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Humildad, contemplación y transformación social: el legado vivo de Alonso de Orozco

Hoy la Iglesia recuerda a este santo fundador de monasterios contemplativos, cuya vida y obra enriquecieron y promovieron la espiritualidad agustiniana y dejaron en alto un testimonio vivo de conversión del corazón y compromiso con el evangelio.
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San Alonso de Orozco (1500–1591) es una de las figuras más luminosas de la historia de la espiritualidad agustiniana. Su vida, en la España del Siglo de Oro, estuvo tejida de humildad, amor a los desfavorecidos y una honda devoción a María y a la Eucaristía.

En su tiempo ya fue reconocido como un importante guía espiritual, pero su huella perdura hasta hoy incluso físicamente en el Monasterio de Santa Isabel de Madrid, espacio de paz y contemplación junto a la estación de Atocha (más de 100 millones de viajeros/año) o el Museo Reina Sofía (más de dos millones de visitas anuales).

Humilde y reformador

Nacido en Oropesa (Toledo) en 1500, Alonso ingresó joven en la Orden de San Agustín y se formó en la Universidad de Salamanca. Su disciplina, austeridad e inteligencia no pasaron desapercibidas y fue llamado a la Corte como predicador de Felipe II. Se movió por los centros de decisión de todo un Imperio, pero rehuyó protagonismos, cargos honoríficos y dignidades eclesiásticas. Su vocación estaba en la vida comunitaria.

Una convicción marcó su obra y estilo: el compromiso con la reforma agustiniana y con una vida contemplativa que apoyase la conversión del corazón de todos. Confiaba en el poder de la oración y en el poder del testimonio de vidas dedicadas a alabar a Dios y promover la paz desde la comunidad y la pobreza.

Falleció en Madrid en 1591. Sus escritos ascéticos y su cercanía a los más necesitados hicieron que su fama y ejemplo no se apagase: san Juan Pablo II lo canonizó en 2002.

Vida contemplativa

En 1589 y con la colaboración de Prudencia Grillo, Alonso promovió en Madrid la fundación del Monasterio de la Visitación de Santa Isabel, el primero de Agustinas Recoletas, al albor del Capítulo de Toledo de los Agustinos, celebrado un año antes.

La comunidad comenzó en una casa de la Calle del Príncipe, adoptó la Regla de san Agustín y buscó con el mayor cuidado el recogimiento y la austeridad. En 1610, Margarita de Austria, esposa de Felipe III, impulsó un patronato para el traslado de la comunidad a un lugar más acorde con su estilo de vida y a la acogida de nuevas vocaciones.

En una antigua finca del secretario real Antonio Pérez comenzó la nueva construcción, con nueva iglesia y dependencias de envergadura proyectadas por Francisco de Mora y Juan Gómez de Mora, hoy visible en la Calle de Santa Isabel.

La memoria del fundador quedó unida para siempre a esta comunidad. Sus restos, trasladados desde Valladolid, reposan en la iglesia monacal. 436 años después, san Alonso es regla viva, ejemplo para orar, servir y vivir en sobriedad evangélica.

La espiritualidad del santo, centrada en María, la Eucaristía y los desfavorecidos, junto con su sabiduría ascética fijada en sus escritos, son una memoria activa, renovada por cada generación de religiosas en la liturgia cotidiana, en la vida común y en el trato con quienes se acercan a sus puertas.

Recordarlo hoy no es mirar atrás, sino una invitación a renovarse desde el corazón a la búsqueda de Dios, conscientes de que nos llevará al compromiso de transformar la sociedad y las vidas.

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