El Jubileo de los Coros 2025 es una de las celebraciones temáticas del Año Santo dedicada a reconocer la importancia de la música vocal en la historia cultural, litúrgica y artística de la Iglesia. Y tiene todo el sentido: la tradición musical cristiana es, ante todo, una tradición coral.
Esta tradición ha evolucionado desde la austeridad del canto gregoriano, que definió durante siglos la manera de orar cantando, hasta la revolución de la polifonía renacentista, donde Palestrina, Victoria o Morales (mi favorito de esta época) llevaron el contrapunto a una expresión de equilibrio, claridad y hondura espiritual sin precedentes.
Ha pasado también por las misas, pasiones o cantatas de Bach o los oratorios de Haendel del Barroco, en los que la palabra se convirtió en emoción sonora capaz de conmover a comunidades enteras.
Y ha llegado a los lenguajes contemporáneos de Arvo Pärt, Ola Gjeilo o Morten Lauridsen que han demostrado que la voz humana sigue siendo un instrumento privilegiado para expresar profundidad, fe y belleza.
La historia del canto en la Iglesia es, en esencia, la historia de cómo la humanidad ha confiado a sus voces lo que a veces no puede formular de otro modo.
En mi caso, la música coral no es solo un ámbito profesional: es una forma de entender la convivencia, la escucha y la construcción de vínculos significativos. He sido director del Coro San Agustín (coro de adultos del Colegio San Agustín de Valladolid) durante quince años, una etapa en la que descubrí que no hay dos voces iguales, pero sí infinitas maneras de hacerlas encajar.
Soy miembro de Alterum Cor desde 2010, en el que sigo cantando y sintiendo la música religiosa; y durante muchos cursos pertenecí al Coro Universitario de Valladolid, una experiencia que fue decisiva para mí no solo musicalmente, sino también en lo personal: allí conocí a Manuela, la que hoy es mi mujer.
Años después de aquel encuentro, nació nuestra primera hija: Coral, un nombre que para nosotros es un homenaje a lo que nos unió. Más tarde llegó Lira, cuyo nombre evoca uno de los instrumentos más antiguos asociados al acompañamiento de la voz humana desde la Antigua Grecia. Esas dos elecciones dicen mucho de lo que la música, y en especial la coral, significa en nuestra familia.
Sigo alimentándome de esa pasión cada vez que tengo oportunidad también desde el público. A veces en entornos más profesionales, como el Concurso Coral de Tolosa, y otras apoyando con entusiasmo las innumerables agrupaciones vocales que hay en nuestra ciudad y región.
Actualmente dirijo iPHARADiSi, un proyecto que reúne a más de setenta voces de entre 19 y 75 años. Es un espacio donde el objetivo no es solo cantar, sino sentir en comunión, construir algo que ninguno podría hacer solo. Cada ensayo, cada concierto, me recuerda que una masa coral es una sociedad en miniatura: diversas edades, diferentes experiencias, pero un propósito común que se construye respirando juntos.
En mi experiencia como profesor de música, siempre he sentido que el canto coral es uno de los actos más profundamente humanos que existen. Y también uno de los más democráticos: todos tenemos una voz dentro de nosotros. No hay que comprarla en una tienda, como un piano o una trompeta.
La voz es un instrumento musical que nos habita, que nace con nosotros. Y quizá por eso cantar no es solo emitir sonido; es exponerse, abrirse, dejar que algo íntimo se vuelva compartido. De ahí la vergüenza que les da a mis alumnos en un inicio, pero lo reconfortante que se siente una vez superan esa barrera y lo que disfrutan, sobre todo, cuando lo hacen en grupo.
Este modo de entender la vida colectiva dialoga profundamente con la espiritualidad de san Agustín, que supo ver en la interioridad, la búsqueda compartida y la comunidad caminos fundamentales para crecer.
Los Agustinos Recoletos, herederos de esa tradición, siempre han puesto en el centro la importancia de caminar juntos. Y un coro, en su versión más sencilla, es exactamente eso: voces distintas que no compiten, sino que construyen algo que las supera.
Por eso un Jubileo de los Coros y Corales no es solo una celebración musical, sino una invitación a valorar lo que sucede cuando varias voces se atreven a caminar juntas. Porque si algo he aprendido en todos estos años entre atriles, ensayos y conciertos es que cuando cantamos en coro, los corazones también aprenden a afinarse. Y esa experiencia humana, estética y profundamente comunitaria, merece ser celebrada.














