Fray Ángel Herranz nos introduce en algunas claves del libro En el único Cristo somos uno, escrito por fray Bruno D’Andrea, una obra que aplica la espiritualidad agustiniana al corazón de la vida diaria.
Espiritualidad para la vida
En la página web de la Orden he leído el artículo dedicado a comentar el libro “En el único Cristo somos uno. Espiritualidad agustiniana en el corazón de la vida”. También he visto la presentación del libro hecha por fray Alfonso Dávila y, a continuación, por el mismo fray Bruno D’Andrea; sin embargo, quiero expresar aquí algunas impresiones que a mí particularmente me han llamado la atención de este importante libro.
En estos tiempos en que nos apuramos con las prisas y el acelerador, nos viene como guante al dedo que nos demos un tiempo para leer este libro. Fray Bruno ha tenido la buena y sabia idea de aplicar la espiritualidad agustiniana al corazón de la vida. A modo de ramillete de espigas, vamos a entresacar algunas de sus enseñanzas.
La búsqueda de la verdadera felicidad
El propósito del libro es que “está pensado para que busquemos juntos, o al menos, para que seamos más conscientes de caminar juntos en la búsqueda de lo que nos hace felices, de aquello que nos da la paz y llena el corazón y que, además, puede ayudarnos también a promover dicha paz y a hacer que otros sean felices” (pág. 15).
Podemos preguntarnos: ¿quién no quiere ser feliz? Hasta los ladrones, violadores, extorsionadores y borrachos creen que con esas maldades van a ser felices.
La Trinidad como fuente de toda espiritualidad
La fuente de toda espiritualidad, como no puede ser menos, nace de la Trinidad. Por eso comienza el primer capítulo reconociendo que “si Dios Padre es fuente de la vida, nuestra cosmovisión será auténticamente creyente: detrás de todo lo que acontece hay una inteligencia amorosa que sostiene y acompaña la vida creada, incluso en los momentos en que ella sufre”.
Esto no lo dice por decir, sino que lo fundamenta con un texto agustiniano en In Io. eu. tr. 34,5. Según esto, estamos obligados a defender la vida en todas sus etapas y a cuidar de nosotros mismos y de todo lo que nos rodea.
Un ejemplo entrañable: algunos niños se privan de dulces y regalos que les dan sus padres para, con ese dinero, comprar comida y entregarla a los pobres que piden limosna o trabajan siendo ancianos. Con ese gesto contribuyen a hacer más llevadera la penuria de esos menesterosos.
Cristo Médico, Maestro y Mediador de vida
A Cristo normalmente le llamamos el Médico divino porque de Él imploramos la salud del cuerpo y del alma; pues bien, fray Bruno le añade además Maestro y Mediador de vida.
San Agustín dice sin reparo: “No escondo mis heridas; tú eres el Médico y yo el enfermo” (Conf. 10,39).
El Espíritu Santo y las nuevas formas de pelagianismo
El Espíritu Santo es el vivificador. Esto lo afirmamos los creyentes, pero sin embargo algunos caen en nuevas formas de pelagianismo, creyendo que el hombre es autosuficiente y que se justifica por sus obras.
Contra este pensamiento el Papa Francisco ya advirtió: «Se manifiesta en muchas actitudes aparentemente distintas: la obsesión por la ley, la fascinación por mostrar conquistas sociales y políticas, la ostentación en el cuidado de la liturgia, de la doctrina y del prestigio de la Iglesia” (Gaudete et exultate, 67). S. Agustín combatió drásticamente esta herejía pelagiana que aún pervive en nuestros días.
Una búsqueda que ordena el deseo
En el capítulo II habla de “Una búsqueda”, que nos vuelve a confrontar con la búsqueda de la felicidad presente en todo ser humano.
Todo consiste en buscarla donde verdaderamente se da. Por eso comenta el autor: “La vida feliz depende, en gran parte, de la búsqueda ordenada hacia bienes verdaderos y de nuestra actitud perseverante con relación a ellos” (pág. 78).
Cuando amamos lo bueno y lo verdadero estamos en el camino de la verdadera felicidad. Pero cuando deseamos cosas malas, nos alejamos de la dicha auténtica.
“Es feliz el que posee a Dios” (beata u. 11).
Para ello hay que cultivar el deseo verdadero de Dios, anhelarlo y soñarlo como nuestra auténtica meta y destino. Si nuestros deseos son buenos, nuestros pensamientos y obras irán de acuerdo con ellos.
De ahí la importancia de anhelar con ardiente deseo la vida de unidad con Dios, ahora en la tierra y después en la eternidad.
En el corazón de la vida: la espiritualidad hecha camino
El tercer capítulo, “En el corazón de la vida”, es el más práctico porque trata temas profundamente actuales como:
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La Eucaristía, alimento para el camino y pan del hombre interior.
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La experiencia afectiva de San Agustín: a los 16 años deseaba amar y ser amado, pero no encontró la paz hasta hallar el amor verdadero.
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La enseñanza agustiniana de vivir según el orden del amor.
El camino del amor a Dios pasa por el amor al prójimo, donde la atención a los afectos es más importante que las obras externas, lo que solemos llamar obras caritativas.
Otros temas tratados son la ayuda de los amigos, los seis valores en clave agustiniana, el perdón, el servicio…
El lema del Papa León XIV, In Illo uno unum, nos recuerda que en Cristo somos uno: la familia de Dios, más allá de la diversidad de lenguas, culturas y experiencias.
Evangelizar en el camino
En este Año de las Misiones que estamos comenzando, nos inspira el pasaje de Felipe y el etíope (Hch 8, 26-38): evangelizar en el camino, aprovechar cada momento para anunciar y acompañar.
Hemos de considerar nuestra parroquia o misión como campo de acción, evangelizando en todas las ocasiones que se nos presenten. Esto lo haremos bien si en la raíz de todo está el amor.
Peregrinos de la esperanza
Para terminar, el lema que nos ilumina este año es “Peregrinos de la Esperanza”, que fray Bruno comenta con gran acierto:
“Peregrinos alegres en la esperanza porque ciertamente tenemos razones, muchas, para la esperanza, porque ‘Toda mi esperanza no estriba sino en tu muy grande misericordia. Da lo que manda y manda lo que quieras’” (Conf. 10,40).
Verdaderamente este es un libro para leer despacio, rumiar con el corazón y llevar a la vida.



