencia en el suelo
fue la de un ángel del cielo
vestido de bellas galas
que solo espera unas alas
para remontar su vuelo.

Cuerpo ruin y alma gigante
corazón grande y fecundo
en el que cabe un mundo
y aún queda espacio bastante;
bajo su austero semblante
de penitente eremita,
llevaba un alma bendita
tan luminosa y tan bella
que parecía una estrella
encerrada en una ermita.

Yo vi la rosa galana
reina del fresco pensil
luciendo entre flores mil
su hermosura soberana.
Tal fue entre la agustiniana
familia Patricio Adel,
flor de su fresco vergel,
rayo de un astro divino,
hijo del grande Agustino,
humilde y grande como él.

Su vida fue embalsamada
como el cáliz de las flores;
fue bueno entre los mejores,
y él pensó que no era nada.
Su virtud acrisolada
y oculta en su corazón
era como una oración
continua que al cielo sube
desde el seno de una nube
de profunda adoración.

Te amó con profunda fe,
Descalcez, madre querida,
te amó con toda su vida
vida y alma dándote;
pues si hay otra no lo sé
que te quisiera mejor;
él fue tu bello esplendor,
esplendor de tu ventura;
y en tus horas de amargura
un ángel consolador.

Por ti los mares surcó
peregrino de los mares;
por ti cien templos y altares
en dos mundos levantó;
por ti banderas alzó
donde quiera peregrino
y ángel del cielo divino
más que mortal de la historia
llevó a los mundos la gloria
de los hijos de Agustino.

Moriste, al fin, como el sol,
cargado de resplandores;
moriste con tus amores
como él con su arrebol;
junto al pilar español,
donde su fe se atesora
te cogió la última hora,
y acabaste la partida
junto a tu madre querida,
la Virgen encantadora.

Nada faltó a tu destino,
nada a tu amor y a tu fe;
caíste como se ve
caer un buen agustino.
Moriste cual peregrino
que va al cielo en romería
junto a la Virgen María
que era tu eterno querer:
y así dijiste al caer:
“Yo muero como quería”.

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