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“Una oportunidad para impulsarnos en nuestro ahora, volviendo a la llama inicial de nuestro carisma de modo que la misión sea el alma de nuestra vida”

Con el agustino recoleto José Manuel Romero (Madrid, España, 1972), especialista en Misionología, nos adentramos hoy y mañana en la celebración del Año Misionero Agustino Recoleto 2026, bajo el lema “Anunciad a Cristo donde podáis”. Parte 1.
Año Misionero Agustino Recoleto 2026.

El Año Misionero Agustino Recoleto 2026 se abre en un momento singular de la vida de la Iglesia. Venimos de concluir el Jubileo, un tiempo de gracia que nos ha recordado que la Iglesia solo se renueva cuando vuelve a la fuente viva del Evangelio.

Y lo hacemos bajo la guía del Papa León XIV, primer Papa agustino, cuya sensibilidad espiritual y misionera resuena profundamente con nuestro carisma agustino recoleto. Él, junto al colegio de cardenales, ha querido que el reciente consistorio extraordinario se centrase en dos grandes ejes: la Evangelii Gaudium, que sigue siendo el texto programático de la misión en el mundo actual, y el camino sinodal que la Iglesia entera está recorriendo.

Concluido el Jubileo, el Papa León nos ha invitado a volver la mirada al Concilio Vaticano II, fuente viva de la renovación teológica, pastoral y misionera de la Iglesia postconciliar, e impulso de la conciencia de la Iglesia como Pueblo de Dios que camina unido, guiado por el Espíritu, en medio del mundo como signo e instrumento de la presencia salvadora del Resucitado.

Volver a esa fuente es imprescindible, porque sus riquezas aún no han producido en nosotros todos los frutos de renovación y revitalización que la Iglesia necesita hoy.

En nuestro propio contexto agustino recoleto, este Año Misionero se sitúa también en continuidad con la conmemoración del centenario de nuestras misiones de Shangqiu (Henan, China) y Lábrea (Amazonas, Brasil), que nos redescubren la fuerza de nuestro carisma misionero encarnado en diversas realidades eclesiales pasadas y recientes, y que nos sirven de preámbulo para este año misionero de nuestra Orden.

¿Qué significa este Año Misionero?

En este contexto eclesial y de Orden tan fecundo, el Año Misionero se convierte en una oportunidad para dejarnos impulsar en el presente de nuestro ahora, volviendo a la llama inicial de nuestro carisma, como modo en el que los agustinos recoletos vivimos y enriquecemos la realidad eclesial a la que pertenecemos, de modo que la misión cristiana, vivida desde nuestro carisma, sea el alma de nuestra vida personal, comunitaria y apostólica-misional.

En palabras del prior general, quien ha convocado este año propuesto por el Capítulo General, “este año no es simplemente un tiempo temático, sino una llamada a la conversión misionera, a encender de nuevo el fuego del amor que impulsa a salir, a ir más allá de nuestras fronteras geográficas, culturales y espirituales.” (Prot. CG 134/2025)

No se trata, por tanto, de un año temático ni de un calendario lleno de actividades, sino de una llamada profunda a la conversión misionera, a dejar que Cristo vuelva a encender en nosotros el fuego del primer amor y a permitir que el Espíritu Santo nos conduzca por caminos de renovación interior, comunitaria y apostólica.

Es, por tanto, un camino de santidad personal y comunitaria, que renueva asimismo la santa misión evangelizadora de la Iglesia ejercida por la Orden en sus diversos ministerios. Como remarcaba el prior general:

“La santidad y la misión no son caminos paralelos, sino una misma senda que conduce al corazón de Dios. La santidad sin misión corre el riesgo de volverse intimista; la misión sin santidad es un cuerpo sin alma. El santo es el misionero que ama hasta el extremo, y el misionero es el santo que no puede callar el amor que le habita. (…) La santidad no es una huida del mundo, sino la forma más alta de presencia: el alma en misión es la Iglesia en salida”. (Prot. CG 134/2025)

El camino sinodal de revitalización misionera es un camino de santificación personal en comunidad y de santificación comunitaria, que es instrumento de santificación para sus miembros y para el mundo al que sirve desde el Evangelio.

Podríamos volver nuestra mirada al misterio de la Comunión de los Santos, como el modelo de Iglesia Evangelizadora que Jesús desea profundamente. Antes de su Pascua, Cristo pide al Padre, como fruto de su misión, la Comunión profunda y real, mística y encarnada de todos los creyentes en Cristo que constituyen la Iglesia como comunión de los santos. Comunión de aquellos que son santificados en la Verdad y en al Amor por el Espíritu Santo por su fe en Cristo, y así son guardados del Maligno y del Mundo.

La Iglesia, constituida como comunión de los santos, a imagen de la Santísima Trinidad, es enviada al mundo para que el mundo crea en Cristo por el testimonio de su Santidad y de su Unidad Católica.

Comunión, santidad y misión forman una tríada inseparable en la mente y deseo del Señor. No hay verdadera comunión de almas y corazones sino en la Santidad, ni hay santidad verdadera que no nazca de la comunión y produzca comunión, el fruto de la misión es abrir y expandir aquella comunión atrayendo a todos los hombres a la comunión santa de la Iglesia, y la eficacia de esta misión para la salvación del mundo, depende del grado en que somos y vivimos en medio del mundo como Comunión de los Santos, reflejando la vida íntima de Dios en el misterio de sus Santísima Trinidad.

¿Cómo vivir este Año Misionero?

Vivir este Año Misionero siguiendo el itinerario propuesto significa asumir un camino espiritual y comunitario que no nace de una necesidad organizativa ni de una moda pasajera, sino de una convicción profundamente evangélica: la misión solo permanece viva cuando es discernida, compartida y alimentada por el Espíritu.

Este proceso se sitúa en plena comunión con el camino sinodal de la Iglesia y con el Documento Final del Sínodo sobre la Sinodalidad, que nos invita a ser una Iglesia más participativa, corresponsable y misionera. Por eso, vivir este año es entrar en sintonía con lo que el Espíritu está diciendo hoy a toda la Iglesia.

En el itinerario sinodal misionero para este año se nos ofrece un modo concreto de vivir este año. En su conjunto, nos invita a redescubrir quiénes somos, cómo caminamos y hacia dónde nos envía el Señor.

Nos llama a volver al corazón de nuestro carisma, para reconocer que la misión nace del encuentro con Cristo y se verifica cuando entregamos lo que hemos recibido. Nos impulsa a cuidar la comunión y la escucha, porque la misión solo es creíble cuando brota de comunidades fraternas que caminan juntas y ejercen la autoridad como servicio.

Nos anima a discernir nuestras presencias y prioridades, recordándonos que la misión no consiste en mantener estructuras, sino en responder al envío de Cristo en diálogo con la realidad y con el Pueblo de Dios. Finalmente, nos invita a cuidar la vida personal, comunitaria e institucional, porque la misión exige madurez, sobriedad, libertad interior y una conversión que atraviesa personas y estructuras.

Por tanto, la dinámica celebrativa de este año se centra en el proceso sinodal con el volver al carisma, caminar en fraternidad, discernir la misión y cuidar la vida, para que todo lo que somos y hacemos pueda transparentar a Cristo y anunciarlo allí donde la vida nos coloca. El modo de afrontar estos aspectos es desde tres actitudes fundamentales que los documentos del itinerario sinodal subrayan con insistencia: escuchar, discernir y convertirnos. Como nos recordó el prior general:

“No buscamos elaborar documentos teóricos ni multiplicar actividades. Queremos vivir un camino real de escucha, discernimiento y conversión misionera, partiendo de la vida concreta de nuestras comunidades, presencias apostólicas y obras. La misión no se decide solo en los planes y en las estructuras; se decide en el corazón y se verifica en el servicio”. (Prot. CG 20/2026)

Escuchar significa abrir el corazón a la Palabra, a la realidad, a la comunidad, a los pobres y a la voz interior donde el Espíritu habla con suavidad y firmeza. Escuchar significa vivir desde la Fe y la fidelidad, significa ser fiel al estilo del que nos envía como sus mensajeros, fidelidad a su mensaje y fidelidad a la realidad concreta de las personas y culturas a las que somos enviados, para que el mensaje evangélico sea significativo y llegue como Buena Nueva en la realidad concreta de sus vidas.

De este modo vivimos la dinámica encarnacional de la misión, que nos invita a entrar en la realidad concreta de las personas, a escuchar y comprender sus lenguajes, sus heridas, sus búsquedas, sus culturas, sabiendo que el Evangelio solo puede anunciarse desde dentro. Como recuerda el prior general: “Ese clamor humano es también un envío divino. La misión nace del dolor del mundo y de la compasión de Dios. Ser misioneros hoy es permanecer junto a las periferias, no solo geográficas, sino existenciales: allí donde el hombre pierde el sentido, donde la fe se apaga, donde la esperanza parece imposible”. (Prot. CG 134/2025)

Discernir significa preguntarnos qué quiere Dios de nosotros hoy, qué caminos debemos recorrer, qué presencias debemos sostener, qué estructuras debemos transformar y qué invitaciones del Espíritu estamos llamados a acoger con valentía.

Discernir significa vivir desde la esperanza, con la mirada puesta en el fin de la evangelización y en la gracia del Espíritu Santo que nos sostiene y nos permite discernir y juzgar con confianza, sin parálisis ni miedos, los pasos y medios para vivir mejor la dinámica evangélica de la misión, con mayor sentido y fruto, con un anuncio explícito y renovado de Cristo, que toca los corazones y transforma las conciencias.

Convertirnos significa dejar que el Evangelio toque nuestras resistencias, cure nuestras rutinas, purifique nuestros miedos y nos devuelva la libertad de los hijos de Dios para amar, servir y anunciar. Convertirnos significa vivir desde la Caridad, saliendo de la trampa de nosotros mismos, poniendo nuestro centro y peso en el Amor de Dios recibido y entregado a otros en la misión.

Significa vivir la dinámica pascual de la misión, donde el Espíritu renueva la Iglesia liberándola de todo lo que oscurece su identidad para así llevar como fruto de la misión la transformación radical de los que son evangelizados en un paso Pascual de muerte espiritual a Vida de Gracia.

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