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Del pozo de Sicar a la Amazonía: mujeres que cambiaron la historia y transforman la Iglesia

En su primer artículo publicado, Carmen Montejo, Hermana General de la Orden de Agustinos Recoletos, reflexiona sobre el Día Internacional de la Mujer a la luz del Evangelio y del carisma agustiniano.
Mariana de San José, Cleusa Coello, Magadalena de nagasaki

La vocación de las mujeres en la Familia Agustino Recoleta

Este es el primer artículo publicado por Carmen Montejo, Hermana General de la Orden de Agustinos Recoletos, en el que reflexiona sobre el significado del Día Internacional de la Mujer en clave evangélica y agustiniana. En esta entrada nos propone mirar a cuatro figuras que iluminan el 8 de marzo de 2026: la samaritana del Evangelio y tres mujeres de la Familia Agustino Recoleta —Mariana de San José, Magdalena de Nagasaki y Cleusa Carolina Rody Coelho— cuyos testimonios siguen inspirando la vida de la Iglesia y la defensa de la dignidad humana. 

El 8 de marzo: memoria, lucha y esperanza

Cada 8 de marzo el mundo vuelve la mirada hacia las mujeres: hacia nuestras luchas, conquistas y también hacia las injusticias que todavía padecemos.

Es un día que recuerda la lucha de tantas mujeres por la igualdad, la dignidad y el reconocimiento pleno de sus derechos, una lucha que atraviesa ámbitos sociales, políticos y también eclesiales. Esta fecha nos obliga a preguntarnos qué lugar ocupamos hoy las mujeres en nuestras comunidades, en la sociedad y en la historia.

Pero también es un día que nos obliga a mirar el presente. En muchos lugares del mundo las mujeres continúan siendo víctimas de la violencia, la exclusión y la injusticia. En los conflictos armados actuales las mujeres están especialmente expuestas a la violencia, la explotación o la represión. Las guerras —como tantas veces ha mostrado la historia— golpean con especial dureza a quienes ya se encuentran en situación de vulnerabilidad. Y junto a los conflictos armados, en distintos contextos sociales, políticos e incluso eclesiales, muchas mujeres siguen pagando un alto precio por defender su libertad y su dignidad.

Ante esta realidad, el 8 de marzo no puede ser solo una conmemoración simbólica. También es una invitación a volver al mensaje del Evangelio y a descubrir qué historias, qué voces y qué testimonios pueden ayudarnos hoy a construir comunidades más justas y humanas.

La samaritana: una mujer que dialoga y anuncia

Jesús de Nazaret introdujo en la historia una manera radicalmente nueva de comprender las relaciones entre las personas, rompiendo barreras sociales, religiosas y culturales profundamente arraigadas en su tiempo. Entre esas barreras estaban también las que afectaban a las mujeres.

El Evangelio de hoy, domingo, 8 de marzo de 2026, nos ofrece precisamente una imagen profundamente significativa: el encuentro de Jesús con la samaritana junto al pozo (Jn 4,5-42). El gesto inicial ya resulta sorprendente: Jesús se dirige a ella y, haciéndose necesitado de esa mujer, le pide ayuda: «Dame de beber». Para la mentalidad de la época, ese simple gesto transgrede varias normas sociales a la vez: un hombre judío no solía dirigirse públicamente a una mujer desconocida, mucho menos si se trataba de una samaritana, perteneciente a un pueblo despreciado por los judíos.

Sin embargo, Jesús no solo inicia la conversación. También establece con ella un diálogo profundo. Este episodio revela algo esencial: Jesús no sitúa a la mujer en un lugar secundario ni la silencia. La samaritana dialoga, pregunta, reflexiona y comprende progresivamente quién es aquel que está ante ella, y finalmente se convierte en testigo ante su pueblo.

La samaritana, de hecho, termina convirtiéndose en la primera anunciadora de Jesús en su ciudad: aquella mujer que había acudido sola al pozo acaba reuniendo a todo su pueblo para contar lo que ha descubierto. El Evangelio nos muestra así que la mujer no es solo destinataria de la salvación, sino también sujeto activo de la misión y de la palabra —interlocutora, discípula y testigo—.

Esta escena evangélica nos recuerda que la novedad cristiana no consistió únicamente en un mensaje espiritual, sino también en una forma nueva y distinta de comprender la dignidad de cada persona.

Mujeres que encarnan el Evangelio en la historia

A lo largo de la historia de la Iglesia, muchas mujeres han encarnado esta novedad evangélica con su vida, su fe y su compromiso. En cada época han surgido mujeres capaces de transformar su entorno desde la oración y el trabajo por la defensa de la dignidad humana, mostrando que la vocación de las mujeres no se reduce a un papel pasivo, sino que puede convertirse en impulso de vida nueva y abundante para la comunidad.

También en la Familia Agustino Recoleta encontramos testimonios que expresan con claridad esta intuición evangélica y nos muestran cómo el carisma agustiniano ha sido vivido y transmitido con fuerza por las mujeres.

En este 8 de marzo queremos detenernos precisamente en tres de esos rostros. Tres mujeres que nos permiten recorrer un largo camino, no solo para hacer memoria histórica, sino para descubrir en ellas modelos de vida cristiana que siguen iluminando nuestro presente.

Mariana de San José: la fuerza transformadora de la interioridad

La primera es la Madre Mariana de San José, fundadora de las Agustinas Recoletas. Su vida muestra cómo la interioridad agustiniana puede convertirse en una fuerza creadora dentro de la Iglesia.

Desde la oración, el discernimiento y el acompañamiento espiritual, Mariana supo abrir un camino nuevo para muchas mujeres que buscaban vivir con radicalidad la búsqueda de Dios. Su historia recuerda que muchas transformaciones profundas nacen en lo aparentemente invisible: en la oración, en la reflexión interior y en la fidelidad cotidiana.

Magdalena de Nagasaki: la fidelidad hasta el martirio

El segundo rostro es Santa Magdalena de Nagasaki, joven japonesa que, en medio de la persecución contra los cristianos en Japón, eligió permanecer fiel a su fe incluso hasta el martirio.

Su testimonio recuerda que la fortaleza espiritual no entiende de edades ni de condiciones. En una cultura donde el cristianismo era perseguido, Magdalena sostuvo a los cristianos ocultos y proclamó con su vida que la fe puede vivirse con valentía y libertad. Su historia muestra cómo la fidelidad al Evangelio puede convertirse también en una forma radical de libertad.

Cleusa Carolina Rody Coelho: la misión que se hace justicia

La tercera es la Hermana Cleusa Carolina Rody Coelho, misionera agustina recoleta en la Amazonía brasileña.

Su vocación se concretó en el servicio a los más vulnerables: comunidades indígenas, trabajadores rurales, enfermos y presos. Desde una profunda vida de oración, su compromiso con la justicia la llevó a acompañar a quienes sufrían la explotación y la violencia en los conflictos por la tierra.

Su defensa de los empobrecidos terminó costándole la vida, pero su testimonio evidencia que la fe cristiana no puede separarse del compromiso por la justicia.

Una vocación que sigue transformando la Iglesia

Mariana, Magdalena y Cleusa: tres mujeres con diferentes vocaciones —monja contemplativa, laica comprometida y religiosa misionera— en tres contextos históricos muy distintos y, sin embargo, con una misma raíz espiritual: la búsqueda de Dios desde la interioridad agustiniana y el anhelo de que el Evangelio transforme la vida y la historia.

Sus vidas proclaman que la vocación de las mujeres en la Iglesia no puede quedar reducida a un papel secundario o meramente auxiliar. Allí donde las mujeres han vivido el Evangelio con radicalidad han surgido caminos de renovación, de cuidado y de justicia.

En un tiempo en el que la Iglesia está llamada a revisar sus estructuras y dinámicas, y a sanar sus relaciones, el testimonio de estas tres mujeres adquiere especial relevancia. Nos recuerda que la historia de la Iglesia no se ha escrito solo desde grandes decisiones institucionales, sino también desde la entrega cotidiana, el coraje y la inteligencia espiritual de muchas mujeres.

Sus vidas nos invitan a gestar comunidades más fraternas, donde la dignidad, la palabra y la participación de las mujeres sean plenamente reconocidas. Solo así podremos acercarnos de nuevo a aquella comunidad de iguales soñada por Jesús, en la que cada persona —mujer u hombre— pueda ofrecer sus dones para la transformación del mundo y la construcción del Reino de Dios aquí y ahora.

Quizá por eso la escena del pozo de Sicar sigue siendo tan actual. En aquel encuentro sencillo, junto a un pozo en Samaría, Jesús abrió un espacio de diálogo donde una mujer pudo preguntar, pensar, creer y anunciar.

En un mundo que invisibilizaba y relegaba a las mujeres al silencio, el Evangelio las situó en el centro del encuentro con Dios y de la transmisión de la fe.

Y desde entonces, a lo largo de los siglos, muchas otras mujeres han seguido llevando esa agua a sus propios pueblos: desde los monasterios de la España del siglo XVII hasta las comunidades perseguidas del Japón o las aldeas de la Amazonía.

Seguimos, hermanas.

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