Hay películas que buscan consolar. Otras, embellecer o hacer reír. Las locas del Obelisco, de Pablo Moreno, elige un camino más difícil y también más honesto: mirar de frente una herida social, humana, espiritual y contarla desde el camino de la Belleza. Y hacerlo sin morbo, sin sentimentalismo barato y sin convertir la fe en decorado.
En un momento cultural en el que proliferan relatos sobre conventos, clausuras o ambientes religiosos tratados con romanticismo, exotismo o cierto artificio estético, esta película escoge otra ruta. Quien llegue buscando una historia amable sobre la vida religiosa, o una versión dulcificada de la caridad cristiana, probablemente se equivoque de película. Las locas del Obelisco no está hecha para tranquilizar conciencias, sino para incomodarlas. Y eso, en el mejor sentido, la convierte en una película valiente.
Un Madrid herido, desigual y moralmente roto
La cinta sitúa su relato en el Madrid de finales del siglo XIX, una ciudad en transformación, pero también profundamente fracturada. Allí conviven la aristocracia, la marginación, el abuso, la miseria y una hipocresía social que tolera lo intolerable mientras finge escandalizarse por sus consecuencias.
En ese paisaje aparecen Teresa y Candela, dos hermanas llegadas del mundo rural, arrastradas por la promesa de una vida mejor y confrontadas muy pronto con la dureza de una ciudad que devora a las mujeres pobres. En paralelo, Mariana Allsopp atraviesa un proceso interior que la obliga a mirar de otro modo aquello que su posición social le habría permitido ignorar.
Y ahí está una de la clave de la película: no plantea la redención como gesto paternalista, sino como una conversión de la mirada. Mariana no “ayuda” desde arriba. Primero aprende a ver. Aprende a dejarse afectar. Aprende, en definitiva, a mirar con los ojos de Dios a quienes el mundo había decidido no mirar.
Mariana Allsopp: una mujer que se dejó desinstalar
Uno de los mayores aciertos del filme es el cuidado con que se acerca a la figura de Mariana Allsopp, la joven mexicana de origen aristocrático que terminará convirtiéndose en cofundadora de las Hermanas Trinitarias. No se la presenta como heroína prefabricada ni como estampa devota sin aristas. La película la humaniza.
Estamos ante una mujer con inquietud, con una incomodidad interior que no sabe todavía nombrar, con una vida aparentemente resuelta y, sin embargo, insuficiente. Esa tensión está bien narrada. Podría ser la historia de una joven como cualquier otra, habitada por una pregunta que todavía no tiene forma, por un deseo que aún no encuentra cauce.
Hasta que alguien le pone delante una necesidad verdadera y le muestra un horizonte. Entonces todo cobra sentido.
También podría ser la historia de una joven como tantas otras, con un deseo que todavía no sabe nombrar, hasta que alguien la mira con verdad y le dice:
«Aquí hay sueños de sobra; si te falta uno, ven y toma el nuestro».
Hay una intuición de fondo que sostiene el relato y que resulta profundamente evangelizadora: la vocación no siempre llega como un relámpago, sino como una mirada nueva sobre la realidad. Mariana descubre que su sitio no está en la comodidad de su clase, sino junto a quienes no cuentan para nadie. Y en esa decisión se juega su libertad.
Una película social antes que una película “religiosa”
Las locas del Obelisco no colocan el centro en la estética devocional, sino en la dignidad herida de las mujeres, en la explotación, en la exclusión y en la posibilidad real de empezar de nuevo.
Eso es, probablemente, lo más interesante de la propuesta de Pablo Moreno. El director no explota el sufrimiento para conmover fácilmente, pero tampoco lo maquilla. Hay sobriedad en la narración, respeto por los personajes y una voluntad evidente de contar esta historia con cariño y esmero. Se nota en la ambientación, en los detalles, en el tono general de la película y en el modo de construir a sus protagonistas.
Se agradece, además, que la cinta hable del “oficio más antiguo” sin vulgaridad y sin convertir el drama de tantas mujeres en espectáculo.
Francisco Méndez y el nacimiento de una obra que sigue hablando hoy
La figura de Francisco de Asís Méndez Casariego aparece también como pieza decisiva. No solo como inspirador de una respuesta concreta a una situación de injusticia, sino como sacerdote capaz de leer su tiempo con lucidez evangélica. Su aportación, unida a la determinación de Mariana, permite comprender el origen de una obra que no nace de una idea abstracta, sino del contacto directo con el sufrimiento humano.
Ahí la película toca algo muy actual. Porque la pregunta de fondo no pertenece solo al siglo XIX. Sigue siendo nuestra: qué hacemos con quienes quedan fuera, con quienes no encuentran refugio, con quienes llegan a la ciudad, a la vida, a la historia, sin red de apoyo. La obra de las Hermanas Trinitarias nació para responder a esa herida. Y la película recuerda que esa herida no ha desaparecido.
Una historia necesaria
Las locas del Obelisco es una película bella, necesaria y realizada con el cariño de una familia que quiere regalar su carisma al mundo. Necesaria porque rescata del olvido una historia de fe encarnada. Necesaria porque pone rostro a mujeres descartadas. Necesaria porque muestra que la santidad, cuando es verdadera, no huye del barro de la historia, sino que entra en él para abrir caminos y que esta misma santidad no es mágica, sino un proceso de conversión, que lo vemos claro en el arco de transformacionales de la protagonista.
Pablo Moreno ha construido una narración cuidada, sensible y valiente sobre una mujer que decidió ver por quienes nadie veía. Y en ese gesto hay mucho más que memoria histórica o reivindicación religiosa. Hay una interpelación para nuestro presente.
Mariana Allsopp entendió que no basta con compadecer: hay que acoger, proteger, promover, devolver dignidad. Entendió que una mujer herida no necesita primero juicio, sino posibilidad. Entendió que el pasado no tiene por qué encerrar para siempre a nadie. La película nos enseña que siempre tendremos una puerta abierta para liberarnos de todo mal.



