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“¿Eres tú el que ha de venir?”: La alegría que nace de reconocer a Jesús

Fray Luciano Audisio comenta el Evangelio del Domingo de Gaudete: Juan Bautista pregunta por la identidad de Jesús, y Cristo responde con signos de vida que nos invitan hoy a reconocerlo en medio de nuestras propias cegueras, dudas y esperanzas.
Pesebre corazón

En este Domingo de Gaudete, la liturgia nos invita a alegrarnos porque el Señor está cerca. Fray Luciano Audisio, OAR, nos ofrece una reflexión profunda sobre el Evangelio: Juan Bautista, desde la cárcel, envía una pregunta que también hoy nos atraviesa a nosotros: “¿Eres tú el que ha de venir?” La respuesta de Jesús —más que palabras— son signos de vida que pueden transformar nuestra espera.

El Domingo de Gaudete: la alegría que nace del encuentro

Hoy celebramos el Domingo de Gaudete, el domingo de la alegría. Nos encontramos a mitad del camino de Adviento, y la liturgia nos invita a reconocer cómo el Señor toca nuestro corazón y transforma nuestra vida. No es solo una preparación simbólica para la Navidad; es una experiencia concreta: el Señor viene, y su venida cambia nuestra existencia. 

El más grande… y sin embargo pequeño ante el Reino

En el Evangelio de hoy escuchamos una afirmación sorprendente de Jesús: Juan el Bautista es el más grande entre los nacidos de mujer, pero “el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él”.

Con estas palabras, Jesús señala que con Él todo cambia radicalmente. Israel había alcanzado su punto más alto con la figura del Bautista, un hombre totalmente entregado a Dios, iluminado por las Escrituras, guía de un movimiento espiritual que vivía en la espera de la redención. Y, sin embargo, con Jesús ocurre algo absolutamente nuevo.

Teológicamente diríamos que hay continuidad —porque Juan anuncia a Jesús—, pero también discontinuidad —porque Jesús representa una irrupción inesperada, un salto cualitativo que desborda toda expectativa humana—.

Juan en la cárcel: el límite de Israel y el límite de nuestro corazón

No es casual que el Evangelio sitúe a Juan al inicio del pasaje “en la cárcel”. Esta localización tiene un valor simbólico: Israel había llegado lejos en su camino espiritual, pero ahora estaba bloqueado, incapaz de dar el salto hacia la novedad que Dios quería realizar.

La cárcel se convierte así en la imagen del límite humano y de la necesidad de una revelación mayor.

Desde la cárcel, Juan envía a sus discípulos para preguntarle a Jesús si realmente es el Mesías. Algunos manuscritos dicen diá (“por medio”) y otros dýo (“dos de sus discípulos”). Esta diferencia no es un simple detalle filológico: si fueran “dos”, recordaría la ley hebrea que exigía dos testigos para verificar la verdad.

Juan estaría enviando, conforme a la tradición de Israel, un testimonio formal para confirmar quién es Jesús. Y la pregunta que plantean es decisiva:

“¿Eres tú el que va a venir, o esperamos a otro?”

La gran pregunta que también hoy nos habita

 

La expresión “el que va a venir” remite directamente a Dios, al que vendrá al final de los tiempos para cerrar la historia y realizar la salvación.

Podríamos parafrasearlo así:

“¿Eres Tú el Dios del final de los tiempos?”

Es una pregunta enorme, cargada de intensidad. Y también es nuestra pregunta.

Porque muchas veces, aun creyendo en Jesús, esperamos otra cosa.

Nos inventamos otros mesías: más espectaculares, más fuertes, más eficientes según nuestros criterios.

A veces Jesús nos desilusiona porque no es “un Dios como Dios manda”. Y, sin embargo, en su humildad, en su humanidad, en su cercanía, se manifiesta Dios mismo.

La respuesta de Jesús: ver y oír

 

La respuesta de Jesús no es una definición doctrinal, sino una invitación a ver y escuchar:

“Vayan y díganle a Juan aquello que están viendo y oyendo.”

Jesús nos envía como testigos. Somos enviados a quienes aún están “en la cárcel”: la de la duda, la incredulidad o la falta de esperanza.

Nuestra misión es sencilla y profunda:

anunciar lo que hemos visto y oído, reconocer las huellas de Dios en nuestra vida y compartirlas.

Los signos del Mesías: una vida que se abre paso

Luego Jesús menciona ese hermoso elenco de obras:

  • los ciegos ven,

  • los cojos andan,

  • los leprosos quedan limpios,

  • los sordos oyen,

  • los muertos resucitan,

  • y a los pobres se les anuncia el Evangelio.

Son señales que evocan directamente las profecías de Isaías. Pero también son un espejo para nosotros.

Porque todos tenemos zonas de ceguera, de parálisis, de sordera; todos llevamos dentro alguna herida que necesita purificación; todos conocemos experiencias de muerte; y todos somos pobres —pobres de espíritu, necesitados de una palabra de vida—.

Este elenco sigue un crescendo que culmina en la resurrección, recordándonos que en Cristo ya ha comenzado nuestra propia resurrección.

Y concluye con la misión: “a los pobres se les anuncia el Evangelio”.

Lo que hemos visto y oído debe convertirse en anuncio.

Bienaventurado quien no se escandaliza

Por eso Jesús añade:

“Bienaventurado el que no se escandalice de mí.”

Bienaventurado quien acoge la manera concreta en que Dios se manifiesta en Jesús, aunque no coincida con nuestras expectativas.

¿Qué salisteis a ver? La autenticidad de Juan

Mientras los discípulos se alejan, Jesús reflexiona sobre Juan y pregunta:

“¿Qué salisteis a ver en el desierto?”

Utiliza el verbo del éxodo:

“¿Por qué emprendieron un éxodo? ¿Qué esperaban encontrar? ¿Una caña sacudida por el viento? ¿Un hombre de ropas finas?”

Juan no es nada de eso.

No es un hombre influenciado por las corrientes del momento, ni un buscador de privilegios.

Es un profeta, y más que un profeta.

Su vida nos llama a la autenticidad:

a no seguir a los que cambian según el viento,

a no buscar el lujo o el poder,

sino a escuchar a quienes proclaman con fidelidad la Palabra de Dios.

La alegría de Gaudete: Dios ya está obrando

 

En este Domingo de Gaudete, la alegría que celebramos no es superficial.

Es la alegría de descubrir que Dios está obrando ya en nuestra vida.

La alegría de ver y oír las señales de su presencia.

La alegría de saber que Jesús es “el que viene”, el que cumple las promesas, el que nos resucita y nos envía.

Que, como Juan, sepamos reconocerlo.

Y que, como los discípulos enviados, sepamos anunciarlo.

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