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Una justicia más grande: del precepto exterior al corazón

Comentario al evangelio dominical: Jesús revela una justicia que supera la de escribas y fariseos, nacida del corazón y convertida en amor.
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El Evangelio nos devuelve a la montaña del discurso de Jesús según san Mateo. Allí, Cristo no abroga la Ley, sino que revela su corazón: una justicia que ya no se vive como norma externa, sino como fuego interior. En este comentario al evangelio dominical, fray Luciano Audisio nos conduce al núcleo de la enseñanza de Jesús: la transformación del corazón, donde se decide la violencia, la posesión y la verdad de nuestra fe.

En la montaña: palabras que atraviesan el tiempo

El Evangelio de este domingo nos sitúa nuevamente en la montaña, en el corazón del gran discurso de Jesús según san Mateo. Desde lo alto, Jesús contempla a la multitud, pero su palabra se dirige de modo particular a quienes están más cerca: los discípulos, aquellos que ya han dado el primer paso para seguirlo. Son hombres y mujeres sacudidos por una experiencia nueva, que han comenzado a dejarse transformar por su modo de vivir. Sin embargo, esta palabra no queda encerrada en un pequeño grupo. Con mirada de Creador, Jesús ve también a las multitudes cansadas de todos los tiempos y pronuncia palabras que tienen fuerza de nueva creación, palabras destinadas a atravesar a los discípulos – con toda su fragilidad – para llegar al mundo entero.

Cuando escuchamos a Jesús decir que nuestra justicia debe superar la de los escribas y fariseos, es fácil que surja el desconcierto. Ellos ayunaban, daban limosna, observaban la Ley con rigor. ¿Cómo podríamos nosotros ir más allá? Jesús no está descalificando el Antiguo Testamento ni diciendo que la Ley estuvo equivocada. Al contrario, toma su esencia más profunda y la lleva a la luz. Es el mismo Dios quien habla en ambos Testamentos, no un Dios que cambia, sino un Dios cuya verdad más íntima se revela plenamente en Jesús.

Lo que Jesús hace es mostrarnos el corazón de la Ley y, más aún, invitarnos a participar de ese corazón. Lo que antes podía vivirse como un precepto externo, ahora se convierte en un fuego interior. Jesús es la máxima expresión de la confianza de Dios en la humanidad: Dios cree tanto en su criatura que se hace hombre. Y esa encarnación no termina en Jesús, sino que quiere continuar en nosotros, en nuestra vida concreta transformada por su amor.

Jesús confía en nosotros: el fuego interior de la Ley

Tal vez nosotros respondamos con sinceridad que no somos capaces de amar así. Nuestra vida cotidiana parece confirmarlo. Pero Jesús, al decir estas palabras tan exigentes, no señala primero nuestras limitaciones, sino que revela su confianza en nosotros.

En el Evangelio lo vemos una y otra vez: cuando perdona, cuando sana, cuando dice a la pecadora «no peques más» o al paralítico «levántate y camina», Jesús actúa creyendo en la posibilidad real de una vida nueva. Pensamos que somos nosotros los que tenemos fe en Él, pero hay algo aún más desconcertante: Él tiene fe en nosotros. Sus palabras crean aquello que dicen, como un fuego que enciende otros fuegos.

Desde ahí se entiende la radicalidad de sus enseñanzas. Cuando Jesús profundiza el «no matarás», nos lleva al terreno del corazón. Nos enfrenta a nuestra tendencia a “eliminar” al otro: cuando nos molesta, cuando nos resulta una amenaza, cuando nos despierta envidia. Muchas veces matamos antes con el corazón que con las manos. Jesús nos llama a liberarnos del miedo al otro, porque ese miedo es la raíz de toda violencia.

Luego va más allá del «no cometerás adulterio» y nos revela otra forma de anular al prójimo: la posesión. Cuando no soportamos la alteridad del otro, intentamos dominarlo, manipularlo, usarlo. No es solo una cuestión moral externa, sino una falta profunda de libertad y de amor verdadero. Jesús nos enseña un amor que no somete, sino que respeta y libera.

Finalmente, nos advierte contra la instrumentalización de la religión. El «no jurar» es un llamado a no usar a Dios para construir nuestro propio poder. Jesús nos invita a una fe sobria, humilde, transparente, donde la palabra y la vida coincidan. Una fe sin dobles discursos.

Una justicia posible: vivir según lo que ya somos

Todo esto se sostiene en una convicción fundamental: Jesús cree que somos capaces de amar porque fuimos creados para ello. No hemos sido hechos para la destrucción ni para el miedo, sino para ser reflejo de la gloria de Dios.

Desde la tradición católica y ortodoxa afirmamos que el ser humano está llamado a ser esplendor de la divinidad, imagen viva de su luz. Por eso la exigencia del Evangelio no es una carga imposible, sino una llamada a vivir según lo que ya somos en lo más profundo.

Que esta palabra, exigente y luminosa, nos encuentre abiertos. Que dejemos que Jesús confíe en nosotros más de lo que nosotros mismos nos animamos a confiar. Y que, poco a poco, su justicia – que es amor – vaya tomando carne en nuestra vida.

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