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Dos religiosos que entendieron los desafíos y fortalecieron el ánimo comunitario

El 12 de enero se cumplieron 300 años del nacimiento de fray Pedro de San Miguel (1726-1774) y hoy, 14 de enero, el 150 aniversario del nacimiento de fray Jesús Fernández (1876-1953). Dos estilos y dos personalidades en épocas diferentes, pero con una misma pasión por enfrentarse a las dificultades con espíritu fuerte.
Jesús Fernández, agustino recoleto.

Las figuras de Pedro de San Miguel y de Jesús Fernández muestran cómo la fidelidad al carisma, aderezada con el ingenio y el empeño, permiten recuperar lo esencial para la vida de la comunidad religiosa en circunstancias difíciles y desafiantes.

Ambos vivieron su vocación como un servicio a la Orden y a la Iglesia con la guerra y la miseria como contextos inmediatos: Pedro, asegurando el sustento de sus hermanos y los recursos para continuar la misión; Jesús, desde la animación comunitaria y la búsqueda de la empatía con los religiosos más desprotegidos.

Ambos buscaron servir a Dios y a los hermanos desde una diversidad de tareas y servicios que se convirtió en riqueza para la Iglesia y una invitación constante a construir la comunidad fraterna con creatividad y fidelidad en cualquier circunstancia.

Diálogo para la paz y recursos para la misión

Fray Pedro de San Miguel nació en Granada (España) el 12 de enero de 1726. Con 16 años, en 1742, profesó como agustino recoleto en Sevilla y fue, en su Provincia recoleta de Andalucía, confesor, predicador y ayudante del maestro de novicios.

Pero decidió ofrecerse voluntario a las misiones y pasa a pertenecer a la Provincia misionera de San Nicolás de Tolentino con sede en Manila (Filipinas). Fue enviado a Zambales para aprender la lengua local, aclimatarse y comprender su nueva realidad. Sobresalía su inteligencia práctica y visión de conjunto y fue elegido prior de Iba.

Un giro histórico cambió su vida cuando en enero de 1762 España se alía con Francia contra Gran Bretaña, que en respuesta ocupa Manila y Cavite. El gobernador español, Simón de Anda y Salazar, se establece en Bacolor (Pampanga) y organiza la resistencia.

Pedro de San Miguel colaboró estrechamente con Anda y Salazar. Asumió delicadas negociaciones y detectó recursos valiosos ante la calamidad de la guerra, como el uso de los bosques de Zambales para la industria naval. La guerra terminó dos años después con el Tratado de París, que devolvía Manila a España a cambio de concesiones.

Fray Pedro fue entonces nombrado administrador de los Agustinos Recoletos y buscó recursos para los religiosos y su misión en tiempos de estrecheces; y lo hizo tan bien que generó envidias, críticas y acusaciones de las autoridades eclesiásticas y civiles.

Murió en Dapitan el 20 de mayo de 1774 y su memoria quedó ligada al cuidado de los bienes comunes, tan necesarios para la supervivencia de las comunidades y para el mantenimiento de sus ministerios, de la formación o de las misiones.

Animar y sostener en tiempos de prueba

Fray Jesús Fernández nació el 14 de enero de 1876. Fue prior general de los Agustinos Recoletos entre 1932 y 1938; antes había sido misionero en Colombia, profesor de teología, formador de los novicios, prior local, prior provincial y consejero general.

Veló por la unidad de la Orden, la fidelidad al carisma, la comunión con la Iglesia y por hacer fluida la relación entre las Provincias y la Curia General, firme defensor de la claridad y la transparencia. Insistió en proteger la vida interior, “sin la cual de nada sirve la acción apostólica”, y promovió una mejor organización, una adecuada formación y la fiel recopilación de datos, convirtiéndose en un gran conocedor de la realidad recoleta gracias a sus visitas a las comunidades de Asia, América y Europa.

La Guerra Civil española (1936-1939) marcó su generalato. Con las comunicaciones muy limitadas, exhortó a la hondura espiritual y a la confianza en Dios, “que cuida de las avecillas del cielo”, y en Jesús, que también fue perseguido: “Felices de nosotros, si estas contrariedades nos mueven a responder con mayor fidelidad a nuestra vocación”.

Estando en Estados Unidos, y sin conocer aún la difícil situación de las comunidades en España o la magnitud del martirio de la comunidad de Motril (Granada, España), pidió a todos los recoletos en el mundo actuar con solidaridad y orar, mientras durase la guerra, “diariamente, a ser posible en comunidad, las letanías mayores”, mostrando especial cariño y preocupación por quienes vivían momentos muy difíciles.

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