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Jubileo de la esperanza: las puertas que aún nos quedan por cruzar

Reflexión de fray Alfonso Dávila sobre el Jubileo de la Esperanza y las puertas interiores y eclesiales que la Iglesia sigue llamada a cruzar.
OAR

Fray Alfonso Dávila reflexiona sobre el Jubileo de la Esperanza como una experiencia eclesial que ha marcado a la Iglesia universal y a la Familia Agustino Recoleta. Más allá de cifras y celebraciones, el texto invita a discernir qué puertas interiores, comunitarias y eclesiales seguimos llamados a cruzar para vivir una esperanza que transforme de verdad la vida y la misión.

Las puertas que aún nos quedan por cruzar

Hace poco más de un año comenzó una aventura eclesial que ha marcado el pulso espiritual de la Iglesia universal: el Jubileo de la Esperanza. No fue solo una convocatoria ni una suma de actos litúrgicos y peregrinaciones, sino una llamada a volver a ponernos en camino, a dejar que la esperanza dejara de ser un lema para convertirse en experiencia vivida.

Hoy, con la Puerta Santa ya cerrada, es tiempo de memoria agradecida, pero también —y sobre todo— de discernimiento.

Un jubileo verdaderamente global

Según los datos oficiales de la Santa Sede, el Jubileo de la Esperanza ha movilizado 32,4 millones de peregrinos entre el 25 de diciembre de 2024 y el 17 de diciembre de 2025, a lo largo de 358 días, con una media cercana a 90.400 peregrinos diarios. Las cifras confirman que no se trató de un acontecimiento local o puntual, sino de una experiencia eclesial de alcance verdaderamente universal.

La procedencia de los peregrinos refleja esa catolicidad: Italia (36,34 %), Estados Unidos (12,57 %), España (6,23 %), Brasil (4,67 %), Reino Unido (2,81 %), China (2,79 %), México (2,37 %), Argentina (1,63 %), Colombia (1,30 %), Filipinas (0,9 %), Taiwán (0,54 %), Chile (0,54 %) y Perú (0,54 %), entre otros países, componen el mapa humano de este Jubileo.

En este mismo entramado de pueblos y culturas está presente la Familia Agustino Recoleta, acompañando al pueblo de Dios en América, en Europa, en Asia y en África. En todos estos contextos, la misión se encarna en parroquias, colegios, misiones, santuarios y comunidades insertas en realidades muy diversas, pero atravesadas por las mismas preguntas de sentido y de esperanza.

La Familia Agustino Recoleta en camino jubilar

Como Familia Agustino Recoleta participamos activamente en muchos de los momentos jubilares. El Jubileo de la Vida Consagrada reunió a cerca de 200 religiosos y religiosas de nuestra familia; el Jubileo de los Jóvenes congregó a otros 200 jóvenes procedentes de las JAR y de nuestras parroquias; los comunicadores vivimos también nuestro propio jubileo en el encuentro de periodistas; y así, uno tras otro, muchos miembros de nuestra familia carismática se pusieron en camino.

En conjunto, podemos estimar en torno a 1.000 peregrinos vinculados directamente a la Familia Agustino Recoleta. Sin embargo, sería un error quedarnos solo en el recuento. Porque el Jubileo no se mide en números, sino en procesos interiores.

¿Qué aprendimos realmente del Jubileo?

Aquí surge la pregunta decisiva: ¿qué hemos aprendido del Jubileo de la Esperanza?

¿Vivimos ahora más centrados en la esperanza? ¿Nos dejamos conducir por ella en nuestras decisiones personales y comunitarias? ¿O seguimos siendo timoratos, aferrados a seguridades que tranquilizan, pero no transforman?

El Jubileo nos recordó, y no se nos puede olvidar, que aún quedan muchas puertas por cruzar: puertas interiores, comunitarias, eclesiales. Puertas que conducen a una Iglesia más cercana, más hospitalaria, más evangélica. De poco sirve atravesar un umbral físico si el corazón permanece cerrado.

Soñar juntos desde la esperanza

Uno de los momentos jubilares más significativos que viví fue caminando con los superiores mayores de la Orden. Comenzamos de una forma tan sencilla como provocadora: jugando con piezas de lego, compartiendo qué nos ilusiona, cómo soñamos nuestra familia religiosa, qué Iglesia deseamos servir. Aquella dinámica, aparentemente ingenua, fue en realidad un ejercicio profundo de esperanza: atrevernos a imaginar juntos.

Porque solo desde la esperanza es posible construir una vida consagrada y una sociedad que no vivan de la inercia, sino del Evangelio.

Ser magos hoy: la llamada del Papa

La homilía de clausura del Papa León lo expresaba así: Al contemplar el camino de los magos, nos recordó que ante las manifestaciones de Dios nada permanece igual: hay alegría, pero también turbación; apertura, pero también miedo. Los magos siguen existiendo —afirmó—: son quienes aceptan el riesgo de ponerse en camino, quienes no temen dejar seguridades para buscar la novedad de Dios.

El Papa nos interpeló con una pregunta incómoda y necesaria: ¿hay vida en nuestra Iglesia? ¿hay espacio para lo que nace? ¿amamos y anunciamos a un Dios que nos pone en camino? Millones de personas cruzaron la Puerta Santa. ¿Qué encontraron? ¿Qué corazones, qué acogida, qué reciprocidad?

Ser Iglesia jubilar es aprender a reconocer en el visitante a un peregrino, en el desconocido a un buscador, en el diferente a un compañero de viaje. Es resistirse a reducir la fe a producto y al ser humano a consumidor. Es custodiar lo que nace, pequeño y frágil, como el Reino de Dios.

Las puertas que quedan abiertas

Por eso, al cerrar este Jubileo, ojalá no recordemos cuántas veces cruzamos la Puerta Santa, ni cuántos peregrinos contabilizamos, sino todo lo que aún nos falta por cruzar, por peregrinar, por acompañar.

La Puerta Santa se ha cerrado. Pero nuestros corazones —ojalá— sigan abiertos. Sigamos inquietos. Sigamos en camino.

Porque, como nos enseñó san Agustín, tenemos que anunciar a Cristo dónde podamos. Gracias por este año jubilar y feliz Año Misional Agustino Recoleto, que poco se habla de que sus siglas, al menos en español y portugués, son: AMAR.

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