La Orden de Agustinos Recoletos conmemora este 18 de febrero el octavo aniversario de su llegada a Cuba, una presencia misionera marcada desde el inicio por la fraternidad, la creatividad ante la precariedad y una evangelización paciente, hecha de cercanía y “cosas pequeñas”.
La efeméride se celebra recuperando un video-testimonio de los primeros religiosos que formaron la comunidad fundacional: fray Jairo Alberto Gordillo (Bogotá, Colombia, 1967), fray Joel Naranja (Ilo Ilo, Filipinas, 1964-† 2021), fray Ismael Xuruc (Totonicapán, Guatemala, 1981) y fray Noé Servín (Guanajuato, México, 1979).
En sus palabras se percibe una convicción compartida: la misión en Cuba no se entiende desde la espectacularidad, sino desde la perseverancia. Allí, evangelizar significa muchas veces comenzar desde lo esencial, acompañar a la gente y sostener la fe desde la comunidad.
Una avería en la carretera que se volvió parábola
Fray Noé Servín recuerda una anécdota ocurrida en uno de los primeros desplazamientos misioneros, cuando viajaba con fray Ismael Xuruc hacia una reunión en Holguín. El vehículo sufrió una avería inesperada: el pedal del acelerador se rompió en plena marcha.
La solución improvisada fue tan sencilla como elocuente: atar un alambre al acelerador y conducir coordinándose entre ambos, mientras uno manejaba y el otro aceleraba desde la ventanilla. Lo que pudo haber quedado como una historia curiosa terminó convirtiéndose en una imagen de fondo de la misión: “llegar a que el trabajo en equipo realmente funcione”, explica fray Noé, convencido de que el camino evangelizador en Cuba solo puede sostenerse desde la comunión.
La vida comunitaria, el primer anuncio
Fray Ismael Xuruc subraya que lo que más valora de esta experiencia es precisamente la vida fraterna: “la vida comunitaria que estamos llevando” y el trabajo compartido, también en colaboración con otras congregaciones presentes en la isla.
En la misma línea, fray Julián Vallejos insiste en que el anuncio del Evangelio nace del “nosotros” comunitario: “Si voy a evangelizar, no voy solo… voy en nombre de mi comunidad”. En Cuba, la identidad misionera no se entiende como aventura individual, sino como envío eclesial y fraterno.
Evangelizar desde cero: paciencia, humildad y esperanza
El contexto cubano exige un estilo pastoral muy concreto. Fray Julián recuerda que muchas veces la tarea no es solo celebrar la Eucaristía o visitar comunidades alejadas, sino empezar desde lo más básico, incluso enseñando a hacer la señal de la cruz.
Fray Noé lo expresa con una clave espiritual profunda: en Cuba, evangelizar implica “volver a pensar muchas veces” y “volver a empezar”. Pero lejos de considerarlo una derrota, lo interpreta como una oportunidad: “El volver a empezar no es una tragedia”, dice, porque permite corregir, purificar intenciones y crecer en autenticidad.
La misión de las cosas pequeñas
En uno de los fragmentos más significativos del testimonio, fray Ismael resume el corazón de la misión con una serie de verbos sencillos: “hacer presencia, estar con la gente, compartir nuestra alegría, acompañarnos”. Reconoce que quizá no se realizan grandes obras visibles, pero sí se construye algo esencial: una Iglesia cercana, sostenida por la esperanza.
Fray Joel Naranja, fallecido en Cuba en 2021 a causa de la covid-19, aparece también en el video como voz profética y entrañable. En su mensaje insiste en el deseo de que los misioneros se integren en la vida de las familias, vivan con apertura y encarnen el espíritu de la Orden en medio del pueblo.
Ocho años de presencia y gratitud
Ocho años después de aquella llegada, los Agustinos Recoletos renuevan su gratitud por esta misión y por el pueblo cubano, que ha acogido con cariño y paciencia a los religiosos. La memoria de los inicios —marcados por la precariedad, la fraternidad y el ingenio— sigue siendo hoy una escuela de espiritualidad.
En Cuba, los Agustinos Recoletos han aprendido que la evangelización se sostiene más por la fidelidad diaria que por los resultados inmediatos; más por la comunidad que por la fuerza individual; más por la cercanía que por la estructura.
Y que, incluso cuando parece que todo se detiene, siempre se puede seguir adelante… aunque sea con un alambre en la mano.


