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Educar en la belleza: por qué la contemplación y el asombro son clave en la educación

La profesora Esther Ruiz Simón reflexiona sobre la importancia de educar en la belleza como camino hacia la verdad, la virtud y la contemplación en el proceso educativo.
Back to school concept

Publicamos la primera colaboración en Recoletos.org de Esther Ruiz Simón, profesora en el área de Teoría e Historia de la Educación de la Universidad Rey Juan Carlos. Docente en los grados de Educación Primaria e Infantil, así como en el Máster de Formación del Profesorado de Educación Secundaria, Bachillerato, FP e Idiomas, donde también ha desempeñado responsabilidades de coordinación académica, actualmente es coordinadora académica de Títulos Propios. Licenciada en Historia por la Universidad Complutense de Madrid, posee el DEA en Historia de América Contemporánea por la Fundación Ortega y Gasset, un Máster en Relaciones Internacionales y es doctora en Humanidades: lenguaje y cultura por la URJC, donde obtuvo el Premio Extraordinario de Doctorado en 2022. Además, coordina la Catequesis Familiar de la parroquia Santa Rita de Madrid. En este artículo reflexiona sobre el valor de educar en la belleza como camino hacia la verdad, la virtud y la plenitud humana.

Educar en la belleza

Se preguntaba Platón en La República si lo más bello no es lo más amable y si la belleza debía ser virtuosa y armónica, patrimonio del alma. De la misma manera, san Agustín entendía la belleza y cómo esta acercaba a Dios porque orientaba el alma hacia el bien, porque Dios es la Belleza Suprema y, por tanto, es la fuente de toda belleza.

La belleza como horizonte de la educación

La educación es un arte que debería tender a lo bello, a lo excelso. En un mundo cada vez más inmediato y ensimismado, que funciona a golpe de tweet y de historias contadas en veinte segundos, educar en la belleza ofrece la oportunidad de mirar desde la contemplación, del tiempo detenido y de la atención profunda, y apreciar el detalle que se esconde en cada elemento que se nos ofrece para ser aprendido.

La educación, entendida como un proceso histórico, ha transitado desde el silogismo belleza, virtud y verdad (la belleza conduce a la virtud y la virtud lleva a la Verdad) hacia estándares finalistas que miden la adquisición de resultados de aprendizaje. La esencia del ser trascendente que defendían autores como Aristóteles, Boecio o santo Tomás de Aquino —basada precisamente en la unidad, la bondad, la belleza y la verdad— ha quedado supeditada a procesos formativos en los que se conjuga la transmisión de contenidos con el acompañamiento y la evaluación, todo ello marcado y medido por resultados de aprendizaje cuantificables y ejecutables.

La educación en la belleza complementa este concepto educativo procedimental al dotarlo de un conocimiento más íntimo y profundo de la realidad y al poner todas las capacidades del ser humano al servicio de la educación. La contemplación, la capacidad de asombro, de abstraerse del yo para visualizar el todo, obliga a poner los sentidos al servicio de la educación para captar la esencia de cada detalle, de lo escondido, de lo que se presiente e intuye, de lo que aflora y de lo que se eleva. No en vano, para san Agustín la belleza de lo externo obliga a mirar hacia lo interno y desde ahí dirigirse a lo Superior.

Recuperar el asombro en un mundo acelerado

 

En todo este proceso educativo, que compromete la esencia del ser humano, Catherine L’Ecuyer, al abordar Educar en el asombro (2013), propone aprovechar y fomentar la predisposición innata en los niños para sorprenderse. La educación debe retomar la esencia del ser, de la belleza, y enseñar a admirar lo que nos rodea, lo que nos hace ser y sentir, como medio para lograr la excelencia. Debe interpelar al docente y al discente y provocar una respuesta educativa que los comprometa de manera permanente con la sabiduría, la Verdad y la virtud.

Se hace preciso recuperar las pausas y el silencio de la observación, de la reflexión y del pensamiento profundo. Porque es en la ausencia de ruido cuando más se escucha la esencia de las cosas. Decía una imagen en una red social que “en un mundo de Kardashian debíamos ser Marie Curie”, lo que confrontaba una imagen de inmediatez y superficialidad con otra de dedicación y atemporalidad.

En la actualidad, la inmediatez se impone sobre lo conveniente y lo bello. Las pantallas no dan espacio a la admiración. La estética y la dignidad de los seres humanos se miden en “me gusta” y reproducciones, y se ofrece una manera de concebir el mundo y a las personas utilitaria, tosca e impersonal que los aleja de lo bello, de lo amable y de lo excelso. Si no hay redes, no se existe; si no se provoca, no se capta la atención. Y, sin embargo, tal y como decía Dostoievski, “la belleza salvará al mundo”.

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