El relato de las tentaciones en el Evangelio de Mateo no constituye una crónica biográfica aislada, sino una pieza de catequesis literaria y teológica minuciosamente elaborada mediante la hermenéutica derásica. Este procedimiento permite a la comunidad de Mateo releer las tradiciones del Antiguo Testamento para definir la misión de Jesús y la identidad de sus seguidores. El desierto, lejos de ser un vacío geográfico, emerge como el espacio dialéctico donde se dirime la fidelidad al proyecto del Padre. El marco de los 40 días no es una precisión cronológica, sino una cifra simbólica que condensa los cuarenta años del éxodo de Israel y los ayunos de Moisés y Elías, representando la totalidad de una generación y, en última instancia, la vida entera del creyente.
Bajo la guía del Espíritu, Jesús asume el rol del «Nuevo Israel». Sin embargo, el matiz fundamental radica en el contraste intertextual: Jesús triunfa allí donde el pueblo antiguo sucumbió. Mientras Israel falló ante la carestía del pan (Ex 16), la sed de agua (Ex 17) y la seducción de los ídolos (Ex 32), Jesús se mantiene incólume. El desierto funciona como un lugar de clarificación donde la fragilidad humana es asistida por la soberanía divina, legitimando a Jesús no por un despliegue de fuerza, sino por su obediencia absoluta. Esta victoria inicial prepara el escenario para desentrañar la naturaleza de un adversario que no opera mediante el terror, sino mediante la distorsión del vínculo filial.
En el texto de Mateo, el tentador es una fuerza seductora y fascinante que se presenta con la máscara de la amistad. El maligno opera desde una lógica de bienestar y éxito, presentándose como un aliado que desea el bien para el individuo, sugiriendo caminos de autorrealización que parecen legítimos pero que ocultan una falacia destructiva.
La etimología de diabolos nos remite a aquel que se atraviesa o el que obstaculiza. Es la fuerza que busca fracturar la relación de amor entre el hombre y Dios. Esta potencia no es meramente un ente externo; se encarna en estructuras, voces internas y, significativamente, en personas cercanas. Un caso paradigmático en la tradición de Mateo es el de Pedro (Mt 16,21-23), quien, actuando desde el afecto y la amistad, intenta disuadir a Jesús de la cruz. Al proponer la lógica del éxito mundano, Pedro se convierte en obstáculo (skandalon), encarnando momentáneamente la voz del tentador.
Las características del tentador en este contexto incluyen:
- Seducción: presenta el mal bajo una apariencia de belleza y bien aparente.
- La máscara de la amistad: propone el éxito personal como si fuera el bienestar del sujeto.
- Falacia y esclavitud: ofrece una belleza efímera que termina en la ruina y la servidumbre a las pasiones.
- Uso manipulador de la Escritura: conoce la Palabra y la retuerce para justificar la búsqueda del beneficio propio.
Esta comprensión traslada el conflicto del campo de lo fantástico al terreno de la «carne» (Gal 5), entendida como la pulsión interior opuesta al Espíritu. La vigilancia moral no consiste en temer a un monstruo, sino en discernir aquellas voces que proponen el éxito ilusorio como valor absoluto. Esta fuerza opositora utiliza la propia filiación divina como arma de ataque, intentando pervertir la confianza en el Padre a través de la tríada de la prueba.
La estructura tripartita de las tentaciones desafía las tres relaciones fundamentales del ser humano: con las cosas, con Dios y con los hermanos. Jesús responde a cada embate reafirmando que la vida plena no nace del privilegio, sino de la comunión.
El tentador utiliza la frase “Si eres Hijo de Dios…” no para dudar de la identidad de Jesús, sino para distorsionar su ejercicio. Para el adversario, la filiación equivale a privilegios: convertir piedras en pan es el deseo de saciar solo lo biológico. Jesús advierte que vivir solo para lo material es permanecer en un estadio “pre-humano”, compartido con el resto del orden biológico; el ser humano se hace plenamente humano cuando se nutre de la Palabra. En la segunda prueba, el diablo propone una “caricatura de la fe”: un Dios mágico al servicio de los caprichos humanos. Jesús rechaza esta superstición, afirmando una fe que no necesita pruebas. Finalmente, en la montaña, el diablo negocia con el poder, sugiriendo que la historia se cambia con dominio y dinero. Jesús rechaza esta lógica mercantilista de la religión y opta por el servicio solidario. Quien busca el éxito en las cosas materiales acabará buscando agua en “pozos que se secan”, dejando el deseo de infinito insatisfecho.
Esta victoria establece un vínculo indisoluble entre la fidelidad del Hijo y el consuelo divino: al rechazar ser servido por el poder, Jesús es servido por los ángeles, preparando el modelo para la praxis de la comunidad.
Para la comunidad de Mateo, este relato era una respuesta al escándalo de la cruz. Sus vecinos judíos cuestionaban cómo el Mesías podía haber muerto despojado de poder. El texto aclara que la verdadera filiación no se manifiesta en la ausencia de sufrimiento, sino en la fidelidad en medio de la fragilidad.
La comunidad es instruida para distinguir entre el Dios de los milagros (la búsqueda mágica de soluciones) y los milagros de Dios (el actuar de Dios en lo cotidiano). Frente a la tentación de buscar el poder para imponer el Reino, el Evangelio propone el modelo de las bienaventuranzas. La comunidad no debe limitarse a esperar prodigios; está llamada a ser el milagro de Dios mediante el servicio. Cuando los creyentes se acercan y cuidan al necesitado, los «ángeles florecen en nuestro desierto», transformando el aislamiento en solidaridad. La victoria sobre el tentador se verifica, por tanto, en una praxis donde el servicio desplaza a la competencia, la obediencia a Dios antecede las pretendidas necesidades y la conciencia de ser hijos nos abre al horizonte de la promesa.


