San Ezequiel Moreno (1848–1906) se distinguió por su entrega radical al Evangelio, su defensa firme de la dignidad humana y su forma de enfrentar desafíos como las ideologías excluyentes, las guerras, las epidemias o la desigualdad generalizada.
El liberalismo radical triunfaba y él, como obispo, recordaba que tal ideología “conduce al error desde la apariencia de libertad”. Fue muy cercano al pueblo, exigía a las autoridades el bien común e insistía en la verdad como único camino de justicia real.
Hoy el desafío llega a través de la Inteligencia Artificial y sus herramientas conversacionales, la extracción y gestión de big data, los modelos predictivos o generativos, la automatización y autonomía de las máquinas, las neurotecnologías…
Todo ello tiene consecuencias para libertad humana: una vez más un “liberalismo” radical, bajo el nombre del progreso y la ténica, puede ocasionar injusticias, desigualdades y hasta la negación de la verdad como algo objetivo, común, verificable.
San Ezequiel Moreno ni siquiera imaginó la era digital, pero su defensa incondicional de la verdad, su lucha contra la uniformidad de pensamiento, su compromiso con la dignidad humana, su espiritualidad profunda y su visión de la persona como ser libre y trascendente sirven hoy como le sirvieron a él en su tiempo.
Exprimirnos con nuestros datos
Cámaras, sensores, algoritmos biométricos, técnicas de reconocimiento facial y dispositivos conectados forman la red del “capitalismo de vigilancia”: los individuos somos la materia prima para el beneficio económico de unos pocos.
San Ezequiel combatió la imposición de una forma única y dominante de pensamiento; hoy es el poder económico el que controla a la gente a través de sus datos, nos hemos convertido en objetos medibles, clasificables y explotables. Necesitamos salvaguardar la libertad, la intimidad y la dignidad que defendía Ezequiel citando Juan 8,32: “La verdad os hará libres”. Nadie es libre si se usa su vida reflejada en datos para influirle.
Aquella lucha histórica de san Ezequiel contra quienes pretendían uniformar el pensamiento hoy se traduce en una alerta sobre esa inducción a comportamientos, gustos e ideologías mediante algoritmos opacos. Imponernos esa prisión digital sin muros viola la sacralidad de la persona, creada a imagen de Dios.
Hacia el control absoluto
En China ya existe un sistema de puntuación que condiciona a las personas a la hora de moverse o acceder a servicios y oportunidades. El Estado evalúa las compras cotidianas, las opiniones expresadas o las relaciones personales para señalar al “buen ciudadano”.
San Ezequiel insistió en que el bien no se mide por criterios utilitaristas o de rendimiento: “No es el mundo quien dicta lo que es bueno, sino Dios”. El control integral no causa virtud, sino miedo. Y ante la manipulación de la conducta por algoritmos, Ezequiel es partidario de la enseñanza de Mateo 6,3: “Que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha”. La bondad auténtica nace del corazón y de la decisión libre.
Vigilar las relaciones humanas para, por ejemplo, evitar que “malos” y “buenos” ciudadanos se junten, sería para Ezequiel negar radicalmente la fraternidad humana y del mandato de Jesús: “Amaos los unos a los otros” (Jn 13,34).
La siguiente frontera está en las neurotecnologías, que registran y analizan las emociones y los patrones cognitivos a través de gadgets como gafas inteligentes, auriculares biométricos o interfaces cerebro-computadora para el control mental de dispositivos; con ellos, al control externo añadimos el interno.
San Ezequiel vivió con intensidad la espiritualidad agustiniana, centrada en la interioridad: “El corazón del hombre es templo de Dios; nadie tiene derecho a profanarlo”. El interior de la persona es sagrado e incluye la conciencia, la libertad, las creencias, los convencimientos, los deseos.
Ezequiel no aprobaría que ningún poder vigilase y controlase ese espacio reservado a la acción de Dios: “Donde está tu tesoro, allí estará tu corazón” (Mt 6,21). Para el santo, solo Cristo puede entrar, dialogar con el yo profundo y sanar a la persona.
Bulos y meras opiniones como referentes
La información circula y se distorsiona a gran velocidad. Los medios tradicionales con sus criterios de verificación son hoy una parcela mínima en la transmisión de las noticias. Son tiempos de posverdad, de exposición de opiniones como si fueran verdades, de autoafirmación, sectarismo y polarización. Es verdad lo que me interesa que sea verdad.
San Ezequiel recuerda que la verdad no es negociable: “No temáis decir la verdad cuando el bien lo exige”. Ante la manipulación o la sustitución de los hechos por narrativas, insistiría en el discernimiento: “Sea vuestro hablar sí, sí; no, no” (Mt 5,37).
También recordaría que la ausencia de modelos veraces nos deja sin orientación y nos hace vulnerables. La desinformación es más devastadora cuando el corazón no tiene una base firme de confianza ni una guía fuerte para sus principios y moralidad.









