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Así han sido los 116 misioneros recoletos en los cien años de historia en Lábrea

Hasta 116 misioneros agustinos recoletos han compartido vida y misión en algún momento de su vida en la Prelatura de Lábrea (Amazonas, Brasil) durante los cien años de historia conjunta de esta familia religiosa con los pueblos amazónicos. Un álbum los recuerda.
Álbum de los misioneros agustinos recoletos en la Prelatura de Lábrea 1925-2025.

Dentro del centenario de la presencia de los Agustinos Recoletos en la Amazonia (1926-2026), publicamos hoy en la sección de documentos de la web un pequeño álbum conmemorativo con las fotografías de los 116 religiosos agustinos recoletos que en algún momento de la historia han vivido su vocación religiosa y misionera en alguno de los cuatro municipios (Lábrea, Canutama, Pauiní o Tapauá) de la Prelatura.

A día de hoy 10 religiosos agustinos recoletos viven en las tres comunidades de la misión, a los que sumamos el obispo actual y el obispo emérito, que también trabajan en la misión y son recoletos. De los 104 restantes, la mitad ya han fallecido, otros desarrollan su ministerio en otras comunidades, dos son obispos recoletos en otras diócesis amazónicas (Rio Branco en Acre y Tucumã en Pará) y en torno a una veintena dejaron la Orden y y sus vidas tomaron otros rumbos.

El misionero promedio llegó a Lábrea cuando tenía 33 años y pasó ocho años y medio en la misión; pero es una imagen un tanto distorsionada, dado que las diferencias entre los 116 han sido grandes, tanto en procedencia, como en edad, como en número de años que han servido en la misión.

Hasta diez nacionalidades han tenido los misioneros recoletos en la Prelatura de Lábrea. El grupo más abundante han sido los españoles (60 misioneros, casi el 52% del total). Sin embargo, y aunque representan la mitad, en los próximos años la previsión es que su porcentaje solo vaya disminuyendo.

De hecho, hasta 1990 tres de cada cuatro nuevos misioneros que llegaban a Lábrea eran españoles; desde ese año y hasta 2019, han sido uno de cada tres; y en lo que llevamos de década, han sido cero de seis. Hasta 1990, de los 60 nuevos misioneros 44 fueron españoles (73,33%) y el resto brasileños o mexicanos (y solo un estadounidense).

Desde 1990 aumenta considerablemente el número de nacionalidades de los misioneros; desde entonces menos del 30% proceden de España y aparecen en la lista Escocia, Filipinas, Costa Rica, Inglaterra, Honduras y El Salvador.

A lo largo del siglo de vida de la misión, a los misioneros españoles les siguen los brasileños (22, casi el 19%), mexicanos (14, 12%), filipinos (9, 7,75%), costarricenses (6, 5%) y tan solo uno (0,86%) por cada uno de estos países (por orden de llegada): Estados Unidos, Escocia, Inglaterra, Honduras y El Salvador.

Casi todas las Provincias de la Orden de Agustinos Recoletos han aportado misioneros. Por un lado, esta misión ha ido cambiando de Provincia encargada de gestionarla; comenzó Santo Tomás de Villanueva (que aportó 23 religiosos, casi el 20%), siguió Santa Rita (con 18 misioneros, 15%) y desde 1980 es San Nicolás de Tolentino (que ha aportado 64, el 55%), que ya venía aportando misioneros voluntarios desde 1966.

Y es que en diversas épocas llegaron misioneros de otras Provincias a modo de voluntarios. Destaca el acuerdo que durante lustros mantuvieron las Provincias de San Nicolás de Tolentino y de San Ezequiel Moreno para compartir personal en sus terrenos de misión. Hasta nueve miembros de la provincia filipina (7,75%), uno de la Candelaria (que además llegó a ser obispo) y uno de San Agustín, estadounidense, fueron a Lábrea.

De los 116 misioneros, 110 son sacerdotes y seis religiosos hermanos. Uno de estos es hoy el único religioso hermano prior de una comunidad en la Orden, y además ha sido el misionero que con mayor edad ha llegado a Lábrea: Alfonso Lázaro, inició su ministerio misionero en Pauiní con 66 años.

La Prelatura ha estado dirigida en este tiempo por ocho prelados, cinco de ellos obispos, siete españoles y un estadounidense: Marcelo Calvo (1926 a 1929), Ignacio Martínez (1930-1942), Francisco Martínez (1942-1944), monseñor José Álvarez (1944-1967), monseñor Mário Roberto Emmett Anglim (redentorista, obispo de Coarí y administrador de Lábrea 1967-1971), monseñor Florentino Zabalza (1971-1994, monseñor Jesús Moraza (1994-2016) y monseñor Santiago Sánchez (2016 hasta hoy).

Si dividimos este siglo de presencia de los Agustinos Recoletos en el valle del Purús en décadas, vemos que la media de misioneros en la Prelatura siempre es menor a diez hasta 1969 y a partir de 1986 ya siempre superan la decena, siendo entre 1991 y 2000 cuantos más misioneros trabajaron al mismo tiempo con una media anual de casi 16.

El año que más misioneros recoletos fueron enviados a Lábrea fue 1970, con hasta ocho nuevos, reacción a una grave crisis en la que la Familia Agustino-Recoleta tuvo que tomar una decisión clara por Lábrea, o admitir que debía dejar la misión en otras manos. Coincide con el nombramiento del obispo de la vecina Coarí como administrador de Lábrea, el único no recoleto que ha dirigido la Prelatura, era redentorista.

Otros tres momentos de importante refuerzo fueron 2018 (cinco nuevos misioneros), y 1976 y 1988 (cuatro misioneros más cada uno de esos años). Sin embargo, la falta de personal ha sido un problema recurrente tanto para el ejercicio del ministerio como para mantener el mínimo necesario de la vida de comunidad agustino-recoleta en Lábrea, causando graves problemas de soledad.

La edad media de los religiosos recoletos en Lábrea también ha crecido, reforzándose la tendencia en el presente siglo; hasta 1990 siempre se situó entre los 30 y 39 años de edad; de 1990 a 2020 está siempre por encima de los 40, y en la década actual no ha bajado de los 50 años.

La estancia media de los misioneros en Lábrea, como hemos indicado antes, es de poco más de ocho años. La región tiene unas condiciones de vida específicas que la hacen especialmente dura, más para personas que llegan de otros contextos.

Esta especificidad incluye el clima (húmedo y caluroso, agotador), el acceso a cuestiones básicas (hoy más normalizadas, pero durante años con serias dificultades en cuanto a accesibilidad del agua potable, del saneamiento, de la energía eléctrica), la proliferación de enfermedades, especialmente las de carácter tropical o infecciosas como malaria, filaria, hepatitis, hanseniasis), el aislamiento (tanto para el transporte como para las comunicaciones personales como para el comercio y la llegada de productos básicos, todo importado de fuera: comida, higiene y limpieza, etc.).

Otro factor es el psicológico, con dos posibles riesgos graves para los misioneros; la soledad y la falta de perspectivas. En el primer caso, aun cuando nominalmente las comunidades misioneras hayan tenido tres religiosos, en realidad esto obligaba a que los misioneros pasasen mucho tiempo solos.

La lentitud de los transportes fluviales; la atención a la zuna rural, ribereños e indígenas, con largas semanas de vida en el barco; la necesidad de gestiones burocráticas para la residencia legal al ser casi todos los misioneros extranjeros; los propios tratamientos médicos, o los periodos de descanso necesarios; todas estas razones llevaban a que en realidad, fuera muy frecuente que un misionero quedase en la zona urbana, otro estuviese en los ríos y afluentes atendiendo a los ribereños y otro fuera de la misión en cualquier gestión. Resultado: soledad durante semanas o, a veces, hasta meses.

Respecto a la cuestión de las perspectivas, no pocos misioneros en algún momento de su ministerio sucumbieron a la idea de que nada avanzaba en materia religiosa, social, económica, educativa, de derechos humanos o de bienestar en general. Era difícil trabajar con empeño y no ver frutos ni siquiera a largo plazo. Por ejemplo, originario de la Prelatura no ha perdurado un solo agustino recoleto; y solo tiene un miembro del clero propio nacido en el lugar desde el año 2023. Esto ha creado una cierta conciencia de lugar baldío para las vocaciones.

Antes estas dificultades de soledad, dificultades de inculturación y de falta de perspectivas, son especialmente reseñables los diez religiosos que han estado más de 20 años en la misión; destaca con 50 años de servicio el hoy obispo emérito, Jesús Moraza, que sigue además sumando más; con 35 años está Miguel Ángel Peralta, con 32 años Cenobio Sierra, con 29 el obispo José Álvarez (†), con 28 Isidoro Irigoyen (†), con 27 Luis Antonio Fernández, con 26 Saturnino Fernández (†) y Juan Antonio Flores, con 25 monseñor Florentino Zabalza (†) y con 21 Juan Cruz Vicario.

También, dadas estas condiciones, es importante destacar a aquellos religiosos que llegaron a Lábrea por primera vez con más de 50 años. Aclimatarse e inculturarse fue para ellos un esfuerzo extra, más cuando además era la primera vez que tenían contacto con una misión. De menor a mayor, han sido Marcelo Calvo (†) y Alfredo Arambarri (†) con 53 años, Jesús María López Mauleón con 56 (hoy es obispo de Alto Xingú-Tucumã, en Pará, con un contexto amazónico equivalente), Manuel Silva (†) y monseñor Santiago Sánchez con 59 (el obispo, además, llegó directamente para ejercer el papel sin antes haber servido en la región), José García Corcuera con 61 y Alfonso Lázaro con 66.

Desde 1988 no han llegado misioneros a Lábrea que tuviesen menos de 25 años. En total, de los 116 han sido 22 los que llegaron prácticamente recién ordenados y en su primera juventud. Casi la mitad, 57, llegaron con entre 26 y 35 años; 30 con entre 36 y 50; y siete con más de 50 (nombrados en el párrafo anterior).

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