La violencia de género es una de las violaciones de los derechos humanos más extendidas y generalizadas: según Naciones Unidas casi una de cada tres mujeres en el mundo han sido víctimas de violencia física y/o sexual al menos una vez en su vida.
Este año la campaña se centra en la violencia digital. Por ejemplo, en Tapauá, en mitad de la Amazonia brasileña, una sociedad relativamente pequeña donde los Agustinos Recoletos misionan desde 1965, en las últimas semanas se vive un estado general de ansiedad por la difusión de vídeos íntimos de mujeres chantajeadas por sus agresores.
Este Día Internacional para Eliminar la Violencia contra la Mujer marca el comienzo de la Campaña Únete de la ONU, del 25 de noviembre al10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos. En 2025 el lema es “Únete para poner fin a la violencia digital contra las mujeres y las niñas”.
También en Brasil, en Fortaleza, capital del Estado de Ceará, la psicóloga Luiza Aparecida Dias (Três Fronteiras, São Paulo, Brasil) se dedica desde 2010 a cuidar a las niñas y adolescentes acogidas en el Hogar Santa Mónica de los Agustinos Recoletos, enviadas por las autoridades competentes tras haber sufrido o correr grave riesgo de sufrir cualquier tipo de violencia, abuso, desatención o conculcación de sus derechos.
¿Qué patrones de violencia tratáis en el Hogar Santa Mónica y qué secuelas dejan?
La más común es la violencia sexual, el abuso y la explotación comercial sexual, pero suele estar unida a otras como las negligencias en el cuidado de la salud, la falta de escolarización, la alimentación insuficiente o violencias psicológicas, morales y físicas. Este sufrimiento emocional suele manifestarse en baja autoestima, vergüenza y culpabilidad; las relaciones humanas se resienten porque se desconfía de todo adulto y no es infrecuente que se manifieste agresividad.
Sufrir durante años estas violencias genera daños irreversibles si no se recibe atención y escucha. El ser humano, independiente de su edad, ante estas violencias presenta comportamientos disfuncionales, que se agravan cuanta más exposición sufre: falta de concentración, caída del rendimiento escolar, dificultades para dormir, trastornos de estrés postraumático, ansiedad y depresión… En situaciones más extremas, pueden darse automutilaciones e ideas y tentativas suicidas.
Nuestro trabajo es orientar para revertir y resignificar estos traumas que traen consigo la infravaloración: sienten que no tienen valor, su autoestima está bajo mínimos o es nula. En el caso de las niñas y adolescentes, al comienzo del acompañamiento tienen dificultad en confiar en los adultos: las personas que deberían haberlas protegido cometieron la violencia. Esto solo cambia tras percibir que en el Hogar realmente viven con seguridad, alimentación, ocio, educación, salud, respeto, buen trato…
Toda violencia deja secuelas. En mi trabajo percibo que la violencia psicológica es muy sutil, no deja marcas físicas, pero sí secuelas emocionales profundas en aspectos importantísimos como la confianza, seguridad, aceptación o autovaloración.
Pero, desde mi experiencia, el abuso y/o la explotación comercial sexual en niños y adolescentes de ambos sexos causa heridas en cuerpo y alma. Sustrae en la víctima aquello que más necesita, su inocencia, su infancia, su dignidad, su cuerpo, interfiere con lo más íntimo, el propio yo. Y va siempre acompañada de las otras violencias, la física y la psicológica, por ese muro de silencio que impone el agresor.
Las secuelas son horribles, con lesiones corporales, trastornos sexuales, psicológicos y psiquiátricos, miedo, inseguridad, tendencia suicida, aislamiento social… Cuando una persona a esa edad, no se siente amada, respetada, acogida, escuchada y valorada, sus traumas tomarán proporciones humanamente imposibles de vencer en su vida adulta.
¿Cuáles son los mayores desafíos en el proceso de recuperación y resiliencia?
Es de suma importancia crear un ambiente acogedor, que promueva en la víctima la certeza de que sí es valorada, que puede hablar, que no será juzgada. Esa acogida incondicional es el único comienzo posible para un acompañamiento exitoso.
Cuando la violencia sucede en el entorno más cercano de la víctima, siempre genera un sentimiento de culpa, de que ellas son las responsables de lo ocurrido. Superar ese sentimiento es esencial desde el área de salud mental, y requiere tocar asuntos como el aislamiento social, la aversión al sexo opuesto, la erotización precoz, el miedo a pasar de nuevo por esa experiencia…
Buscamos rescatar la infancia perdida para que las víctimas comiencen a creer en su potencial, recuperen el sentido de su vida y busquen ser felices de nuevo. En el caso de las adolescentes se suma la búsqueda de la autonomía mediante la formación profesional y la inserción al mundo laboral.
En el Hogar, las acogidas deben pasar de ser las víctimas de un sistema que les ha fallado y de un entorno que les ha agredido, a ser protagonistas de su propio destino, con esperanza de tener un futuro diferente a ese que vivieron en el pasado.
¿Evoluciona y mejora la conciencia ante el problema de la violencia contra la mujer?
Sí, percibo que tanto en la sociedad brasileña como en el mundo occidental en general ha evolucionado significativamente la concienciación sobre la violencia contra la mujer, aunque todavía existan actitudes y comportamientos que permanecen normalizados.
Hoy hay mucho más debate público, campañas educativas constantes, leyes más rigurosas (Lei Maria da Penha de 2006 y Lei do Feminicídio de 2024), aumenta el número de denuncias, las mujeres pierden el miedo a hablar y buscar ayuda. También es visible el esfuerzo en las escuelas, en los medios de comunicación y de tantas instituciones públicas, privadas, religiosas, que promueven la igualdad de género y el respeto mutuo.
Pero también las resistencias son aún grandes. Muchas víctimas son tratadas con descuido y ciertas formas de agresión, especialmente las psicológicas y simbólicas, todavía son minimizadas o justificadas culturalmente. Persiste un machismo enraizado que coloca a la mujer en posición de inferioridad o culpabiliza a la víctima.
Hay progreso real, pero el camino todavía será largo y solo se recorrerá con educación continua, empatía y compromiso colectivo para transformar mentalidades y conseguir que el respeto a la mujer sea un valor innegociable en todas las sociedades.






















