En el umbral de la Navidad, la liturgia del IV Domingo de Adviento (Ciclo A) nos detiene abruptamente. No estamos aún ante el pesebre, sino ante el conflicto interior de un hombre. El Evangelio de Mateo (1, 18-24) nos presenta a José, el «hombre justo», enfrentado a un misterio que humanamente lo desborda.
En una cultura actual que idolatra la certeza y el ruido digital, la figura de José y la exégesis que de él hace San Agustín nos ofrecen una clave vital para comprender la Navidad: la primacía del amor sobre la biología.
El Dilema del Justo: Más allá de la Ley
El texto mateano es sobrio pero dramático. María, desposada con José, se encuentra encinta «por obra del Espíritu Santo» antes de convivir. José, descrito como dikaios (justo), decide repudiarla en secreto.
Aquí radica la primera tensión teológica que debemos observar:
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Su justicia no es el legalismo frío que exigiría la denuncia pública.
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Es una justicia superior, una misericordia preventiva.
José intuye que está ante algo sagrado que no comprende y prefiere retirarse antes que profanar el misterio o dañar a María.
La Lectura Agustiniana: Pater non carnis, sed caritatis
Es aquí donde la teología del Obispo de Hipona arroja una luz definitiva, especialmente en su Sermón 51, dedicado a la genealogía de Cristo. Agustín se enfrenta a los críticos de su tiempo que cuestionaban por qué el Evangelio traza la genealogía de Jesús a través de José si este no fue su padre biológico.
La respuesta agustiniana es de profunda actualidad antropológica: la paternidad no se define exclusivamente por la carne, sino por el afecto y la autoridad servicial.
San Agustín argumenta con contundencia:
«José es padre: tanto más firmemente padre cuanto más castamente padre […] Lo que el Espíritu Santo obró, lo obró para los dos. Justo es el varón, justa la mujer. El Espíritu Santo, apoyándose en la justicia de ambos, dio el hijo a ambos» (Sermón 51, 20).
Para la tradición agustiniana, negar la paternidad de José sería negar la fuerza del amor conyugal. El ángel, al ordenarle «poner el nombre» al niño («tú le pondrás por nombre Jesús»), le está otorgando la autoridad jurídica y paterna plena. José no es un actor pasivo; es padre por derecho de amor.
El «Sueño» como Espacio de Revelación Interior
El Evangelio nos dice que el Ángel le habló «en sueños». Esto resuena con la necesidad de la interioridad agustiniana («Noli foras ire, in te ipsum redi»). Dios no le habló a José en el tumulto, sino en el silencio, en la intimidad de la conciencia.
José, al despertar, «hizo como el ángel le había mandado». Su respuesta no es un discurso, es una acción.
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Acepta a María y al Niño.
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Acepta que su vida ya no le pertenece.
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Se hace partícipe real de la Encarnación.
Como nos recuerda Agustín: «A la piedad y caridad de José le nació de la Virgen María un hijo, que era también Hijo de Dios» (Sermón 51, 30).
Conclusión: Nuestra propia «Paternidad»
Este IV Domingo de Adviento nos invita a redefinir nuestras responsabilidades. Al igual que José, a menudo nos enfrentamos a situaciones que no hemos planeado, «embarazos» de la realidad que nos asustan.
La lección es clara: la verdadera justicia consiste en acoger la realidad con caridad, protegiendo la vida frágil y confiando en que, incluso en la incertidumbre, el Emmanuel (Dios con nosotros) está actuando.
Por: editor web, Provincia de la Candelaria
Referencias Bibliográficas
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Biblia de Jerusalén. (2019). Evangelio según San Mateo. Desclée de Brouwer.
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San Agustín. (1983). Sermón 51: Sobre la concordancia de los evangelistas Mateo y Lucas en la genealogía del Señor. En Obras Completas de San Agustín (Vol. X). BAC.
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Brown, R. E. (2002). El nacimiento del Mesías. Cristiandad.
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Benedicto XVI. (2012). La infancia de Jesús. Planeta.



