Que la filosofía consiste en el amor a la sabiduría y, por ende, en la constante búsqueda de la verdad, es algo bien sabido. Con todo, antes de dedicarnos a la filosofía, quizá debamos considerar la naturaleza misma de la verdad. Esto es, hemos de cuestionarnos si la verdad es posible y, en caso de que podamos aceptar algún grado de verdad, hemos de elucidar de qué se trata y dónde descansa su validez.
Por supuesto, podemos aceptar que juicios como «me parece que hace frío» son ajenos a cualquier discusión, pues sobre lo que a mí me parece dentro del fuero de la subjetividad hay poco que discutir.
Ahora bien, cuando hablamos de la verdad parece que no nos basta con ese tipo de juicios sobre impresiones subjetivas cambiantes, tan sujetas a circunstancias mutables. El frío que me parece que hace puede, bien pronto, cambiar, y entonces paso a percibir calor. Además, mi percepción sensible no es siempre infalible en cuanto a la objetividad del mundo se refiere. Con ello, podemos entender que el tipo de verdad que buscamos no es esa.
Algo semejante expresa san Agustín en su Contra Academicos. No obstante, me interesa reflexionar sobre el argumento que aparece en De Libero Arbitrio acerca de la verdad. Se encuentra en el libro II, y abarca aproximadamente los capítulos VII-XV. En estos pocos párrafos encontramos una de las discusiones acerca de la verdad más fascinantes —y, curiosamente, menos comentadas— de la historia de la filosofía.
Comienza el santo Obispo de Hipona mostrando que la verdad buscada cuando se persigue la sabiduría es tal que todo quien se encuentre en la verdad puede observarla al mismo tiempo y del mismo modo.
Es evidente que nos encontramos aquí con una noción de verdad que trasciende la información que los sentidos pueden darnos, pues san Agustín se refiere a una verdad eterna y necesaria.
El ejemplo de una verdad así lo encuentra nuestro autor en la aritmética. Mientras que mis sensaciones corporales cambian constantemente, puedo encontrar una seguridad absoluta en un juicio como «tres más siete es igual a diez».
Esta verdad no la puede derribar el escéptico, no depende del sujeto que la piensa —pues ofrece un criterio normativo claro, ya que sabemos que el juicio «tres más siete es igual a once» es erróneo— y tampoco de los sentidos, pues la relación aritmética es captada por la mente de forma directa.
Además, y a diferencia de la sensación corporal, esta verdad es incorruptible. Encontramos, pues, que el modelo ideal de verdad para san Agustín pasa por la matemática, como ya habría pensado Platón.
¿Cómo puede descubrir y comprender la mente humana estas verdades eternas y necesarias? Demostrado ya que su fundamento no puede encontrarse en los sentidos, cabe preguntar si acaso se sostienen sobre la propia mente humana. Y san Agustín responde claramente: no.
Señala el santo que la verdad es «más sublime que nuestro espíritu y que nuestra razón» (De Lib. Arbitr. II, 13, 35), precisamente porque también nuestro entendimiento es cambiante, mientras que las verdades de la aritmética permanecen eternas e inmutables.
Diríamos, entonces, que solamente un entendimiento eterno e inmutable puede ser el fundamento de estas verdades que el hombre capta, aunque no siempre de modo infalible, mediante su propia razón.
Esta mente capaz de concebir las razones matemáticas ha de ser tan eterna como ellas, y con ello queda claro que, para san Agustín, la posibilidad de la verdad exige la existencia de Dios, cuya mente no es solo soporte ontológico de la verdad, sino idéntica a ella.
Así comprendemos que cada vez que el hombre halla la verdad está encontrando, estrictamente, algo superior a sí mismo con lo que está, empero, estrechamente unido.
Precisar en qué consiste esta unión nos conduciría más allá de los límites de este texto, pues no son pocas las interpretaciones que los agustinólogos han realizado sobre esta doctrina. En cualquier caso, podemos dar algunas notas esenciales acerca del modo en que lo explica el Obispo de Hipona.
En su comentario al Salmo 118 (Serm. 18, 4) escribe: «Dios hizo también la mente racional e intelectual del hombre, por la que pudiera percibir su luz». Nos encontramos, aquí, ante la agustiniana doctrina de la iluminación. Del mismo modo que el sol ilumina los objetos de la vista, la iluminación divina aclara los del entendimiento.
Es importante señalar que no significa esto que el entendimiento humano contemple, por esa iluminación, la idea misma tal y como se encuentra en la mente de Dios, y tampoco que Dios infunda ideas directamente en la mente humana.
Tampoco la luz del sol crea imágenes de los objetos; solamente los hace visibles. Entonces, la iluminación no infunde en nosotros los conceptos «tres» y «siete», sino que nos permite ver que la relación que los une cuando sumamos es eterna y necesaria.
Como conclusión podemos afirmar que, sin poder tener experiencia directa de la esencia divina en esta vida, sí que distinguimos las relaciones necesarias, inmutables y eternas entre los conceptos de los juicios verdaderos.
Y esto no puede proceder ni de nuestros sentidos ni de nuestras proyecciones mentales, sino de una fuente eterna. Hemos de contar, pues, con la relación de nuestra alma con Dios ya para explicar algo tan elemental, pero tan fascinante, como el hallazgo de la verdad aritmética, innegable en la experiencia del ejercicio de nuestra razón natural, lo que evidencia el fondo teológico de la epistemología.
Y esa luz, distinta del entendimiento mismo –contra algunas interpretaciones tomistas–, hace posible el encuentro con la verdad dentro de las fragilidades del intelecto de la criatura. Parece que solamente así puede saciarse esa búsqueda que tan concisamente formuló san Agustín en sus Soliloquia (II, 7):
A: He rogado a Dios.
R.: ¿Qué quieres, pues, saber?
A.: Todo cuanto he pedido.
R.: Resúmelo brevemente.
A.: Quiero conocer a Dios y al alma.
R.: ¿Nada más?
A.: Nada más.








