El Evangelio de este domingo nos conduce al monte de la Transfiguración, en el corazón del camino de Jesús hacia la cruz. Lejos de ser un episodio aislado de gloria, este acontecimiento revela que la verdadera luz nace de la entrega. En este comentario al evangelio dominical, fray Luciano Audisio nos invita a contemplar cómo la identidad del Hijo amado se manifiesta precisamente en la obediencia y en el don total de la vida.
Entre el origen y el cumplimiento
El Evangelio de este domingo nos conduce a la montaña de la Transfiguración, pero no como a un escenario aislado, sino como a un momento decisivo en el camino de Jesús hacia la cruz. El relato comienza con una indicación temporal aparentemente simple: “seis días después” (μεθ’ ἡμέρας ἕξ). No es un detalle cronológico sin importancia. El sexto día, en la tradición bíblica, es el día previo al shabbat; es también, en el relato de la creación, el día en que Dios crea al ser humano. Y para nosotros, cristianos, el sexto día evoca inevitablemente el Viernes Santo, el día en que Jesús entregará su vida. Desde el inicio, entonces, el texto nos sitúa entre la creación del hombre y la muerte del Hijo del Hombre, entre el origen y el cumplimiento.
Jesús sube al monte después de haber anunciado su pasión. Sabe que lo espera una muerte violenta. Ha comenzado a hablar claramente del camino que lo conducirá a Jerusalén y ha invitado a sus discípulos a seguirlo por esa misma senda. Subir al monte no es un gesto evasivo; es un gesto de discernimiento. Como todo ser humano ante una decisión radical, Jesús se detiene, ora, confronta su misión con la voluntad del Padre. En la montaña se encuentra con Moisés y Elías, la Ley y los Profetas, es decir, toda la Escritura. Es como si Jesús colocara su vida y su muerte a la luz de la Palabra, buscando en ella el sentido definitivo de su entrega.
La tradición identifica ese monte con el Tabor, que anticipa ya el Calvario. Moisés evoca el Sinaí, donde se selló la antigua Alianza; Elías remite al Carmelo y al Horeb, donde Dios se manifestó en la brisa suave. Sinaí y Carmelo confluyen para iluminar el Gólgota. La antigua Alianza y la voz profética encuentran su plenitud en el don supremo de la cruz. Jesús comprende que su “éxodo”, su paso, será la nueva y definitiva liberación.
La gloria que brota del sí total
Pedro, Santiago y Juan contemplan entonces algo desconcertante: Jesús “fue transfigurado” (μετεμορφώθη, está en pasivo) delante de ellos. Su rostro resplandece como el sol y sus vestiduras se vuelven blancas como la luz. No se trata de un espectáculo externo, sino de la revelación de una verdad interior. Cuando Jesús asume plenamente su vocación de entregar la vida, todo su ser se unifica. El amor llevado hasta el extremo produce luz. El blanco, síntesis de todos los colores, es imagen de una existencia en la que ya no hay fragmentación. La gloria que aparece en el Tabor no es ajena a la cruz; brota precisamente del sí total al Padre.
Pero esa luz incomoda. Los discípulos perciben que esa decisión de amor conduce a la muerte. Y frente a esa tensión entre gloria y sufrimiento surge la reacción tan humana de Pedro: “Señor, qué bien estamos aquí; si quieres, haré tres tiendas…” (Κύριε, καλόν ἐστιν ἡμᾶς ὧδε εἶναι…). Pedro quiere fijar el momento, construir algo, controlar la experiencia. Las “tres tiendas” evocan la fiesta de Sukkot (סֻּכּוֹת), la fiesta de las Tiendas, que celebraba la presencia de Dios en medio de su pueblo y anticipaba los tiempos mesiánicos. Pero Pedro no comprende todavía que no somos nosotros quienes construimos la morada de Dios; es Dios quien nos introduce en su misterio.
Por eso no hay respuesta verbal de Jesús, sino una acción divina: una nube luminosa los cubre con su sombra. Es la nube del Éxodo, presencia que guía y protege. Dios mismo levanta la tienda verdadera. No una estructura hecha por manos humanas, sino una morada viva que envuelve y sostiene. Los discípulos son introducidos en el éxodo de Jesús, en su paso hacia la entrega total.
Desde la nube se escucha la voz del Padre: “Este es mi Hijo, el Amado, en quien me he complacido” (Οὗτός ἐστιν ὁ υἱός μου ὁ ἀγαπητός, ἐν ᾧ εὐδόκησα). Son las mismas palabras del bautismo. En el momento en que Jesús se encamina hacia la cruz, el Padre confirma su identidad y su misión. La entrega no es fracaso; es el lugar donde el amor del Padre se manifiesta plenamente. Aquí se anticipa ya la resurrección: quien da la vida en obediencia amorosa no la pierde.
Levantarse y caminar hacia la Pascua
Los discípulos, sin embargo, caen rostro en tierra, llenos de temor (ἔπεσαν ἐπὶ πρόσωπον αὐτῶν). No es solo miedo ante lo divino; es el temor ante un amor que llega hasta el extremo. Nos asusta la cruz porque nos enfrenta con nuestra propia fragilidad. Pero Jesús se acerca, los toca y les dice: “Levántense” (ἐγέρθητε). Es el mismo verbo de la resurrección. El toque del Señor transforma el miedo en fuerza, el desconcierto en camino. Antes de la Pascua, ya les comunica algo de la energía de la vida nueva.
Finalmente, Jesús les ordena: “No cuenten a nadie la visión hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos”. La Transfiguración solo puede comprenderse plenamente a la luz de la resurrección. Sin la Pascua, la luz del Tabor sería un enigma o una ilusión. Con la Pascua, se revela como anticipación y promesa.
También nuestra vida tiene montañas y valles, momentos de luz y horas de cruz. La Transfiguración no nos invita a huir del sufrimiento ni a instalar tiendas en las consolaciones espirituales. Nos enseña que la verdadera luz nace de la entrega, que la gloria de Dios se manifiesta en el amor fiel, que el Padre sostiene incluso cuando el camino conduce al Calvario.
Si aprendemos a escuchar al Hijo amado y a dejarnos tocar por Él, podremos levantarnos de nuestros miedos y caminar hacia nuestra propia pascua, sabiendo que el amor que se dona jamás termina en la muerte, sino que es transfigurado en vida.


