Febrero de 2026, Año misionero Agustino Recoleto.
Querida familia agustina recoleta:
Se me ha invitado, en mi condición de misionero, a dirigir una carta a la familia agustina recoleta. Entiendo que se desea una contribución, en este año especialmente misionero, a mantener vivo y acrecentar ese espíritu que ha alentado la vida de la comunidad a lo largo de los más de cuatro siglos de su vida institucional.
Comenzaré con una pequeña presentación y diré que mi nombre es Emiliano A. Cisneros, nacido en España hace ochenta años, que he sentido el atractivo por las misiones -en el sentido tradicional de la expresión- desde la infancia; que el Señor me orientó hacia la familia recoleta cuando yo ignoraba su existencia -son sus caminos- y en ella me he sentido, como en casa, hasta hoy. En los seminarios tuve el primer encuentro con religiosos que habían servido a la Iglesia en las avanzadillas misioneras de la Orden y de ellos comencé a escuchar y amar nombres de personas y lugares que después han sido parte de mi vida y apostolado. Cumplidas las etapas formativas en los seminarios de la Orden, llegue a la misión de Chota, en tierras del Perú, hace cincuenta y siete años, y en esas mismas tierras continúo en el último tramo de la vida.
A lo largo de los años me ha tocado prestar en la misión los servicios de vicario parroquial, párroco, tareas de formación, animación y gobierno, hasta de obispo misionero y de diócesis. He servido en el medio rural y urbano, en grandes ciudades y en otras de menor relieve, casi siempre entre los sencillos y los pobres de Yahvé. Me ha tocado viajar muchas horas en mula y a caballo, y con vehículos todoterreno, por elementales trochas y altos precipicios… Una vida rica en experiencias y servicios.
Lo más importante ha sido anunciar en todo tiempo y lugar a Jesucristo, el Salvador universal. A lo largo de los años he procurado dejarme guiar por el Señor que es el que llama y lleva; un Señor al que le gustan las sorpresas, o al menos así lo he sentido yo; que nos saca de nuestras seguridades; que permanentemente nos tiene en camino y que nunca nos deja solos. Su promesa de estar con nosotros todos los días la va cumpliendo día tras día.
Lo que espera del llamado es la disponibilidad, que es entrega de su voluntad para estar listo para lo que Él quiera, cuando y donde quiera. Así se va haciendo la vida del religioso y especialmente del religioso que se siente llamado y enviado por Alguien que está por encima de todo y de todos. Y eso tiene que ser el misionero.
Me parece oportuno resaltar, de cara a los lectores laicos, que la vocación misionera no es de unos pocos especialmente llamados. Cada vez tenemos que tener más claro que cada uno tiene una vocación de Dios, no sólo los sacerdotes y religiosos, y que toda vocación comporta una misión, distinta la de cada uno, según su estado, edad y condición. Es importante entender así nuestra vida y esforzarnos en vivirla desde esa relación y dependencia básica y fundamental respecto del Señor.
Al afirmar esto piensa en esa multitud creciente de jóvenes y fraternos, llamados también ellos por su vocación bautismal y por la espiritualidad agustina recoleta a saberse y sentirse misioneros de acuerdo a su propia y especifica vocación. El potencial misionero que ellos deben aportar enriquecerá el espíritu misionero de la familia agustino recoleta y avivará más el de los consagrados, varones y mujeres. Así lo espero y deseo.
Con mi afecto fraterno y bendición.



