En el umbral de la Navidad, fray Luciano Audisio nos invita a contemplar el nacimiento de Jesús desde una mirada discreta y profunda: la de san José. En su silencio, su miedo y su obediencia confiada, descubrimos cómo Dios actúa sin imponer, y cómo la fe nace cuando aprendemos a acoger.
Nos acercamos al umbral de la Navidad
Nos acercamos ya al umbral de la Navidad, y el Adviento llega a su culminación. No se trata solo de contar los días que faltan, sino de dejar que este tiempo eduque el corazón para reconocer una verdad decisiva: Dios está actuando ya en nuestra vida.
La encarnación no es un recuerdo piadoso del pasado; es un movimiento permanente por el cual Cristo quiere tomar carne en nuestra historia concreta, en nuestras decisiones, en nuestros miedos y esperanzas.
Mirar el nacimiento de Jesús desde José
El evangelio de hoy nos invita a contemplar el nacimiento de Jesús desde una perspectiva particular: la de José. Mateo, verdadero pedagogo de la fe, nos obliga a cambiar el ángulo de la mirada. Estamos acostumbrados, con razón, a detenernos en María. Pero hoy el Espíritu nos pide escuchar el misterio desde el silencio de este hombre justo.
Y la pregunta es inevitable: ¿qué sucede cuando el nacimiento de Jesús se mira desde los ojos de José?
“La generación de Jesucristo fue así”
El relato comienza con una frase solemne: «La generación de Jesucristo fue así». Mateo se detiene, como si quisiera advertirnos que estamos entrando en territorio sagrado. Después de la genealogía, aquí comienza verdaderamente la historia.
Lo primero que se nos presenta es un nacimiento absolutamente singular: Jesús es concebido por obra del Espíritu Santo.
Un Dios que actúa sin violencia
Este dato no pretende solo provocar asombro. La fe cristiana se sostiene sobre dos grandes pilares: la encarnación y la muerte-resurrección del Señor. Pero el modo en que Mateo narra el origen de Jesús revela algo más profundo.
Cuando Dios obra, no lo hace al margen de las esperanzas humanas. No irrumpe violentando los deseos del corazón, sino llevándolos a su plenitud.
En los mitos paganos, la divinidad se impone y hiere. En María, en cambio, todo es distinto. La concepción acontece por obra del Espíritu Santo: viento divino, aliento suave, brisa delicada. Aquí no hay imposición, sino don; no hay violencia, sino ternura.
El Dios que abre caminos donde todo parece cerrado
Este relato se enlaza con la tradición bíblica de los nacimientos imposibles: Sara, Rebeca, Ana. Mujeres estériles de las que Dios hace brotar vida. Israel aprendió así que la fecundidad no es un logro humano, sino un don, y que Dios abre caminos allí donde todo parece cerrado.
José ante el miedo y el discernimiento
En medio de este misterio se encuentra José. Y José tiene miedo. Un miedo comprensible. Está desposado con María y descubre que está encinta. El desconcierto y el temor se imponen.
Por eso José necesita tiempo, silencio y discernimiento. Es de noche —ese espacio donde se derrumban las seguridades— cuando se abre a la escucha. En el sueño, cuando deja de controlar, recibe la palabra de Dios.
Solo en ese silencio profundo, donde soltamos nuestras certezas, puede escucharse la voz que transforma la mirada.
“No temas”: acoger lo que Dios está haciendo
El ángel le dice: «No temas». Y le pide algo decisivo: παραλαβεῖν, acoger, recibir, tomar consigo. José es llamado a hacerse cargo de lo que Dios está haciendo, aunque no lo comprenda del todo, aunque resulte escandaloso.
La fe comienza cuando aceptamos confiar.
Jesús, Emmanuel: Dios con nosotros
«Le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados». Jesús, Yeshúa: «Dios salva». No se trata de un perdón abstracto, sino de reconciliación, cercanía restaurada, relación sanada.
Mateo añade: «Será llamado Emmanuel: Dios con nosotros». Esta es la buena noticia definitiva: no un Dios lejano, no un Dios que domina, sino un Dios que habita con nosotros.
Acoger a Jesús en el IV Domingo de Adviento
En este IV Domingo de Adviento, José nos enseña el camino. Acoger a Jesús es acoger a Dios mismo en nuestra historia. Es permitir que su presencia ilumine los miedos, transforme las decisiones y haga nacer algo nuevo allí donde creíamos que ya no era posible.
Que, como José, encontremos el silencio necesario para escuchar. Y que, sin temor, sepamos recibir al Emmanuel, al Dios que viene —y que ya está— con nosotros.



