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“Hemos sido hechos sal y luz del mundo” Mt 5, 13-16

Jesús nos llama a ser sal de la tierra y luz del mundo. Descubre el significado de estas metáforas en Mateo 5, 13-16 y la misión del discípulo de dar esperanza y sabor a la vida.
sal y luz

 

El pasaje del evangelio de este domingo se sitúa estratégicamente después del sermón del monte “las bienaventuranzas”, donde Jesús expone el itinerario de vida que habrá de llevar aquel que decida seguirlo. Digo estratégico porque en la narración declara a sus discípulos – quiénes ya han iniciado un camino de seguimiento – como: “sal de la tierra” y “luz del mundo”, no es una afirmación a futuro, sino que, al aceptar libremente la propuesta de Jesús de iniciar un itinerario con Él, se han transformado ya en lo que aquellas dos imágenes representan.

Hoy es necesario explicar el contenido metafórico de las dos imágenes utilizadas por mateo, sin embargo, en la Palestina del siglo I, el lenguaje utilizado por Jesús con la alusión a estos dos elementos era fácilmente comprensible. “sal y luz” son símbolos muy antiguos dentro de la tradición del pueblo de Israel; hacían parte de la antropología cultural del levante meridional.

La “sal” conocida de sobra en el medio oriente y sobre todo en la tierra de Israel, ya que se extraía del mar muerto, conocido también como el mar de la sal, era ingrediente esencial en las preparaciones gastronómicas de aquellos pueblos, sobre todo combinada con algunas especias aromáticas, otorgando un sabor agradable a los alimentos, que de lo contrario serían insípidos. Su uso no se limitaba a las comidas; se extendía a otros ámbitos como elemento indispensable para la conservación de materias orgánicas, en la medicina como antiséptico y en el plano litúrgico – cultual, era utilizada como elemento purificador de las ofrendas sacrificiales.

Dentro de los valores primordiales de los pueblos semitas, la sal era símbolo de aquello que perdura y da consistencia, aludiendo al comportamiento honesto. En los escritos neotestamentarios el campo semántico de la sal adquiere una connotación teológica espiritual, especialmente en Colosenses y Santiago (Col 4,6; Sant 3,12) donde aparece como un calificativo que denota de manera particular y vivencial la prudencia del lenguaje fraterno.

La “luz” tiene un simbolismo universal bastante amplio, relacionado en el ámbito religioso con la divinidad, con aquello que es capaz de romper las tinieblas, brindando seguridad, tranquilidad y calidez. En el Antiguo Testamento la luz es la más sublime representación de la presencia de Dios; el primer acto de la creación en Génesis, en cuanto que es lo más divino que representa: Dios como fuente de toda luz. En el libro de la Sabiduría se afirma que la luz es eterna y por tanto un atributo de Dios (Sb 7,26). En el Nuevo Testamento la “luz” es una alegoría de la alegría, del bienestar, de la felicidad, como dones que provienen de la fuente de dicha claridad: Dios. Jesús de se define a sí mismo como “luz de mundo” en san Juan y, por tanto, sus discípulos han de llevar la “Luz” a las naciones. San Pablo tanto en segunda de Corintios como en Colosenses afirma que la “Luz” brilla en los corazones de los creyentes como hijos de la luz (Ef 5,8; 1 Tes 5,5); dicha apropiación de la luz, hace que la fragilidad humana sea capaz de ejercer la caridad fraterna en medio de las tinieblas que le rodean. La “luz” es la imagen mediante la cual se puede acceder al misterio de Dios y comunicarlo después. Es también, el símbolo de la vida, pues el hombre no puede subsistir mucho tiempo en las tinieblas y en el caos sin ser corrompido, pereciendo irremediablemente. Hay un componente moral que subyace en el término, porque transitar en la luz es vivir según la voluntad de Dios, experimentando su salvación.

Para que estos dos símbolos signifiquen deben entrar en contacto con sus realidades inmediatas en el espacio de la cotidiano. La sal para que cumpla sus funciones, debe entrar en contacto con los alimentos a los que proporciona el buen gusto, con los materiales, preservándolos de la corrosión, con el incienso y el fuego de los candeleros del templo para purificar el ambiente, con el cuerpo para ayudar a sanar y limpiar. La luz converge también con las tinieblas, a fin de disiparlas e iluminar los caminos, con el frío, abrigando como un hogar acogedor a la comunidad reunida. Finalmente, como facultad que permite salir de la ignorancia y progresar en la consecución de conocimiento para ejercer la sabiduría: el arte de vivir en coherencia, justicia y fraternidad.

Los seguidores de Jesús que ya son “sal y luz” deben entrar en contacto con la tierra, son enviados por el “Enviado” para dar esperanza al mundo (buen sabor), para hacer presente al que los llamó junto al mar de Galilea; para preservar y proteger de la corrupción que asecha. Todo lo anterior mediante el testimonio de las “bienaventuranzas”; actuando contra las tinieblas del error y de la injusticia, a través de la “Palabra” que anuncian. Los seguidores salarán y brillarán en las ciudades no con sus méritos, sino con la Gracia del Señor, que les hará vivir la praxis de la espiritualidad de comunión; sintiendo auténticamente al otro como alguien que verdaderamente le importa. La “sal y la luz” tienen como común denominador el don de la vida; por eso, los discípulos de Jesús trabajarán y se desgastarán con tenacidad ayudando a resignificar la existencia de la gente que encuentren a su paso.

Toda la fuerza del relato recae en la segunda persona del plural, como sentencia definitiva de Jesús: “ustedes son sal de la tierra y luz del mundo”, dando por descontado que lo pronunciado se realizará inexorablemente en la vida de aquellos que un día decidieron seguirle, tan solo con una promesa: “les haré llegar a ser pescadores de hombres”, expresión un tanto enigmática hoy, pero que entendida en el contexto del sermón del monte y el rol (sal y luz) con el cual son caracterizados los seguidores en el evangelio de este domingo, es más que posible;  porque convertirse en pescadores de hombres, no es otra cosa que llevar a cabo la misión de Jesús: rescatar (pescar) a la humanidad de toda forma de mal (deshumanización), enseñándoles a vivir en la justicia de Dios y a evitar normalizar cualquier forma de violencia que atente contra la  fraternidad universal.

Los once que conformaban la comunidad cercana a Jesús y los demás discípulos, que vivieron como pobres de espíritu, mansos y limpios de corazón, lograron ser auténticamente sal y luz para el mundo. Sin nobleza y humildad, el discípulo, no será jamás el sabor gozoso y la luz nueva de Jesús, pues sólo irradiará una falsa apariencia de su propia oscuridad. No fuimos llamados a ser velas para iluminarnos a nosotros mismos regocijados en las mentiras de nuestro “falso yo”, ni sabor para empalagarnos con nuestras vanidades. La misión y todo proyecto evangelizador no es mío, es de Jesús y si su “Palabra” no arde en nuestro corazón (donde se siente y se piensa), todo trabajo pastoral por deslumbrante que parezca no será más  que un discurso fallido y una insulsa actuación teatral, carente de la gracia y la fuerza que sólo otorga el dueño de la mies.

 

 

 

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