Isabel Escartín comenzó en la Pastoral Penitenciaria como voluntaria cuando participaba en la Parroquia de Santa Mónica de los Agustinos Recoletos en Zaragoza (Aragón, España). Decidió brindar su tiempo y su corazón a acompañar a quienes viven privados de libertad.
Con los años, este compromiso le ha llevado a ser la delegada de Pastoral Penitenciaria de la Diócesis de Zaragoza durante más de diez años, una misión que ha transformado su mirada y su vida.
El Jubileo Peregrinos de Esperanza 2025 recuerda que la misericordia de Dios no conoce muros ni rejas. A través de la Pastoral Penitenciaria, la Iglesia se hace presente en un espacio donde la esperanza nunca debe apagarse, llevando luz y reconciliación.
Este tiempo de gracia jubilar es una oportunidad para mirar con ojos nuevos a estos hermanos nuestros que sufren privación de libertad por malas decisiones en su pasado, a tender puentes con ellos y a creer que es posible para todos, con apoyo y acompañamiento, un nuevo comienzo lleno de esperanza.
¿Por qué te uniste y qué has hecho como agente de pastoral penitenciaria?
Mi primer contacto con el mundo penitenciario fue por motivos laborales: trabajé como enfermera sustituta en el Centro Penitenciario de Torrero, en Zaragoza. En aquel momento lo viví como una experiencia más, similar a la atención en hospitales o en lugares donde fui como voluntaria, como el Congo o Calcuta. No era algo extraordinario, sino atender a personas con necesidades de salud, como cualquier otra.
Años después, al pasar por la Parroquia de Santa Mónica, vi un cartel que anunciaba una reunión sobre la realidad de las cárceles. Entré, participé y, como suelo ser muy activa, alguien me invitó a asistir al día siguiente a una reunión en el Gobierno de Aragón.
Allí se debatía sobre la situación de los presos mayores de 75 años y de las personas con enfermedad mental. Algo debí aportar, porque me señalaron y me pidieron trabajar con la salud mental en las cárceles de Aragón. Mi respuesta fue sincera:
— “Soy matrona, puedo atender partos, pero de salud mental no sé nada”.
Y me contestaron:
— “Ya te apañarás”.
Y así fue. Poco después, junto al doctor José María Civeira, psiquiatra sabio y generoso, y a un responsable de Pastoral Penitenciaria, nos sentamos en un parque de Madrid para diseñar un curso de salud mental para centros penitenciarios. Corría el año 2000.
Ese curso sigue impartiéndose en centros penitenciarios de Aragón y de otros lugares de España. Desde entonces, nuestra labor ha consistido en acompañar, formar y sembrar esperanza en quienes más lo necesitan.
Especialmente destacaría el programa que durante todos estos años se ha llevado a cabo desde la Parroquia de Santa Mónica para visitar a los internos hospitalizados en el área penitenciaria del Hospital Miguel Servet.
Esta experiencia con el mundo penitenciario, ¿qué ha significado para ti?
Esta experiencia ha marcado profundamente mi vida. Estoy convencida de que las cárceles son el lugar donde Dios me quería. Sin Jesucristo y sin el Evangelio, mi vida carecería de sentido y sería muy distinta… Sinceramente, no me gusta lo que veo cuando imagino mi vida sin Él. El Evangelio ha sido la luz que ha guiado cada paso en este camino.
El Jubileo de la Esperanza es, precisamente, eso: una invitación a sembrar esperanza. Para las personas privadas de libertad significa abrirles la posibilidad de un futuro mejor en este mundo y, sobre todo, la certeza de un “después” en Cristo.
Para quienes acompañamos a los privados de libertad, es un recordatorio de que nuestra misión diaria consiste en ofrecerles esa esperanza, tanto humana como espiritual. Estamos en ello.
Mi mirada hacia la prisión no ha cambiado demasiado en todos estos años de entrega en las cárceles. Las personas que están allí han delinquido, como todos hemos pecado, y necesitan restituir y sanar. Aunque la prisión sea muy mal vista por quienes la sufren, creo que puede ser un espacio sanador: muchos allí se encuentran con Dios y consigo mismos. Esto lo he visto con mis propios ojos y lo creo firmemente.
Del Jubileo no espero grandes cambios visibles, pero confío en que Dios conceda la gracia de la conversión y la esperanza, tanto a los internos como a quienes los acompañamos, y que esta luz alcance también al mundo entero.






