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Dignidad y Derechos Humanos: ese latido eterno de Dios para la Humanidad

En el Día Internacional de los Derechos Humanos, más allá de declaraciones y tratados proclamamos la dignidad humana como propia, indiscutible, no adquirida ni dada, inherente, porque para los creyentes hunde su raíz en que somos hijos e imagen de Dios.
Día Internacional de los Derechos Humanos 2025.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos (10 de diciembre de 1948), que hoy recordamos, fue la respuesta al horror y la barbarie de una guerra. Pero esa fue tan solo una ocasión propicia para, por fin, reconocerlos de manera universal. No son el fruto de un consenso político sino expresión de algo anterior: la dignidad humana.

“La dignidad de cada persona humana debe ser respetada ahora, no mañana”, ha afirmado León XIV en su exhortación apostólica sobre el amor hacia los pobres, Dilexi te. La dignidad humana no admite aplazamientos ni condiciones, debe ser presente, absoluta e innegociable.

Los Derechos Humanos no nos dan dignidad, sino que la protegen, son sus garantes. La dignidad no depende de leyes o de organismos. Desde la perspectiva cristiana, tiene un fundamento profundo: somos imagen de Dios, hijos del Padre, templos del Espíritu Santo, capaces de relación con Él, cocreadores y transformadores del mundo.

Esa es la grandeza del ser humano, y ningún otro poder puede otorgarla o arrebatarla. No se pierde, es independiente de cómo nos encontremos, sintamos u obremos. Aun cuando usemos erróneamente nuestras capacidades, las tengamos disminuidas o no obremos de un modo consecuente con esa dignidad, no la perdemos.

Medir la valía por el éxito o el poder es contrario a esa dignidad. Hoy puede parecer anticuado para unos, revolucionario para otros, defender que somos imagen de Dios. Cada persona, sin importar su condición, porta una luz que ninguna sombra apaga.

Defender los derechos humanos es, en este sentido, custodiar ese reflejo divino en cada rostro. Por eso la Iglesia no “firma” los derechos humanos como si fueran concesiones: porque lo que un día se concede, también puede retirarse.

En diversos ambientes, algunos de ellos incluso que se dicen creyentes, existe en la actualidad una sombra de duda sobre los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), que nacieron como un compromiso global para erradicar la pobreza, proteger el planeta y garantizar la paz y la prosperidad. Son una actualización de la Declaración de los Derechos Humanos de 1948 en forma de programa concreto de acción.

Los ODS son respuestas ante las injusticias, pero también reflejan el anhelo de una vida plena. La Iglesia y sus organizaciones sociales y solidarias ven los ODS como una traducción política y social de los valores del Reino anunciado por Jesús, que no es un concepto abstracto, sino la promoción concreta de más justicia, fraternidad y ecología.

Cuando la comunidad internacional se compromete a garantizar derechos como la educación, la salud, la igualdad y la paz, está trabajando —aunque no lo nombre así— por aquello que Dios soñó para la humanidad: que nadie quede excluido, que la vida sea defendida, que la tierra sea cuidada.

El núcleo de los ODS coincide con el Evangelio: dignificar al ser humano y restaurar la armonía con la creación. No es solo una tarea social, es también una forma de colaborar con el proyecto divino. Defender los Derechos Humanos y cualquiera de sus manifestaciones (Declaración Universal, ODS) no es un mero acto social, sino un encuentro con el plan de Dios.

Dice León XIV en el documento ya citado: “No estamos en el horizonte de la beneficencia, sino de la Revelación; el contacto con quien no tiene poder ni grandeza es un modo fundamental de encuentro con el Señor de la historia.”

La sociedad está llamada a la acción en este día; y la Iglesia está llamada a diseminar los valores del Reino. Es un compromiso colectivo y común. Para quienes creemos, esta jornada es una oportunidad de defender el proyecto de Dios: que cada vida sea digna, libre y plena.

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