El nacimiento de Jesús no es solo un acontecimiento espiritual, sino también profundamente social, Fray Jaazeal Jakozalem, nos acompaña en una reflexion desde la pobreza de Belén hasta las tensiones políticas y económicas de su tiempo, la encarnación revela un Dios que asume la fragilidad humana y se sitúa del lado de los pobres, interpelando hoy nuestras estructuras de injusticia y nuestro compromiso con la solidaridad.
El amor desde la experiencia humana
La historia de María y José es una profunda «historia de amor entre la humanidad», que demuestra cómo el afecto y el compromiso pueden florecer incluso en medio de las dificultades de la pobreza. Las narraciones bíblicas no los sitúan en un contexto económico de palacios o círculos sociales prominentes.
Si bien su genealogía traza un linaje a través de reyes majestuosos y rostros comunes, su realidad vital fue humilde: José era un dedicado tektōn (un maestro constructor experto en carpintería y albañilería), y María era una mujer de profunda piedad y santidad proveniente de la clase trabajadora. Dios dispuso que este amor modesto fuera el cauce para el nacimiento del niño pobre de Belén.
El pesebre y la crisis económica humana
Jesús nació en una situación profundamente humana, en un clima político agitado, donde María y José eran meros súbditos del Imperio romano. Su viaje a Belén fue una migración forzada con fines tributarios imperiales; incluso en el vientre materno, Jesús sintió las tensiones y los temores de ese peligroso viaje.
Hoy sufrimos una crisis económica de la que anhelamos escapar. Cuestionamos las decisiones políticas de unos pocos que imponen cargas sociales alimentadas por prácticas corruptas de un liderazgo fallido que priva de derechos a los pobres. Estas realidades exigen nuestra acción urgente: el alza vertiginosa de los alimentos, los alquileres opresivos, las exorbitantes tarifas hospitalarias y educativas.
Somos testigos del estilo de vida escandaloso de la élite política y empresarial —el 1 % que se beneficia de un sistema de pobreza— mientras el 99 % sigue sufriendo. Jesús fue uno de ese 99 %, nacido en la tragedia económica de su tiempo. La «realidad de Belén» sigue siendo desconcertante: un Salvador nacido en un refugio de animales, la única habitación disponible para una familia migrante.
El ambiente de tranquilidad
La «Noche Santa» pinta la imagen de una estrella que brilla sobre una aldea ocupada. Esta ironía del contraste persiste hoy; las «grandes estrellas» del poder global a menudo se convierten en figuras de opresión, hablando de paz mientras libran guerras inventadas.
En lugar de aprovechar oportunidades para una verdadera reconciliación, la guerra sigue siendo el lenguaje principal de la diplomacia global. Como «pequeñas estrellas», estamos llamados a emitir rayos de paz genuina y no a contribuir a la indiferencia. Mientras algunas naciones evaden el llamado a la tranquilidad, debemos exigir una paz justa y duradera, la misma que anuncia el nacimiento del Mesías.
Un reto para servir
Este nuevo año nos plantea un reto de solidaridad. Nos invita a hacer relevante la encarnación de Jesús adoptando una actitud transformadora, sirviendo a los necesitados allí donde nuestra conciencia y nuestra fe nos llamen a actuar.



