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Preparar el camino del Señor: volver a mirar la vida como un don

Fray Luciano Audisio reflexiona el Evangelio del Segundo Domingo de Adviento: Juan Bautista nos llama a entrar en nuestro desierto interior, convertir la mirada y preparar el corazón para reconocer que la vida es un don de Dios.
Wooden door on a colonial building with a stone arch in Barichara, Colombia

Fray Luciano Audisio nos comenta el Evangelio del Segundo Domingo de Adviento. A la luz de la figura de Juan el Bautista, somos invitados a entrar en el desierto interior, a escuchar la voz de Dios y a convertir nuestra mirada para descubrir que toda la vida es un don.

Juan Bautista: el inicio de un camino nuevo

Hoy nos encontramos ante un momento central del Evangelio de Mateo, cuando aparece Juan el Bautista en el desierto, anunciando la cercanía del Reino de los cielos. Mateo, el evangelista más “hebreo” de los cuatro, nos invita a mirar a Jesús como cumplimiento de toda la historia de Israel: Él no solo es el Mesías esperado, sino también la plenitud de la vocación de Israel, ser luz para las naciones.

El desierto: lugar donde hablan el silencio y Dios

Juan aparece en el desierto —en hebreo midbar, “el lugar desde donde viene la palabra”—, y esta palabra nos enseña algo profundo: el desierto es aquel espacio donde todas las voces callan, donde podemos escuchar la voz única de Dios.

Así, el desierto no es solo un lugar físico, sino nuestro corazón, ese desierto interior donde necesitamos silencio para que Dios hable. Allí, en la quietud, surge la Palabra que nos salva, nos purifica y nos transforma.

Convertirse es mirar más allá

¿Y qué nos dice Juan? Su primer mensaje es claro:

“Conviértanse” (μετανοεῖτε).

La palabra griega metánoia no significa únicamente “arrepentimiento” en el sentido moral; significa literalmente “ver más allá”, transformar nuestra manera de pensar y de percibir.

Convertirse es cambiar nuestra mirada: mirar la vida, nuestra tierra y nuestra realidad cotidiana como un don, como la verdadera tierra prometida que Dios nos confía.

No necesitamos hacer grandes hazañas para acercarnos a Dios; necesitamos abrir los ojos del corazón y contemplar su presencia en todo lo que nos rodea.

Preparar el camino del Señor: preparar el corazón

 

Juan cita al profeta Isaías:

“Voz del que clama en el desierto: preparen el camino del Señor.”

Gritar en el desierto nos recuerda que nuestra voz debe resonar también en el silencio interior, allí donde escuchamos la palabra de Dios.

Preparar el camino del Señor significa, ante todo, preparar nuestro interior, reconociendo que nuestra vida y nuestra tierra son un regalo que debemos acoger con gratitud.

Juan, un profeta apasionado

El evangelista nos describe a Juan como un hombre radical: vestido con piel de camello, con un cinturón de cuero, alimentándose de miel silvestre y langostas.

Su apariencia nos habla de su pasión, de su entrega total ante la inminente venida del Señor.

Para reconocer a Dios, necesitamos también nosotros esa pasión, esa apertura que transforma nuestro cuerpo, nuestra manera de vivir y de situarnos en el mundo.

Cruzar el Jordán: volver a entrar en la tierra prometida

Muchas personas acudían a Juan desde Jerusalén y toda Judea, atravesando el Jordán. Este gesto no era solo geográfico: simbolizaba el reingreso a la tierra prometida, el reconocimiento de que habían perdido conciencia del don que era su vida y su tierra.

Así, el bautismo en el Jordán nos recuerda que cada uno de nosotros está llamado a entrar nuevamente en la realidad como don divino, con ojos nuevos y corazón agradecido.

Jesús, quien nos introduce en la plenitud

Finalmente, Juan anuncia que Jesús es quien nos introduce de manera definitiva en esta tierra prometida:

“Él los bautizará en el Espíritu Santo y en fuego.”

Este Espíritu es la mirada misma de Dios, su amor eterno, la vida íntima de la Trinidad.

Jesús nos invita a participar de esta vida trinitaria, a contemplar la creación y a los demás con la misma mirada amorosa con la que el Padre contempla al Hijo.

Entrar en el desierto interior

El Evangelio nos desafía a entrar en nuestro propio desierto interior, a escuchar la voz de Dios, a preparar nuestro corazón para el Señor.

Nos llama a convertir nuestra mirada, a reconocer que todo lo que tenemos, todo lo que somos, es un don.

Y, sobre todo, nos invita a dejarnos transformar por Jesús, quien nos conduce hacia la plenitud de la vida y hacia la verdadera tierra prometida: un corazón donde la Palabra de Dios habita y nos hace vivir en la luz y en la esperanza.

Señor, prepara mi corazón para ti; ayúdame a ver mi vida como un don y a recibir tu Espíritu con alegría.

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