Skip to content Skip to sidebar Skip to footer

“Aquí no se puede vivir de apariencias, rutinas cómodas ni esquemas importados”

Juan José Guzmán (Santa María Transpontina, Jalisco, México, 1976) es misionero agustino recoleto en Tapauá (Amazonas, Brasil). En este año misionero y centenario de la misión de Lábrea, cuenta su experiencia y los desafíos que ha enfrentado.
Juan José Guzmán, misionero agustino recoleto.

Cuando llegué a Tapauá, experimenté una sensación que mezclaba ilusión y miedo. Sabía que venía a una tierra hermosa, pero también exigente. Ser misionero aquí, en el corazón de la Amazonia, es una gracia grande, pero también implica retos muy concretos: humanos, pastorales y espirituales.

Ciertamente, la misión suscita en la mente imágenes de las grandes proezas e historias que muchos de mis hermanos agustinos recoletos han hecho a lo largo de nuestra historia. Sin embargo, la vida de misión en Tapauá desafía a la ilusión y a la fantasía de lo que nos cuentan y vemos en los documentales y en las películas.

Yo diría que, más bien, nos confronta con la verdad más profunda de la vida consagrada: aquí no se puede vivir de apariencias, rutinas cómodas ni esquemas importados. Todo exige autenticidad, despojo, capacidad de adaptación y una fe encarnada.

Son varios los desafíos para la vida consagrada y comunitaria. La distancia geográfica se convierte fácilmente en afectiva y espiritual. No hay carreteras ni caminos que conecten esto con el mundo. Los viajes son largos y siempre por río. Estamos sujetos a un clima caliente de mucha lluvia, mucho sol y tempestades, a enfermedades tropicales y peligros por el camino.

Vivir aquí exige mucha paciencia y la capacidad de esperar y aprender a vivir sin inmediatez. Pero también te da la alegría y sensación de vivir en un lugar fascinante y desconocido para la mayoría.

Estar lejos de las otras comunidades, de la familia y los amigos exige una vida interior sólida y una comunidad que no sea solo funcional, sino fraterna de verdad. Aquí se prueba si somos hermanos o solo compañeros de misión.

En mi experiencia fue un reto marcante la lengua. Muchas veces crea una barrera que dificulta entrar en la forma de entender la vida y, sobre todo, en el corazón de la gente. Por también es muy gratificante superar esa barrera y comunicarse con gente que uno nunca imaginaria que alguna vez iría a conversar.

Hay desafíos para la evangelización. En la zona urbana se siente y se respira una competición constante para reclutar católicos por parte de los neopentecostales. Hay mucha presión y quieren el control de todas las áreas y de los puestos políticos, hacen un enorme lobby. En las comunidades rurales, la falta de presencia de la Iglesia se recrudece porque el analfabetismo impide formar lideres, catequistas o ministros suficientes.

En ambos casos, ciudad y comunidades ribereñas, es difícil transmitir la identidad católica y se pierden fieles. Pero es una alegría y es muy satisfactorio compartir la fe con tantas personas que viven su amor a la Iglesia con sencillez y esperanza.

Además, hay grandes problemas sociales: desigualdad, embarazos precoces, drogas, prostitución, abuso infantil, desforestación, minería ilegal. Experimentamos el asedio de la agroindustria y la minería. Ante el descaso de las autoridades, la Iglesia muestra su posición para evitar el avance de la deforestación y la contaminación de la minería.

Ante estas realidades, a veces no hay respuestas precisas, ni soluciones inmediatas, pero como Iglesia aportamos, mediante la formación de las conciencias y el apoyo a los padres de familia y a los alumnos del Centro Esperanza, caminos para revertir todo lo que desestructura las familias y la sociedad.

Esta misión puede superar todas las expectativas humanas. No ha sido fácil. El cansancio, la distancia de la familia, la soledad y las limitaciones personales pesan. Los problemas sociales y las diferencias culturales nos desafían. Pero, en medio de todo, no he perdido la alegría de servir.

Yo he descubierto que Dios camina con nosotros y la misión me ha enseñado a vivir con poco y a confiar más en la Providencia. Tapauá me ha enseñado que la riqueza verdadera está en la comunidad. Esto no solo es un lugar de misión, sino una escuela de fe. Aquí he aprendido que el misionero no viene a traer a Dios, porque Dios ya está en el pueblo. Venimos a reconocerlo, a acompañarlo y a dejarnos evangelizar.

Ser misionero en Tapauá es enfrentarse con una realidad emocionante y transformadora. Es comprender que nada se mide por resultados, sino por la fidelidad diaria, por el amor concreto y por la esperanza sembrada, aun cuando no veamos los frutos.

Ser misionero en Tapauá es aprender cada día que la misión no es hacer muchas cosas, sino amar, permanecer y caminar con el pueblo. Es una escuela de humildad, entrega y confianza en Dios, y el misionero también es evangelizado.

Compartir:

Únete a nuestra newsletter