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“El misionero agustino recoleto debe tener claro a qué va, qué quiere y puede ofrecer, qué es lo prioritario y fundamental”

Francisco Javier Jiménez (Los Arcos, Navarra, España, 1958), agustino recoleto, ha sido misionero, formador de misioneros, delegado, secretario y prior provincial y hoy es prior del noviciado. Con esta vasta experiencia, describe el desafío que una misión como Lábrea (Amazonas, Brasil) representa para la Familia Agustino-Recoleta.
Francisco Javier Jiménez, agustino recoleto.

Lábrea (Amazonas, Brasil) está presente en el corazón de los Agustinos Recoletos desde hace 100 años, cuando la Santa Sede nos encomendó atender esa tierra y a esas gentes. En mi corazón, Lábrea está presente desde los años cercanos a 1970. Era aún adolescente cuando me llegaron las primeras noticias de esa misión, con los misioneros de la Provincia de San Nicolás de Tolentino que se habían ofrecido como voluntarios para ayudar allí.

En mis años de formación inicial como religioso siempre tuve sueños misioneros: me bebía las noticias que llegaban de Lábrea y cada vez me sentía más atraído. En los años siguientes, ya profeso y sacerdote, de soñar pasé a admirar el testimonio de nuestros misioneros, a los que veía como héroes en la vanguardia.

Tuve la suerte de convivir en la misma comunidad con algunos de los misioneros que habían vuelto a España después de trabajar en la misión, así como con otros que después fueron a la misión, lo que alimentó más aún mi interés y el fuego misionero.

En mis seis años como secretario provincial tuve el privilegio de conocer por primera vez de un modo presencial cada una de las comunidades que por aquel entonces teníamos en el Amazonas: Manaos, Tapauá, Canutama, Lábrea y Pauiní.

Y, por fin, durante tres años viví y materialicé ese sueño misionero en Tapauá (dos años y medio) y en Manaos (seis meses), trabajando codo con codo con su gente.

Mi siguiente encargo, como maestro de profesos, me permitió seguir colaborando con la misión mientras acompañaba a algunos jóvenes religiosos agustinos recoletos en periodo de formación inicial que vivían durante las vacaciones lectivas su primera experiencia de inserción misionera.

Durante los seis años en que fui prior provincial tuve la responsabilidad de hacer las visitas de renovación a nuestros misioneros, de dialogar con cada uno de ellos y de evaluar la situación y ver cómo mejorar nuestro servicio allí como Provincia.

Y ahora acompaño la misión desde la paz y la distancia del convento, en Monteagudo (Navarra, España), en estos últimos diez años, como prior del noviciado donde se forman nuestros futuros misioneros.

Con este largo currículo personal, valoro el camino recorrido y realizado hasta ahora por los Agustinos Recoletos en Lábrea. Creo que ha sido un camino muy largo, difícil, complicado y exigente.

Sobre todo en los primeros años de misión, a partir de 1925, fue decepcionante y desalentador. Después se convirtió en ilusionante y comprometido, contagioso y estimulante, a la vez que desgastante.

En la actualidad veo un camino más claro, pero siempre incierto, lleno de luces y sombras, de certezas e interrogantes. Creo que la Orden y la Provincia han hecho un derroche de energías, de juventud, de vida, de entrega y de recursos durante todos estos años.

Ha habido, sin duda, muchos frutos, logros, realizaciones, éxitos. Pero me parece que estamos todavía en tiempo de siembra, de inicio, de intentos, de cada vez volver a empezar.

Hay algunos desafíos que han sido especialmente importantes. Las enormes distancias y el aislamiento son dificultades objetivas, que nadie puede evitar. Hay que asumirlas como algo irremediable. La soledad y el individualismo son sus consecuencias directas y, con el debido cuidado personal y comunitario, se pueden subsanar o paliar.

La escasez de personal, la falta de apoyo, de medios y recursos es un problema institucional, que la Provincia tiene que plantearse y remediar. La poca continuidad de los religiosos misioneros, los cambios frecuentes en las comunidades en la misión, las salidas y abandonos han hecho mucho daño a nuestro desempeño misionero.

La adversidad y hostilidad ambiental es algo social que hay que tratar de entender y comprender para acertar en cómo funcionar y cómo vivir en esa realidad, tan diferente para los de fuera del contexto amazónico, que en el caso de los misioneros agustinos recoletos, somos todos.

La madurez personal, la colaboración comunitaria y mantener cierta perspectiva mental y emocional son necesarias para saber ver los planes, las líneas, los proyectos más convenientes y necesarios para transformar esa realidad a la luz del Evangelio.

La falta de vocaciones ha sido un déficit y sigue siendo un reto para la Iglesia de Lábrea. Más que en otras partes, se constata la dificultad del trabajo vocacional. El mayor fracaso en cien años de misión de los Agustinos Recoletos en Lábrea creo que sea no haber conseguido formar un clero propio (solo hay un sacerdote natural de la región en la Prelatura) ni conseguir vocaciones a la vida consagrada, con unas pocas religiosas oriundas de la región, ningún religioso.

La Iglesia de Lábrea no alcanzará su madurez hasta que comience a producir también esos frutos de vida consagrada y sacerdotal.

Pero también debemos señalar aquello que ha sostenido y dado sentido al trabajo de la Familia Agustino-Recoleta en la misión de Lábrea. La fraternidad, la acogida, la convivencia, la comunión, el calor humano son elementos determinantes. La vida común es más necesaria y se echa en falta allí mucho más que en cualquier otra parte donde hay comunidades de la Provincia de San Nicolás de Tolentino.

La espiritualidad, la fe en Dios, la confianza, la esperanza son el recurso, el refugio y el salvavidas en ese mundo tan desafiante y a la hora de entregarse a un apostolado que pone a prueba muchas veces la solidez y convicciones de la persona.

La madurez personal y la claridad del proyecto comunitario son esenciales. El misionero agustino recoleto en el Amazonas debe tener claro a qué va, qué quiere y puede ofrecer, qué es lo prioritario y fundamental en su trabajo; y, de ese modo, evitar que cada uno haga la guerra por su cuenta, se invente sus planes o se decante por lo que le gusta, le apetece, se le da mejor, le conviene o le interesa.

La confianza y la colaboración con los laicos es uno de los grandes valores y activos de la misión. Conocerlos, valorarlos y dejarlos asumir su papel y su protagonismo en la vida eclesial y en la evangelización resulta siempre estimulante y gratificante.

La juventud de la misión es un factor renovador. El entusiasmo y la alegría juvenil, la presencia de tantos jóvenes en nuestras pastorales, actividades y celebraciones rejuvenece, anima y motiva a los misioneros.

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