La carta 14 a Nebrídio es una de las más tempranas de san Agustín, escrita en torno al año 386 o 387, desde el retiro de Casiciaco, cuando aún no era sacerdote. Acaba de abandonar el maniqueísmo y no ha desarrollado una teología cristiana madura y, filosóficamente, es un neoplatónico recién cristianizado.
En Casiciaco, cerca de Milán, Agustín vivía retirado en una comunidad filosófica junto a su amigo Alipio, su hijo Adeodato, su madre Mónica y otros amigos. Nebrídio vivía probablemente en torno a Cartago, en el norte de África.
Cuando Agustín volvió a África, Nebrídio se unió a la comunidad agustiniana, pero murió joven, en torno al año 391, siendo ya los dos sacerdotes. Habían sido amigos íntimos desde la juventud. Nebrídio era brillante, exigente, escéptico, un filósofo riguroso, hasta el punto de que Agustín lo consideró siempre principal interlocutor filosófico de su vida.
La Carta 14 responde a una discusión previa, quizá iniciada por Nebrídio en una carta anterior hoy desaparecida. Agustín, recién convertido, reformula sus posiciones y eso motiva este diálogo íntimo, respetuoso, pero intelectualmente exigente y no definitivo. Usa más categorías neoplatónicas que bíblicas, pero pone la filosofía al servicio de su fe. En este sentido, Agustín piensa ahora “contra su pasado”.
El Agustín que escribe la carta aún no tiene ninguna responsabilidad eclesial o doctrinal. Está en auge su método del diálogo y la escucha activa y el cristianismo transforma y reordena sus ideas, para lo cual se vale de esta amistad intelectual con Nebrídio que, por cierto, era rara en esta época del tardoimperio.
Este texto está editado y actualizado y no es una cita literal de la carta.
He preferido responder ahora tu última carta no porque ignore o me gusten menos las anteriores, sino porque responderte me cuesta más de lo que crees. Me pides que cada vez que escriba más largo, pero ni tengo tanto tiempo libre como crees tú ni como me gustaría a mí, por motivos que no vienen a cuento ahora.
Te preguntas por qué tú y yo, siendo únicos, hacemos tantas cosas igual, y pones de ejemplo que el sol no hace como las demás estrellas. Pero si nosotros hacemos lo mismo, en realidad el sol también hace cosas similares a las otras estrellas. Yo camino y tú caminas: él se mueve y ellas se mueven; yo estoy despierto y tú también: él brilla y ellas también; yo discuto y tú discutes: él gira y las otras estrellas giran.
Dos cuerpos celestes nunca coinciden exactamente en la misma acción. Y cuando nosotros paseamos juntos, tampoco coincidimos del todo: uno se adelanta, ajustamos nuestros ritmos constantemente, sin que se note.
Podrías aducir que esas diferencias tan evidentes entre el sol y las estrellas lo son menos entre nosotros y solo se observan con el pensamiento. Pero nuestros sentidos nos hacen también percibirlas. Por muy pegados que vayamos, aunque pisemos las mismas baldosas, ni nuestro movimiento, ni el latido del corazón, ni la figura o el rostro son iguales. Y aunque en vez de tú y yo fueran dos gemelos idénticos, cada uno también se movería con singularidad.
Y si te sorprende que ninguna estrella ilumine el día como lo hace el sol, dime: ¿ha habido entre los hombres alguien tan grande como aquel hombre a quien Dios asumió, tan diferente de todos los santos y sabios?
Si lo comparas con los demás, está más lejos de él cualquier persona que las estrellas en comparación con el sol. Me preguntas si esa suprema verdad, suprema sabiduría, por quien todo fue creado y a quien llamamos Hijo de Dios, contiene una idea universal del ser humano, aplicable a cada uno de nosotros. ¡Gran pregunta!
Yo creo que para crear al ser humano bastaba con la idea general de ser humano, y no se necesitaban la tuya o la mía. Pero a lo largo de la historia existen diferentes formas de ser humano. Es un tema complicado, no encuentro un ejemplo claro para explicarlo, a menos que recurramos a las artes que llevamos en el espíritu.
En geometría, por ejemplo, hay una sola idea de ángulo o de cuadrado. Cuando pienso en ángulos, solo recurro a esa idea de ángulo, y no podría mencionar el cuadrado sin pensar en esa idea de cuatro ángulos.
Cada ser humano fue creado según esa idea; y si hablamos de sociedad, usamos una sola idea, no la del ser humano único, sino la de seres humanos que conviven. Si tú eres una parte del universo, y todo el universo se compone de partes, Dios, Creador del Universo, no pudo prescindir nunca de esa idea de las partes de un todo.
Por eso, aunque en Cristo resida la idea de la humanidad, esto no afecta a cada individuo; en Él, de una manera maravillosa, todas las cosas se reducen a la unidad.
Ya meditarás tú todo esto con más calma. Te ruego que, por ahora, te contentes con esto.








