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Alonso Muñoz, el recoleto que dio su vida antes de llegar a su misión

Medio centenar de agustinos recoletos dieron su vida en las misiones en Filipinas a causa de las incursiones de piratas que llegaban a las poblaciones cristianas en busca de rehenes con los que conseguir dinero, personas que esclavizar y bienes que saquear.
Alonso de San José (1776-1808), mártir agustino recoleto.

En la localidad alcarreña de Renera (Guadalajara, España), nació el 21 de enero de 1776 Alonso Muñoz, que con 15 años ingresó en el noviciado de Alcalá de Henares (Madrid), donde profesó como agustino recoleto en 1792.

De allí pasó a Valladolid para realizar sus estudios filosóficos, pero en seguida se ofrece voluntario para las misiones en Filipinas, por lo que continúa estos estudios durante el mismo viaje, como era costumbre en la época, aprovechando así el largo tiempo de desplazamiento por dos océanos y tres continentes.

Formó parte de la misión XXVI de los Agustinos Recoletos hacia Filipinas, que salió de Puerto de Santa María (Cádiz) el 16 de diciembre de 1792. Tras llegar a Veracruz, en la costa atlántica de México, cruza el país con parada en el Hospicio de San Nicolás de Tolentino de Ciudad de México, hasta el puerto de Acapulco en el Pacífico, donde toma el Galeón de Manila, en este caso la fragata San Fernando.

El 15 de junio de 1795, tras dos años y medio de viaje, llega a Filipinas. En Manila termina sus estudios hacia 1799 y recibe la ordenación sacerdotal, para iniciar así su vida apostólica misionera.

En Siquijor, en las islas Visayas, tiene su primer destino como vicario parroquial, al tiempo que aprende el dialecto local. Destaca tanto por su empeño en el aprendizaje como en el servicio al Pueblo de Dios. Es trasladado sucesivamente a Loon, en Bohol, y después, en 1803 y ya como prior, a Romblón.

En 1808 vuelve a ofrecerse voluntario, esta vez para atender Banton, una de las misiones más pobres, aisladas y expuestas a las incursiones violentas de la piratería. Los superiores acceden a su petición y él toma un pontín, una embarcación tradicional local de cabotaje, para dirigirse a Banton.

Antes de llegar a Cápiz, el barco es apresado por los piratas con gran violencia. Según la noticia que el vicario provincial de Mindoro comunica al prior provincial el 13 de octubre de 1808, Alonso recibe “en su cuerpo tan fuerte golpe de campilán, que le partieron un brazo y medio cuerpo. Se ignora el día de su fallecimiento”.

Alonso sabía que iba a un lugar difícil para su ministerio: pobre, aislado y expuesto. Los piratas del sur del Archipiélago eran especialmente crueles y violentos con las poblaciones cristianas y con los misioneros, dado que profesaban el islam.

Es larga la lista de misioneros agustinos recoletos asesinados por estos grupos armados de Mindanao y Joló, que realizaban incursiones para saquear y capturar prisioneros con la intención de hacerlos esclavos o pedir rescates.

Entre los siglos XVII y XVIII fueron 43 los recoletos asesinados en estas incursiones de la piratería y aunque en el siglo XIX disminuyó el número de víctimas, Alonso fue asesinado por esta causa. Al final de ese siglo XIX la revolución filipina se llevaría las vidas de otra treintena, pero por causas diferentes. Son el precio, en sangre, de la historia de la evangelización de Filipinas por parte de los Agustinos Recoletos.

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