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Cuando el tiempo es habitado por Dios

El inicio de un nuevo año nos confronta con nuestra manera de vivir el tiempo. ¿Es solo repetición, progreso o espera vacía? Con san Agustín proponemos una mirada cristiana al tiempo como espacio habitado por Dios.
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Durante el tiempo de Navidad, vemos cómo la encarnación de Jesús transforma nuestra historia y abre el camino hacia la eternidad. Mientras, María, Madre de Dios y madre nuestra, nos acompaña al comienzo del año como signo de cuidado, esperanza y fe encarnada.

El comienzo de un nuevo año no es solo un cambio en el calendario. Es, ante todo, una experiencia profundamente humana del tiempo, que nos atraviesa interiormente y nos revela quiénes somos y hacia dónde orientamos la vida.

El tiempo no se vive de una única manera, y la forma en que lo experimentamos condiciona nuestra manera de vivir, de esperar y de relacionarnos con los demás.

Algunas personas viven el tiempo cíclico, como la agricultura: sembrar, esperar y cosechar, sabiendo que cada año recomienza todo, sin garantías ni acumulaciones. El pasado no asegura el futuro. Cada ciclo exige confiar de nuevo.

Otros viven un tiempo lineal, progreso continuo, crecimiento indefinido y superación constante. Es el tiempo del mundo moderno y del capitalismo: siempre producir más, avanzar más, escalar más. El presente está subordinado a lo que vendrá después.

Otros viven en un tiempo detenido: los días son iguales, repetición estéril, vacíos de sentido, sin horizonte ni esperanza. Son los excluidos, los descartados, quienes viven al margen de los ritmos sociales y económicos.

San Agustín y el tiempo

San Agustín ofrece una clave decisiva sobre lo que él llama “tiempo moral”, íntimamente unido a la acción y al destino de la persona. El tiempo humano es finito, hecho de cambio y muerte. Cada etapa muere para dar paso a la siguiente: la infancia, la adolescencia, la juventud. La vida es como una vida muriente o una muerte viviente (Confesiones 1,6,7).

Dios escapa a esta lógica: es la Vida en plenitud, sin desgaste ni caducidad. Y precisamente por eso, Dios se encarna, para enseñar a la humanidad a vivir el tiempo de otra manera. La Encarnación rompe la condena del tiempo-muerte y lo transforma en espacio de conversión, donde cada instante se orienta hacia Dios. Deja de ser una amenaza para convertirse en un tiempo-salvación.

En Jesús, Dios entra en nuestra historia, asume nuestra carne y nuestra temporalidad, y abre la posibilidad de una vida distinta: una vida orientada hacia la libertad interior y hacia la plenitud de la imagen de Dios que estamos llamados a ser. Dios no se impone desde fuera, sino que desciende hasta nuestra fragilidad para sanarla desde dentro.

El dinamismo profundo de la existencia ya no está determinado por el paso del tiempo, sino por el amor: “Mi amor es mi peso” (Confesiones 13,9,10). Aquello que amamos nos orienta y nos da dirección: no caminamos empujados por el tiempo, sino atraídos por un amor que nos eleva hacia lo eterno.

El cristianismo es, en sentido profundo, la religión del Dios encarnado: primero en Cristo y, por la acción del Espíritu, en cada persona: “somos templos del Espíritu de Dios”. Dios no solo pasó por la historia; permanece habitándola.

San Agustín comprendió la Encarnación de Jesús como el inicio concreto de la historia de la salvación. El Verbo hecho carne es la condición para que el ser humano participe del don inmerecido de la unión con Dios.

María, la que dio su consentimiento

Ayer, 1 de enero, celebramos a María, Madre de Dios. Es una afirmación central de la fe: Dios entró en el tiempo a través del consentimiento libre de una mujer, y su maternidad se extiende a todos aquellos en quienes Dios habita.

María es madre espiritual de todos los corazones donde Dios sigue haciéndose presente. El año cristiano comienza bajo el cuidado materno. Como dijo Agustín, “una mujer nos alumbró la vida” (Sermón 184), y los cristianos debemos imitarla dejando que la Palabra de Dios se encarne en nuestros actos y pensamientos.

Vivamos el tiempo de otro modo: como espacio donde Dios actúa, como historia habitada por su Espíritu y como camino que, aun atravesado por la fragilidad, permanece abierto a la eternidad.

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