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“Lo digo de corazón: mi vida es un regalo, un milagro de la misericordia de Dios y de las oraciones de tantos”

El agustino recoleto Francisco Javier Legarra (Pamplona, Navarra, España, 1950) trae en este Día Mundial contra el Cáncer 2026 el testimonio de su propia enfermedad y lucha. Y recuerda la importancia de apoyar a los enfermos y sus familias y de encontrar un sentido y un objetivo con la ayuda y ejemplo de san Ezequiel Moreno.
Paco Legarra, agustino recoleto.

El 23 de junio de 2023 me di cuenta de que tenía dos bultos, uno en el costado izquierdo y otro en la axila derecha. Cuando los vio el médico, puso mala cara y me derivó a otra especialista. El diagnóstico era claro: “Melanoma, etapa cuarta”.

Me vino a la mente: “Señor, si llego a Navidad…”. Tenía previstas ya de antes dos semanas de descanso en España en julio, con mi familia, y fui, pero no dije nada a nadie. Para mí, era una despedida con cuantos me encontré.

El 14 de julio, en las Agustinas Recoletas de Pamplona, celebraba el 49 aniversario de mi ordenación sacerdotal: “Señor, mis planes eran celebrar aquí el próximo año mis Bodas de oro, pero Tú tienes otros planes; hágase tu voluntad”, oré. Le pedí a mi hermana que me sacase una foto para recuerdo.

El 8 de agosto comencé el tratamiento. La especialista me dijo: “No tiene cura, pero tiene control: cuatro sesiones de inmunoterapia, un intervalo de tres semanas. Puede llevar una vida ordinaria”. Mientras la quimioterapia mata todas las células (malas y buenas), la inmunoterapia solamente ataca a las malas.

Comencé la primera sesión… y bien. En la segunda hubo un efecto secundario, desarrollé una enfermedad rarísima, una desconexión entre los nervios y los músculos: miastenia gravis. Toca a cincuenta de un millón y… me tocó a mí.

Lo noté primero en la visión: no podía leer, ni usar el celular, ni ver los letreros de las calles, ni conducir vehículos. Me fui sintiendo cada vez peor. El 12 de septiembre me llevaron a urgencias con 200 pulsaciones. De no haber ido, hubiese muerto de un paro cardíaco, como mis dos hermanos. Durante toda la noche intentaron bajar el ritmo.

Estuve tres semanas en el hospital de Hackensack, sin diagnosis cierta hasta que descubrieron la miastenia. Se me paralizó el esófago. Los siguientes tres meses no pude hablar o comer, me alimentaban con sonda. Recomendaron a mi familia venir a despedirse de mí, para no tener que venir directamente al funeral. Mi hermana y su hijo mayor me acompañaron una semana.

Pedí al Señor que me diese la gracia de ser testigo del evangelio en tal situación y lugar: “Todos se van a enterar en este hospital de que soy un sacerdote católico, ayúdame a que dé testimonio de ti”. Cuando pude empezar a tragar un poquito, me dieron el alta.

Y me fui recuperando. Además de los dos tumores que había palpado cuando comenzó todo, tenía otro en la cabeza que, junto con el del costado izquierdo, desaparecieron con la inmunoterapia. Me cambiaron el tratamiento y me recetaron unas pastillas carísimas. Lo lógico es que se me hubiese caído el cabello, pero se me puso blanco y, desde entonces, soy albino.

Cuando salí del hospital no podía ni estar de pie. Recibí terapia física y una especialista me ayudó a recuperar la voz. He sido obediente a los médicos, para mí mensajeros de Dios.

El tumor de la axila derecha, que era como una pelota de tenis, ahora es como un granito de arroz. Cada mes un oncólogo vigila la enfermedad. Por la gracia de Dios, con los cuidados de mis hermanos y de excelentes médicos, puedo llevar una vida normal.

Vivo la enfermedad con la conformidad de aceptar totalmente la voluntad de Dios. Disfruto cada día y agradezco mi recuperación. Mi vida es un regalo, lo digo de corazón: “Soy un milagro de la misericordia de Dios y de las oraciones de tanta gente que ora por mí”.

A las secretarias del médico que descubrió el cáncer, les dije: “Le debo la vida al doctor Milles”. Y respondieron: “Y a usted, que lleva sus indicaciones a rajatabla”. No me ando con bromas. Lo que me dicen lo cumplo, quiero hacer mi parte. Estoy abierto a los planes del Señor, solo Él dirá qué va a ser de mí.

Desde hace treinta y cinco años vivo cada día como si fuese el último, y ahora con más motivo, la vivo como un regalo. Al mes de regresar a casa, bajé en el ascensor a la capilla y no conseguí subir el pequeño escaloncito de entrada a la sacristía. Ahora, cuando subo las escaleras me gozo con la bondad de Dios, que me ha permitido recuperarme como para llevar una vida apostólica intensa en mi ministerio diario.

Mi comunidad agustino-recoleta ha sido fundamental en la recuperación, sobre todo los primeros meses. Me acompañó con detalles fraternos que desbordaban mi corazón de gratitud. También muchos laicos, sobre todo feligreses, me han mostrado su cariño con plegarias y oraciones y me han ayudado a sentirme amado.

Cuando en 2024 celebré las bodas de oro sacerdotales, las muestras de cariño me emocionaron. Acompañar a un enfermo es una obra de misericordia que contará mucho en el examen final. Lo que haces al enfermo es como si lo hicieses al mismo Jesús; y es un enorme inventivo para que los cuidadores superen ese cansancio que, lógicamente, cargan. Y es vivir día a día esa relación con el que se siente vulnerable, física y emocionalmente, para ayudarle a llevar la cruz con docilidad a los designios del Padre.

Nosotros, los Agustinos Recoletos, tenemos en san Ezequiel Moreno un incentivo para ayudar a los enfermos de cáncer y a sus familias. Él es un modelo e intercesor que alivia la angustia del que escucha su diagnóstico como una sentencia de muerte. Elevar la enfermedad uniéndose a la cruz de Cristo da al enfermo un objetivo y un sentido a su dolor, que se convierte en redentor desde su propio calvario.

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